Ma. Teresa Guevara de Urrutia
La presente biografía de Anacleto es un resumen del libro “Anacleto González Flores, el hombre que quiso ser el Gandhi mexicano” de Jean Meyer.

La presente biografía de Anacleto es un resumen del libro “Anacleto González Flores, el hombre que quiso ser el Gandhi mexicano” de Jean Meyer
 
Familia y estudios

Nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888. Su padre fue un humilde tejedor de rebozos de nombre Valentín González y su madre, la señora María Flores, fue también de humilde cuna. Fue el segundo de doce hijos de una familia muy pobre de los Altos de Jalisco.

A los 17 años sufrió una conversión total y definitiva al catolicismo y se lanzó con toda la energía del autodidacta a un actividad intelectual frenética; nunca sació su sed de lectura. A los veinte años entró al seminario de San Juan de los Lagos (1908-1913). Pudo haberse ido a Roma para ser sacerdote pero para esa fecha ya le había apasionado la política, era militante de un partido católico nacional, especialmente fuerte en Jalisco.

Estudio leyes en la Escuela Libre de Jurisprudencia. Para obtener su título profesional, debió revalidar exámenes en las escuelas oficiales, con doble mérito, pues los jurados tenían la consigna de reprobarlo. Terminó la preparatoria y derecho, a la vez que se desvelaba frente al horno del panadero o de la ladrillera. Ese contacto con los trabajadores le permitió fundar con éxito las primeras organizaciones obreras católicas de  Jalisco. Al mismo tiempo, como si no fuese suficiente, daba clases de todo, así se ganó el mote de “Maistro” o de “Maestro”.

Armado del lenguaje, estilo y dialéctica de Augusto Nicolás, cuyos Estudios Filosóficos sobre el cristianismo le eran muy familiares, cultivo el periodismo. En 1917 fundó el semanario católico La Palabra, del que fue director responsable y editaba con mil trabajos, llegando a darse el caso de que personalmente imprimiera el periódico. Colaboró a fundar La Época y diariamente escribía en Restauración, periódico de filiación católica. El Tiempo y el Heraldo también recibieron numerosos artículos suyos.  

Además de periodista, fue orador de palabra fácil, lenguaje castizo, imágenes llenas de luz, recuerdos y citas de historia felizmente aplicadas, figuras de oratoria, ademanes voz, emisión, cadencias, suavidades, ironías, etc.
Tenía en gran necesidad el saber expresarse para obtener el triunfo en discusiones sensatas y bien conducidas. Por esto no se limitó a ser orador, sino que formó oradores.

En 1914, en la vorágine revolucionaria, había sucumbido a la tentación guerrera y se había incorporado a las filas villistas, como muchos católicos de Occidente: los villistas no eran anticlericales como los carrancistas. Esa breve y trágica experiencia –murió su jefe y varios amigos- le inspiró un desencanto total hacia la vida de las armas y fue una lección bien aprendida.

Después de militar en la ACJM, de lanzarse al periodismo de combate (1919), encabezó la resistencia cívica pacífica de los católicos de Jalisco en 1918-1919, hasta la victoria que lo confirmó en el bien fundado de su nueva estrategia.

En 1922 se recibió como abogado y no dejó de litigar hasta su muerte. Se casó a los ocho meses. En 1925 fundó la Unión Popular, su mayor creación.

Su convicción por la paz y su no a las armas

“Se ha visto cómo el episodio fugaz de su aventura bélica significó para él el desencanto más rotundo en la eficacia de la violencia. (...) La filosofía de la resistencia que el Maestro proclamó inquebrantablemente a todo lo largo de su acción, entraban dos elementos principales: la desobediencia civil colectiva y el sacrificio individual.
González Flores repudió sistemáticamente el empleo de la violencia y no fue por humanitarismo seudocristiano –poseía como pocos el realismo del derecho: ‘el hombre moral’, escribió, ‘ignora o aborrece la mentira de la pacificación’.
Los nuevos cruzados han legado a adquirir la convicción inquebrantable de que al triunfo sobre la tiranía no se va por la violencia, sino por el camino que abren la idea, la palabra, la organización y la soberanía de la opinión. Y saben que la fuerza llama a la fuerza, la sangre a la sangre, el despotismo al despotismo, y que los pueblos que tienen la necesidad de la violencia para recobrar su libertad, están condenados a padecer la tiranía de muchos o la tiranía de uno hasta que con una labor entusiasta, lenta y desinteresada se logre forjar, modelar el alma de las muchedumbres.

