El convento de Cuautinchan data del siglo XVI y es uno de los primeros que se construyeron en el continente americano, se localiza en dirección a la carretera African-Safari-San Pedro, Zacachimalpa.

Al llegar a dicho lugar inmediatamente se puede observar la infraestructura del edificio, que es de piedra volcánica negra, al igual que los muros y arcos que rodean el convento. Dentro del mismo existen deterioros en algunas secciones, ya sea por el paso del tiempo o por algunas invasiones que ha sufrido el inmueble, carece de algunos techos, puertas de madera astilladas y pinturas en forma de cenefa que no tienen secuencia, pues no se ven.

Al hablar de invasiones me refiero a dos que fueron muy relevantes; en primer lugar a la que surgió cuando el territorio de Cuautinchan fue invadido por los españoles, quienes crearon este convento. El recinto sirvió como refugio para que la gente no fuera esclavizada en los primeros años del periodo colonial, que se inaugura con la conquista española.

La segunda invasión importante es la que se dio con el inicio de la Revolución Mexicana. El gran deterioro que sufrió este edificio es evidente, al ser víctima de saqueos de pinturas y objetos de gran valor, además fue dañado por escopetas y materiales de armamento, utilizados en aquella época.

Pero ¿cómo se daban cuenta de que iban a ser invadidos, si no contaban con tecnología?, pues porque esta estructura cuenta con miradores, tanto en techos y en la torre que se utilizaba como campanario; asimismo, en las partes altas del templo existen escondites que servían para la vigilancia del convento que es un edificio fortaleza.

A la entrada se pueden admirar dos arcos, uno está partido por la mitad y servían como canales de agua. Continuando con el recorrido podemos percatarnos que existen miradores donde se puede apreciar el paisaje y la flora que abunda en la región.

Del lado derecho se encuentra el templo mayor y a su entrada podemos admirar una puerta de gran altura, de madera tallada y una torre de campanario del lado izquierdo, donde para llegar a la parte más alta es necesario subir 100 escalones. Ahí se ubican dos campanas de tamaño y peso considerable, que fueron fundidas con varios metales.

Como ya mencioné el edificio es muy antiguo y al entrar al templo mayor se pueden admirar ocho pinturas que ocupan todo el fondo, teniendo aproximadamente una extensión de 10 metros de alto. Tienen un marco de madera y al parecer están recubiertas de laminillas de oro, y en ellas se narran los momentos más relevantes de la vida de Jesús.

En la parte baja del altar hay un lienzo considerablemente grande donde se encuentran los 12 apóstoles, así como la posada que pidieron María y José, el nacimiento del niño Jesús en el pesebre de Belén, y la llegada de los tres Reyes Magos, donde le obsequian oro, mirra e incienso.

Otra pintura muy importante es la evangelización y coronación de María, donde se convierte en la madre de Dios. En la parte más alta aparece la crucifixión de Jesús, la imagen de Dios Padre y el Espíritu Santo.

Al frente de estas pinturas se encuentra la mesa misal y del lado derecho un crucifico que transmite mucho sentimiento, pues su rostro es de sufrimiento y dolor; está decorado con flores y un fondo que simboliza cómo Jesús derramó su sangre por nosotros.

Del lado izquierdo al salir del templo encontramos los cuartos donde solían vivir los monjes, los cuales cuentan con dos niveles distribuidos de forma cuadrangular; también hay un patio y en medio una fuente descuidada, que aparece rodeada de macetas de piedra y una pequeñas bancas de cemento pegadas a los arcos que adornan esta área.

Acceder al segundo nivel no es tan fácil... sólo existe un acceso y se tienen que realizar distintas maniobras para llegar alcanzarlo, ya que se encuentra a contra esquina. Ahí hay cuartos de rezo y dormitorios, de los que sólo queda la estructura de los muros, pues los techos ya no existen y el piso ha sido invadido por plantas. Lo anterior es lo que se alcanza a apreciar desde el segundo nivel.

Ahí se pueden encontrar restos de mastodontes cerca de unos 100 metros del convento y un trozo de madera quemada por un rayo que cayó en el campanario norte-mayor en el año de 1612; un confesionario arrumbado y el acceso para subir a los techos, miradores y escondites de vigilancia.

Las secciones de estos cuartos cuentan con una decoración conformada por pinturas que yacen en la pared, las cuales están secuenciadas, además de que hay oraciones escritas en latín. Alrededor hay cinco lápidas que pertenecen a algunos monjes que murieron ahí, cruces de madera y fierro, y flores secas que adornan el exterior.

Lo interesante de esta región es que se encuentran las primeras sementeras en América que aún siguen funcionando y que muestran cómo en este poblado se vive de una forma tranquila y pacífica.

A mi salida del lugar me encontré en el camino a un burro con su pastor y una boda que estaba por realizarse, la novia caminaba con su familia, desde el abuelito hasta el miembro más pequeño. Se dirigían hacia el altar, acompañados de unos músicos que ambientaban y anunciaban el camino de la prometida.

El autor es estudiante del curso de Historia Regional, del primer grado del Bachillerato General Matutino del Benemérito Instituto Normal del Estado de Puebla.


Jordi_28ama@hotmail.com


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