No es usual ver que el cine norteamericano hable sobre personas concretas de carne y hueso. Usualmente se encargan de destacar defectos extremos o supuestas extremas “virtudes” que nos entretienen pero que no llegan a reflejarnos en la cotidianeidad. Pero hay excepciones. Y una de ellas es la muy buena película “Los increíbles”, del conglomerado liderado por Pixar. Y no deja de ser paradójico que una película de animación 3D en computadora, que habla de super-héroes evidentemente inexistentes me mueva a hacer este comentario. Pero ahí está la magia de la comunicación a través de la pantalla. Es un realismo simbólico con tanto tino que a muchos de los padres o madres que a diario luchamos “como héroes” para darle lo mejor a nuestros hijos nos arranca lágrimas de emoción. Es tan cercano y real el mensaje de fondo que mi hijo de 3 años me dice “Papá, tú eres increíble, ¿no?” Y todos nosotros sabemos (como lo sabe Mr. Increíble/Bob Parr en la película) que no somos perfectos. Pero el sólo hecho de que nuestro hijo reciba de nosotros una seguridad como esa nos confirma en una tarea: educar... y educar para ser mejor.

Son muchos los mensajes simbólicos que envía la película. Me detendré sólo en algunos con la esperanza de hacer más adelante un análisis más profundo.

Uno de los primeros detalles que me llamó la atención es el inicio de la vida “en pareja” de Mr. Increíble y Elasticgirl: frente a un ministro religioso en una iglesia rodeado de su comunidad. Si el lector se fija en el detalle, al matrimonio asisten otros “super’s”, aquellos que, se presume, forman su comunidad más cercana (el primero, su amigo Frozono). Pero más importante aún es el diálogo que se pone en boca de Helen/Elasticgirl, cuando le reprocha haber llegado tarde: “Yo te amo, pero si queremos que esto funcione, tendrás que ser mucho más que Mr. Increíble”. Es casi un ideal de vida matrimonial. De alguna manera le dice: “No me opongo a tu realización como hombre. Es más, de alguna manera la necesitamos para la familia. Pero a partir de ahora tus prioridades deben dar un ‘pequeño giro’”. Ser más que Mr. Increíble es algo que a las parejas actuales debería repetírseles más a menudo... claro, si quieren que el proyecto matrimonial funcione.

Pero hay más. Es la misma Elasticgirl/Helen la que menciona la esencia del compromiso que acaban de adquirir: “Hasta que la muerte nos separe... pase lo que pase”. Y la actitud del fortachón y super-enamorado Bob es: “Somos súper... ¿qué nos puede pasar?” Esa es otra actitud de muchos de los que se casan. Y desde mi punto de vista esta es positiva, porque para iniciar la aventura matrimonial hay que tener ilusión y optimismo. Pero como bien lo refleja película, aún cuando uno es “súper-héroe”, las cosas malas también pueden pasar.

Y ese es otro punto resaltante del mensaje de la película. Mr. Increíble es demandado por hacer el bien a personas que, de alguna manera, han optado por lo que se conoce como una cultura de muerte. Oliverio Sanito lo resume “Tú no me salvaste la vida, arruinaste mi muerte”. Esta afirmación tan ridícula, pero que al mismo tiempo refleja una mentalidad tan actual, se ve completada por una opinión pública mediocre que obliga a todos los “súper” a conformarse con la mediocridad. “Héroes anónimos como nosotros, haciendo desde su anonimato un mundo mejor”. Esto parece muy poético y “democrático”, pero resulta que no desemboca en un mundo mejor. Es más, de alguna manera la cosa empeora porque se generan males que crecen como el representado por Síndrome, un personaje con un perfil aparte al cual también valdría la pena dedicarle un artículo diferente. El entrampamiento de Bob Parr en las redes de la burocracia es el símbolo que mejor representa esta mediocrización. Sobre todo porque está en una de institución que se supone debe ayudar a las personas pero que no lo hace por cálculos económicos.