“Hoy cuando se nos pregunta por las armas mejor templadas contra la tiranía, nos limitamos a pronunciar esta palabra que para nosotros es sinónimo de victoria: organización”.

El inicio del conflicto

En 1918 el gobierno del estado de Jalisco, dominado por la facción carrancista, se dio a la tarea de cumplimentar los artículos constitucionales. El gobernador provisional, Manuel Bouquet, presentó al congreso del Estado un proyecto de ley, quedando la redacción definitiva así:

Art. 1º : “Habrá en el Estado de Jalisco un ministro por cada templo abierto al servicio de cualquier culto; pero sólo podrá oficiar uno por cada cinco mil habitantes o fracción. El número máximo de los ministros de los cultos que podrán oficiar en el Estado, se determinarán tomando en cuenta el censo oficial más reciente”.

Para obligar al cumplimiento de esta ley, se sucedieron la clausura de los templos en la ciudad episcopal y la aprehensión del arzobispo Orozco y Jiménez en Lagos de Moreno. Como era de esperarse, la agitación en la sociedad tapatía adquirió caracteres de tormenta y de oleaje encrespado.

La directiva de la asociación de Damas Católicas se entrevistó con el gobernador del Estado y los diputados firmantes del Decreto. No hubo respuesta positiva a estas gestiones.
Fue entonces cuando una tumultuosa manifestación pacífica y de protesta, congregada en la antigua plazuela de la estación del ferrocarril, en la calle de 16 de Septiembre, a la que asistieron unas sesenta mil personas, prácticamente la mitad de los habitantes de Guadalajara en aquella época, inicio una marcha que tomó la plaza de armas y desde esa tribuna, increparon al general Diéguez en persona, el cual desde el balcón del Palacio de Gobierno, espetó a la multitud y al orador oficial, Anacleto González Flores estas palabras: “Se les ha engañado. Yo nunca he ofrecido hacer derogar el Decreto gubernamental sobre cultos. Los que quieran seguir en el Estado de Jalisco, disfrutando de sus instituciones, que lo cumplan, pero los que no, que salgan de este territorio como parias”. Esta clara alusión al desterrado Orozco y Jiménez, enardeció a la turba. Estas palabras no eran de Diéguez, sino del abogado Paulino Machorro, masón de elevados quilates, quien estaba al lado del militar, en calidad de apuntador.

   
Las instituciones que fundó y su resistencia al inicio de la guerra

 
La ACJM fue, por decirlo así, una incubadora de luchadores que González Flores  cuidó y calentó con el fuego de su alma, con ellos pudo preparar su última creación: La Unión Popular.

Anacleto se dio cuenta cabal del alcance revolucionario; previó las funestas consecuencias de esa propaganda inmoral, que oficialmente se hacía y cubrió con sus obras sociales todos los lados para un futuro combate. Sus largos años de trabajo fueron fecundos y en buena medida apoyaron la obra que luego se tradujo en importantes sindicatos, agrupaciones de campesinos y de fieles laicos que pudieron pasar a pie las procelosas aguas de la tempestad en el enérgico movimiento armado que sobrevino una vez que se agotaron todos los medios pacíficos en defensa de la libertad de conciencia. 

La recién constituida Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, con asiento en la ciudad de México, exigía al Maestro de Guadalajara adherirse a su proyecto de resistencia activa, pero siendo la Unión Popular una organización independiente, anterior y mejor organizada que la Liga y él enemigo de la acción armada, se resistió hasta donde pudo a romper con el pacifismo.
Los directores de la Liga apoyaron a René Capistrán Garza y éste suscribió un plan liberal que se repartió en toda la República.

La mayor parte de los que encabezaban los grupos de insurgentes eran jóvenes de la ACJM que llevaban un ideal nobilísimo, pero en la práctica, contrario al objeto de todo movimiento armado.

