José J. Castellanos
La sociedad tiene que encontrar una respuesta positiva para que los adultos mayores ocupen en ella un lugar digno. Una fuga es la introducción de la eutanasia. Con el pretexto de “ayudar a bien morir” o introducir “la muerte dulce” se van buscando “razones” para eliminar, no sólo a los enfermos, sino a los inútiles e improductivos.

Se dice que los hombres tenemos ansias de eternidad, y así es. Los más realistas entienden que éste tiene un sentido de trascendencia en la vida que vendrá después de la vida. Los cristianos creemos en la vida eterna en presencia de Dios, pero nunca han faltado quienes creen que esta prolongación de la vida se da aquí, en la tierra. Algunos piensan que es mediante la reencarnación que es posible continuar en la tierra, aunque no siempre en forma humana, sino hasta animal. Otros no se han cansado de buscar la fuente de la eterna juventud y no son pocas las novelas en las que se recurre a pactos con el diablo para alcanzar ese propósito.

El tema del envejecimiento ha adquirido relevancia en nuestro tiempo, pero con una connotación distinta a la que se vivió en el pasado.

Antiguamente los ancianos -porque no se recurría a eufemismos para tratar de ocultar una realidad- eran reconocidos y venerados por la familia y la sociedad. En ellos se veía el fruto de la experiencia y el depósito de la sabiduría. Ellos eran jefes y maestros respetados, en ellos se encarnaba la historia de un pueblo, su cultura y sus valores. Por ello se les respetaba y ocupaban un lugar muy especial, muy alto, en la familia y la sociedad.

Sin embargo, la ancianidad puede verse como un concepto relativo, según los tiempos y según las condiciones de vida de las personas. Si pensamos que de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, la esperanza de vida para las mujeres y hombres en 1930 era de 35 y 33 años, respectivamente, ¿quién era un anciano en esos tiempos y cuáles eran las causas de una muerte a una edad tan temprana?

Para el año 2005 los datos cambiaron, la esperanza de vida era de 78 años para las mujeres y 73 para los hombres. La Ley en nuestro país considera que se es adulto mayor a los 60 años, lo cual significa que después de rebasar ese umbral es posible vivir, cuando menos, unos 13 años más. Eso significa que hay una mayor población de esa edad que en otros tiempos. Pero no sólo eso, sino que dicha esperanza de vida continuará aumentando en el futuro y habrá más mexicanos adultos mayores.

De acuerdo con datos del INEGI en el Conteo de Población de 2005 en México se registraron 8 millones 338 mil 835 adultos mayores de 60 años, y el Consejo Nacional de Población estima que el número de los mismos llegará a 36.2 millones en el 2050.

Mensajes encontrados

Sin embargo, la sociedad moderna emite mensajes encontrados respecto de la valoración de las personas, según su edad. La Ley dice que se es adulto mayor a los 60 años, pero en los medios de comunicación vemos que priva la constante de abrir oportunidades laborales a personas de hasta 45 años. Es decir, 15 antes de llegar a adultos mayores. Pero, incluso, hay quienes bajan el techo a 35 años. ¿Por qué esa barrera? ¿Dónde está el reconocimiento a la experiencia? ¿Qué temen dichas empresas, cuando la jubilación correrá a cargo de la seguridad social?

A la luz de este fenómeno, la gran pregunta es qué van a hacer los 36 millones de adultos si no tendrán empleo, y qué va a hacer la sociedad con ellos. Esta presencia creciente de adultos va acompañada de un menor número de niños y jóvenes, de allí que se habla, ya ahora, del envejecimiento poblacional. Eso les ha pasado a países europeos a los que ahora se califica de sociedades decrépitas. Alcanzarlos le tomará a nuestro país la mitad del tiempo que les costó a ellos.

Por eso hoy se habla de desarrollar “políticas públicas” para la atención de esa población. La sociedad tiene que encontrar una respuesta positiva para que los adultos mayores ocupen en ella un lugar digno y no, como luego ocurre, sean considerados como una carga, un estorbo o hasta como una amenaza.

Una sociedad materialista como la que estamos viviendo, valora a las personas en razón de su utilidad, la cual se mide en su capacidad laboral productiva. De allí el creciente menosprecio por quienes la misma sociedad va expulsando y negando oportunidades laborales o por razón de su edad ya carecen de conocimientos, capacidades y habilidades para participar en una sociedad post-industrial de alta complejidad tecnológica.

Una fuga que ya ha hecho presencia en otros países y busca abrirse espacio en el nuestro, es la introducción de la eutanasia. Con el pretexto de “ayudar a bien morir” o introducir “la muerte dulce” se van buscando “razones” para eliminar, no sólo a los enfermos, sino a los inútiles e improductivos. Y se clasifica como improductivos a quienes no generan bienes tangibles, porque el hombre, de un modo u otro, siempre es productivo.

Mantener lugar y reconocimiento

Particularmente pareciera que a los adultos mayores se les reabrirían los campos del conocimiento y la capacitación mediante la búsqueda de nuevos campos laborales en el ámbito de la cultura, el entretenimiento y el turismo. Otros más quizá estén llamados a ser consumidores de esos mismos bienes, siempre y cuando les resulten accesibles, situación que hoy no es posible para la mayoría, de acuerdo con las condiciones de ahorro y retiro existentes.

Por un lado, se dice, es necesario encontrar un lugar y un quehacer digno a los adultos para que sean parte de la familia y la sociedad y, por el otro, se les ve y atiende como una carga o amenaza para la cual es necesario buscar formas de librarse. Los antiguos sistemas sociales solidarios cargaban sobre la población joven, pero ni las reservas ni el número de los que trabajen, podrán con dicha carga, además de que se han reformado dichos sistemas. Los gobiernos tampoco pueden ser quienes asuman tal responsabilidad.

Por lo pronto, ya se habla de elevar la edad de la declaratoria legal de ser adulto mayor y de la jubilación. Tanto las condiciones de salud como físicas de quienes oficialmente son “ancianos” han mejorado aquí y en todo el mundo. De allí que no puedan ni deban ser “clasificados” con criterios del pasado, cuando la expectativa de vida no llegaba a los 60.

Lo curioso es que en este, como en otros casos, se suele olvidar a la familia, lugar propio de la persona. Y es que, como hemos visto, hoy lo primero que se combate es la familia, porque es la que impide la masificación, el anonimato y el control. En la familia cada uno vale por lo que es, no por lo que sabe, tiene  o produce. La verdadera y única familia, no sus caricaturas, constituyen acogida, protección, solidaridad incondicional y aceptación total, aún en los momentos difíciles.

Si bien es cierto que subsidiariamente al Estado le corresponde ser auxiliar en la atención de los adultos mayores, el deber principal está en la familia. Por cierto, así lo reconoce explícitamente la legislación al respecto. Y luego, subsidiariamente, a la comunidad, el municipio, las entidades y la Federación. Pero, como suele ocurrir, hacemos y ponemos las cosas al revés. Por ello el Estado no puede ni sabe qué hacer.

Pero quizá el mayor drama radica en quienes, por algún motivo, llegan más allá de los 45 años sin empleo y se les cierran las puertas pero tampoco tienen familia, porque la consideraron innecesaria o inútil. ¿Qué va a ser, o que es de ellos?
 
José J. Castellanos

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