Pero para una persona como Bob no hay resignación posible. Por eso se dedica sus noches a hacer el bien “un poco deportivamente”. Es como que su ansia de servir está saltando en su interior, saliéndose, casi desbordándose, como si fuera un fuego sagrado que ni las aguas de la mediocridad pudiesen apagar. Es un símbolo de lo que pasa en cada persona si descubre en su corazón la llamada a ser mejor, esa vocación: no puede luego fácilmente renegar de ella. Pero no sólo eso.

Desde que está casado y tiene una familia Mr. Increíble “transmite” ese llamado interior a sus hijos. Y aquí viene lo bueno. Luego de esa transmisión de “poderes” (que es más que nada la transmisión de una actitud siempre dispuesta a desarrollarlos y perfeccionarlos) la película refleja una verdad conmovedora: ya nunca más será Mr. Increíble (“Yo trabajo solo” decía de soltero), ahora son “Los Increíbles”. Es que la llamada a la perfección es para toda la familia. Y eso es un riesgo: supuestamente Bob es más vulnerable ahora que tiene familia. Pero es precisamente la unión de los poderes de la familia la que resuelve algo que un “Mr. Increíble solitario” no podría haber resuelto. De fondo el mensaje es “La familia no sólo NO te estorba para ser mejor, más grande, más apto, más competitivo. Pero incluso además te permite una nueva realización, una potenciación, una fortaleza que antes no imaginaste”.

Claro que esto le cuesta entenderlo a Bob, que hasta cerca del final se sigue creyendo el salvador solitario de antiguo (como nos puede pasar a muchos papás y mamás modernos que tomamos innecesariamente el peso total de la casa en nuestros hombros, cuando deberíamos compartirlo para hacerlo más llevadero). Lo bueno es finalmente lo comprende. Y lo hace justo a tiempo para darnos una lección extraordinaria y que espero que se repita en secuelas de una trama que tiene mucho para dar: “Es la unión de las fuerzas de la familia la que nos va a permitir ser más, ser mejores, en todo sentido. La familia es un riesgo pero para nada un lastre. Todo está en saber cómo conjugar nuestras fuerzas, nuestras habilidades, lo que cada uno puede aportar”.

Y justamente en esa dimensión se nota una claridad notable del guionista. Los poderes de los personajes reflejan simbólicamente formas de ser y fuerzas interiores con las que podemos sentirnos identificados. Mr. Increíble es la fuerza y el ingenio. Su esposa es la flexibilidad, pero una flexibilidad que acoge y protege, que da unión y cohesión al grupo. Dash es kinético, el movimiento permanente (mi mismo hijo de 3 años dice que él es Dash... y yo lo compruebo todo el tiempo, como de seguro le pasará a muchos otros papás). En cambio Violeta, más allá de reflejar los conflictos típicos de muchos y muchas adolescentes, es firmeza. Por momentos pasa desapercibida porque tal vez prefiere privacidad y distancia de las cosas, pero a la hora de la exigencia es la que pone un campo de fuerza para proteger a los demás. Y finalmente el polifacético Jack Jack, el bebé, que con sus arranques en la escena final habrá hecho sonreír a más de una mamá que habrá visto perfectamente reflejado las exigencias “adorables” de cualquier niño de su edad. Esas mismas exigencias que pueden ser vistas como una carga, pero también como una potencia que se proyecta hacia el futuro.

Así las cosas creo que todos tenemos en casa a una Violeta, a un Dash o a un Jack Jack. Es más, creo que todos somos un poco Mr Increíble (o la Sra Increíble) o Elasticgirl (o Elasticboy). Lo principal es que todos estamos convocados a formar un equipo que se salga del molde y que sea “Los Increíbles” realmente en la vida cotidiana. Que el anonimato no nos convierta en mediocres. Por eso siento que esta película, por aspiración y por realidad, habla de nosotros. Espero que al lector le pase lo mismo.

*Filósofo

ceba@alafa.org


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