Los directores del movimiento, residentes en Estados Unidos contaban por seguro obtener, no sabemos cómo, el dinero suficiente para pasar la frontera bien armados y pertrechados del 1 al 5 de enero y a esto se debió que se extendieran las órdenes de moverse simultáneamente en distintos puntos de la República, siendo uno de los principales factores de esta demostración armada la que en el estado de Jalisco se daría.

Lo que temía Anacleto era que el resto de la República, sobre todo el alto mando, no tuviera los necesarios elementos para el triunfo y se prolongara una lucha que de haberse preparado con más unificación, calma y dinero habría ya terminado.

El martirio y el compromiso del pueblo a su partida

Coincidió el plagio de Anacleto con la captura que hicieron de un muchacho que, fuerza es decirlo, trabajó siempre y muy bien por la causa. Al muchacho se le sujetó a tormentos diarios y terribles, a interrogatorios cada vez más precisos que lo orillaron a decir quién era el jefe del movimiento en Jalisco y a esto se debió la captura de Anacleto.

Sus últimos escritos predecían su muerte en el patíbulo por causa de su religión: él mismo había profetizado su martirio de suerte que no era para él una sorpresa lo que pasaba. La hora había llegado. No obstante esto, dicen y es de creerse, porque la naturaleza humana nunca abandona y en el vencimiento de la repugnancia al dolor está el mérito, que al notificarle la presencia de la policía se puso densamente pálido.

Tenía pensado escapar en un caso como el que se presentaba, saltando por la azotea a las casa vecinas y para esto estaba tendida una escalera de mano; pero al salir al patio se encontró con las alturas ya tomadas por los soldados: lo cual imposibilitó su salvación.

Se cree y con fundamento que dado el disfraz del licenciado González Flores, la barba largamente crecida, su demacración, su agotamiento físico, los esbirros no le conocieron y no sabían a quién llevaban preso. Buscaban a aquel joven vigoroso.

Se lo llevaron a él, a los tres hermanos González Vargas y a Luis Padilla.
La madre de los tres hermanos pudo en un momento acercarse a ellos, los bendijo y se despidió con esta frase: “¡Hijos míos, hasta el cielo!”.

En presencia de los cuatro tomaron de los pulgares y suspendieron al licenciado González Flores, hasta desarticularle ambos dedos, como plenamente se comprobó después de su muerte. Esto lo hacían para que delataran a los que estuviesen implicados en el movimiento católico y, según se cree, muy especialmente le exigían que diese el domicilio del monseñor Orozco y  Jiménez.
Al estar suspendido de los dedos y ver que amedrentaban a sus compañeros les dijo a sus verdugos: “No jueguen ustedes con los niños, pónganse con los hombres, aquí estoy yo”.

Siendo testigo de la debilidad de sus compañeros, pidió como única gracia morir al último y el uso de la palabra antes de morir.   La sentencia no se hizo esperar.
A sus compañeros les empezó a hablar de la inmortalidad del alma y por último, los hizo repetir en coro el acto de contrición.
Sus últimas palabras se dirigieron a los soldados que iban a ejecutarlo, los cuales se negaban a disparar sobre ese hombre de elocuencia divina, de asombroso valor, de santidad de mártir. Entonces el jefe de armas hizo una seña a un capitán que estaba al lado de Anacleto, el cual comprendiendo la orden muda que se le daba, hundió un marrazo en el costado izquierdo de la víctima, la cual cayó bajo una lluvia de balas que entonces dispararon los soldados.

El cadáver de Anacleto fue recibido por la esposa y muy pronto aquella casa, testigo del buen padre, del apóstol, del inteligente abogado, del magnífico amigo, del elocuentísimo orador, del infatigable se convirtió en un jardín de flores que toda la sociedad tapatía en profusión hizo llegar.

Se calcula que diez mil personas acompañaron a Anacleto hasta el sepulcro.

La respuesta del pueblo fue: ¡Viva Cristo Rey! A la lucha... Millares de manos se extienden sobre estas tumbas, jurando dar su vida porque Él reine.
     
Ma. Teresa Guevara de Urrutia

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