Carlos Burke
A diferencia de lo que sucedió en Inglaterra España y Francia, la Nueva España del siglo XVIII no se vio definida por el movimiento cultural llamado “La Ilustración”. Si bien es cierto que los novohispanos sufrieron las consecuencias prácticas de las políticas emanadas de los déspotas ilustrados, sobre todo de Carlos III en 1767, la sociedad novohispana siguió siendo fundamentalmente barroca en lo cultural, tanto en su perfil filosófico, educativo y de mentalidades.

A diferencia de lo que sucedió en Inglaterra España y Francia, la Nueva España del siglo XVIII no se vio definida por el movimiento cultural llamado “La Ilustración”. Si bien es cierto que los novohispanos sufrieron las consecuencias prácticas de las políticas emanadas de los déspotas ilustrados, sobre todo de Carlos III en 1767, la sociedad novohispana siguió siendo fundamentalmente barroca en lo cultural, tanto en su perfil filosófico, educativo y de mentalidades.

En todo caso, hubo una serie de eminentes filósofos, artistas y científicos, que sin adoptar el racionalismo, deísmo y anticlericalismo europeo continental, manifiestan la necesidad de renovarse y encontrar nuevas formas de expresión y creatividad intelectual y artística, más allá de las expresiones tradicionales del Barroco.

Es clara la renovación en la historiografía con Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero; en el campo filosófico, además de Alegre y Clavijero, Pedro José Márquez, Benito Díaz de Gamarra, Rafael Campoy, Agustín Castro y Juan Luis de Maneiro destacan en la cátedra y con sus obras, aportando distintos métodos, revisando autores contemporáneos y abordando los clásicos con nuevos enfoques.

En el ámbito científico destacan Ignacio Bartolache, José Antonio Alzate, Andrés del Río, José Mociño, Manuel Guridi y Alcocer, que ponen a las instituciones científicas novohispanas al nivel de muchas europeas. En el ámbito artístico, Manuel Tolsá, Francisco Eduardo Tresguerras son grandes renovadores del arte arquitectónico y escultórico.

Es interesante hacer notar que los ilustrados novohispanos no están marcados por Voltaire, Montesquieu, Diderot, Rosseau, o Sade. Están animados por un afán intenso de polemizar con los europeos continentales para hacer valer los méritos de su patria barroca; están interesados por poner al día sus conocimientos científicos y filosóficos, en armonía con sus convicciones religiosas y sociales, derivadas de la época barroca.

No son ni reformadores sociales ni iconoclastas religiosos. Buscan una renovación social acorde con los tiempos modernos, pero sin dinamitar los principios políticos, educativos y religiosos que sostienen el andamiaje social novohispano.

Una notable excepción es quizá José Joaquín Fernández de Lizardi, un ilustrado moderado, que en sus novelas, “El Periquillo sarniento” y “La Quijotita y su prima”, muestra todo su disgusto por el perfil cultural, social y político de la Nueva España.

Con una cautela comprensible (no de balde fue huésped ocasional de la cárcel del virrey) Lizardi hace una crítica amable, medida y moralizante, en la que apenas se adivinan las lecturas prohibidas, pasadas de contrabando a la Nueva España, pero que el autor tamiza, expurga de su contenido ácido y explosivo para entregarlas ya dulcificadas y compatibles con los paladares barrocos de sus paisanos novohispanos.

Será avanzado el siglo XIX cuando en México podamos encontrar ilustrados en consonancia con sus predecesores europeos.

*El autor es colaborador del Centro de Cultura Humanística A.C. FUNDICE

 
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