La desamortización de los bienes de la Iglesia, y la prohibición de tierras comunales que tenían más de trescientos años de existencia, buscaban cambiar por medio de la ley la realidad mexicana.

Cuando se habla de nacionalización de los bienes de la Iglesia, o desamortización de los bienes de la Iglesia, conviene recordar que se trata de hechos de la historia de México con antecedentes centenarios. Ya desde el siglo XVIII, los ilustrados y anticlericales monarcas españoles de la dinastía borbónica empezaron un acoso económico, político y social contra la Iglesia católica en Europa y en América.Los agravios fueron en aumento, desde la ruinosa expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles en América, pasando por la intromisión de jueces laicos en asuntos eclesiales, expropiaciones y contribuciones arbitrarias y exageradas.

Baste saber que en 1798 la corona expropió el 15 % de todos los bienes raíces y derechos de la Iglesia en los dominios españoles; y en 1804 por Real Decreto trasladó a las arcas reales los bienes raíces y capitales de las obras pías, capellanías, colegios, hospitales, y cofradías de la Nueva España. Este decreto significó la ruina para miles de mexicanos, que obtenían préstamos de la Iglesia a bajo interés y con grandes facilidades de pago. En una época en la que no había bancos sino prestamistas y usureros, los préstamos de la Iglesia constituían el apoyo financiero más firme para la agricultura, la minería y la incipiente industria mexicana. Sus ganancias eran la base para dotar a escuelas, hospitales, asilos y bibliotecas, así como para mantener precariamente a las parroquias y obispados en territorio nacional. Gracias al decreto de 1804, los deudores mexicanos de la Iglesia se convirtieron en deudores de la corona española, que exigió el inmediato cumplimiento de los créditos. Quienes no pudieron satisfacerlos vieron como sus tierras y propiedades eran rematados a favor de la corona. Un hermano de Miguel Hidalgo, el líder de la insurrección de Independencia, se volvió loco al quedar en la ruina por este motivo.

A partir de la Independencia, los gobiernos mexicanos aplicaron préstamos forzosos a la Iglesia, en un ambiente de nula seguridad económica y jurídica. Cada cacique y caudillo en armas despojó a la Iglesia, pacíficamente o por medio de la violencia, de sus bienes. Los templos, las bibliotecas y los hospitales fueron presa de los desórdenes de la guerra civil perpetua.

En 1856, la llamada “Ley Lerdo”, llamada así por su principal autor, Miguel Lerdo de Tejada, obligó a la enajenación de todas las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones civiles y eclesiásticas de México. El resultado fue uno de los mayores robos legales en la historia de este país. En efecto, si bien es cierto que la Iglesia perdió decenas de bienes que permitían mantener un sistema financiero de bajo costo para el campo mexicano, los pueblos y las comunidades rurales fueron infinitamente más afectados. Millones de mexicanos, dueños de tierras comunales, ahora prohibidas por la ley Lerdo, vieron como sus tierras centenarias iban a parar, por efecto de la ley de la oferta y la demanda, a manos de inversionistas extranjeros y de sus socios, los geniales políticos inventores del instrumento jurídico más nefasto en la historia de México.

La desamortización de los bienes de la Iglesia, y la prohibición de tierras comunales que tenían más de trescientos años de existencia, buscaban cambiar por medio de la ley la realidad mexicana. La mentalidad liberal, adoradora de los Estados Unidos y su sociedad blanca anglosajona y protestante, consideraba que era imprescindible despojar a la Iglesia de su papel preponderante en la economía, y más aún, en la mentalidad de la sociedad. Sus medidas para despojarla de sus bienes sólo favorecieron a unos cuantos ricos, que crearon latifundios de una extensión que nunca antes se había conocido. La corrupción y la avidez de riquezas de la facción liberal despilfarraron las ganancias obtenidas en el plazo de un año, al cabo del cual el ministro liberal de Hacienda, Guillermo Prieto, se veía perplejo las manos vacías y se preguntaba con ingenuidad donde estaban aquellas riquezas que convertirían a México en un país gemelo de los admirados Estados Unidos.


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