Magdalena Ambriz Benavides 

El relativismo parece no tener compromiso con la vida, es como si el hombre viera que la medida de todas las cosas es lo que él cree, en su horizonte no hay verdades absolutas. Dios es relativo.  Ha dejado de ser un misterio para el hombre y, en su concepto de creador, se vuelve tan relativo como el hombre quiera visionarlo.

 

“En el centro de la sociedad relativista hay un hueco, un vacío que sin cesar se ensancha y que deshabita a las almas” (Octavio Paz). Karl Marx, de acuerdo con su visión moderna, dice que la sociedad “es una sociedad de mercancías en donde todos los valores tienen sólo función de cambio, convirtiéndose en una civilización de hipótesis”: esto es así, pero yo creo que no es así y... así, todo es relativo.

El relativismo parece no tener compromiso con la vida, es como si el hombre viera que la medida de todas las cosas es lo que él cree, en su horizonte no hay verdades absolutas. Dios es relativo.  Ha dejado de ser un misterio para el hombre y, en su concepto de creador, se vuelve tan relativo como el hombre quiera visionarlo. La sociedad relativista actual, reconoce una sola realidad, el bienestar y el placer de los sentidos. Algunos en sus posturas, pareciera que han definido el  modernismo en sus raíces, como fenómeno de esta civilización, partiendo de conceptos vacíos de sentido. Fe, religiosidad, honestidad, matrimonio, fidelidad, vocación, vida, muerte, etcétera han quedado refundidos, el hombre se ha divorciado de su propia naturaleza porque se ha inventado un “hombre nuevo”.

México es un país civilizado, pero no es un país culto. La ignorancia es causa de la deshumanización  social. No tenemos educación adecuada para ser activos en la búsqueda del bien común, no sólo para proponer leyes, sino ver de manera objetiva que esas leyes sean justas. No somos ávidos en proponer o participar en causas que lleven como fin luchar por la dignidad de todo ser humano en orden a que desarrolle el  máximo de sus capacidades, y que con visión de la misión que le ha tocado desempeñar, defienda los ideales que se pueden alcanzar: la verdad, el bien, la justicia. “Bien está que todos los hombres coman, pero mejor que todos los hombres sepan: que gocen de todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, en esclavos de una terrible organización social” (García Lorca).

Hay una frontera muy grande entre lo normal y lo anormal. Sin embargo, se ha perdido la brújula.  La batalla que sostenían los valores y los principios, pareciera que ha terminado en derrota. La escala tradicional basada en los valores universales, inmutables y sin caducidad, pareciera ya no tener ninguna aplicación. Si a la juventud actual con tan marcada tendencia a la violencia se la preguntara por qué es así, seguramente contestaría ¿y por qué no? Como todo es relativo, “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, luego entonces todo vale. 

También vale la razón del ladrón, del torturador, del corrupto, del asesino, del violador. Los sofismas de este relativismo cultural son tópicos corrientes en las discusiones que hoy por hoy oímos por todos los ámbitos: el aborto es un derecho humano, la droga aumenta la creatividad, la sexualidad abierta y la pornografía son un signo de madurez, el amor libre como fruto de la modernidad se impone, el divorcio es natural, el amor acaba, las parejas de hecho, para que nada nos separe que no nos una nada...

Spaemann, catedrático alemán, una de las figuras más destacadas del pensamiento filosófico moderno dice: “en un contexto así, antes de comenzar la vida, las almas han sido asesinadas”.

Esta forma de ver la vida es manifestación de lo que se lleva dentro... ¡Nada!, un vacío de sentido que lo llena todo. Ni la vida, ni la salud, ni la verdad, ni la belleza se respetan como valores. Y es que habiendo tantos intelectuales que dicen o escriben muy bien lo mal que piensan, aquéllos que no tienen registradas en su conocimiento ideas que contrarresten con la verdad, terminan sucumbiendo a un mundo en el que no se ve con claridad el horizonte.

A nuestros jóvenes les ha tocado vivir por lo menos dos generaciones muy descompuestas.  Desgraciadamente son víctimas que luego se convertirán en victimarios y así la frontera de la normalidad de vida, les irá quedando cada vez más lejos.

¿Cómo acortar las distancias cada vez mayores entre el vacío y la plenitud, entre lo bestial y lo humano? Perspectivas para luchar contra esta crisis de valores que no es más que una crisis de criterios, las hay, por supuesto que las hay.

¿Cuáles? Empezar por retomar los valores humanos y educar en ellos a quienes forman nuestro entorno. Vivir primariamente el modelo de los valores en los que queremos trascender, distinguir nuestra vida con todo aquello que no esté siendo arrastrado por las corrientes actuales, huir de lo absurdo. La educación es el centro del cambio en la persona y si no queremos terminar en la miseria cultural del “todo vale”, se requiere aportar actitudes positivas hacia el futuro, empezando aquí y ahora, en ese crecimiento interior tan necesario en nuestro tiempo.

El relativismo social es producto del analfabetismo cultural, es el cáncer de nuestro tiempo. Es propio de la persona humana no poder acceder a la verdadera y plena humanidad más que a través de la cultura. La formación intelectual es un elemento decisivo para desarrollar la cultura humana que ayuda a ser más autónomo y más libre. Formar mejor la conciencia de la persona y apercibirse mejor de sus responsabilidades a nivel moral y espiritual, ayudará a la verdadera educación que es a la vez, espiritual, intelectual, moral y social.

Conclusión: Si toda verdad es relativa, es relativo que toda verdad sea relativa.

 
marthaelenag@hotmail.com

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