Miguel Ángel de Quevedo nació en el seno de una próspera familia de Guadalajara el 27 de septiembre de 1862. De acuerdo a una extraña reconstrucción, una de las primeras imágenes que vio Miguel desde su cunero, fue un árbol.1 Si así fue, representó un apropiado comienzo para un hombre que se convertiría en el Apóstol del Árbol en México.2

Miguel Ángel de Quevedo nació en el seno de una próspera familia de Guadalajara el 27 de septiembre de 1862. De acuerdo a una extraña reconstrucción, una de las primeras imágenes que vio Miguel desde su cunero, fue un árbol.1 Si así fue, representó un apropiado comienzo para un hombre que se convertiría en el Apóstol del Árbol en México.2

En su juventud, Miguel no mostró especial inclinación hacia la naturaleza. Ciertamente, su niñez fue la típica para una persona de su clase.

Como otros niños de clase alta, gozó de una variedad de privilegios, incluyendo una educación clásica en las mejores escuelas de Guadalajara. Como tenía una mente despierta, Miguel comenzó su educación universitaria en el seminario de Guadalajara en los primeros años de su adolescencia. Su inteligencia, junto con la riqueza de su familia, parecía asegurarle un futuro tranquilo.3

Sin embargo, ni la inteligencia ni la riqueza representaban una garantía contra la tragedia. La madre de Miguel murió cuando él tenía diez años, la causa de su deceso fue atribuida a las penurias que soportó al hacerse cargo de su esposo enfermo. Siete años después, su padre sucumbió debido a la plaga.

La custodia del huérfano quedó a cargo de un tío que era el canónigo en una iglesia en Bayonne, Francia. Además de tener que hacer frente a la muerte de su padre, y tener que ajustarse a una cultura extranjera, Miguel empezó a pensar acerca de una futura carrera. Debido a su experiencia en el seminario y la posición de su tío como canónigo, muchos de sus parientes pensaron que abrazaría el sacerdocio. Miguel, empero, reaccionó al vislumbrar una vida de celibato y, por ello, su tío discutió con él la posibilidad de que fuera doctor, pero esta idea tampoco le atrajo. Aunque prefería ser ingeniero, principalmente porque esa era la profesión de su hermano mayor, realmente no tenía planes definidos. La futura carrera de Miguel Ángel de Quevedo fue el producto tanto de la suerte como de su decisión. Fue conformada no sólo por la educación que recibió en Francia, sino por el paisaje de Francia en si mismo, ya que los años que Miguel permaneció ahí fueron claves para la conformación de sus actitudes hacia la naturaleza y la conservación.

El gusto de Quevedo por la naturaleza comenzó en los Pirineos. Después de mejorar su rudimentario conocimiento del francés en el Colegio de San Luis, en Bayonne, se cambió al Colegio de Resorre, que estaba localizado cerca de las montañas. Ahí, sus maestros entremezclaron sus enseñanzas con viajes al campo, terminando, frecuentemente, con un chapuzón en un frío arroyo de la montaña. Las frecuentes excursiones de Quevedo a los Pirineos le inspiraron un cariño hacia los bosques y hacia las montañas.

Después de Resorre, Quevedo fue a la Universidad de Burdeos, donde recibió el grado de bachiller en ciencias en 1883. Con su título y una recomendación de Gaston Planté, un miembro de la Academia de Ciencias de Francia, Quevedo marchó a París para proseguir su educación. Planté, cuya abuela era mexicana, se interesaba especialmente en estudiantes latinoamericanos prometedores que estaban recibiendo su educación en Francia. Quevedo le había comunicado su interés por estudiar ingeniería, pero poco después de llegar a París se vio absorbido en el debate que rodeaba al tratado de Camille Flamarion titulado Pluralidad de los mundos habitados y rápidamente se inscribió en el Instituto de Astronomía y Meteorología de Flamarion, una decisión que enfureció a Planté. Planté acusó a su joven pupilo de tener una atracción atávica hacia la astronomía (compartiendo la fascinación de los aztecas por las estrellas) y de abandonar los intereses de su país, que necesitaba ingenieros y no astrónomos. Eventualmente, Planté pudo persuadirlo de estudiar ingeniería en la Escuela Politécnica.

En dicha Escuela, Quevedo aprendió de la importancia de la conservación de los bosques. En un curso de agricultura hidráulica, el profesor Alfredo Durand-Claye advirtió a sus estudiantes que un ingeniero hidráulico que no tuviera conocimientos forestales era "deficiente, un zopenco que hará graves errores."4 En charlas privadas con Quevedo, Durand-Claye insistía que un conocimiento de silvicultura era más necesario aún en México que en otras naciones, ya que México era un país montañoso que sufría de lluvias torrenciales y prolongadas sequías. El consejo de Durand-Claye se convirtió en una parte integral del pensamiento de Quevedo.

El primer trabajo de Quevedo fue como supervisor de las obras de drenaje (el proyecto de desagüe*) en el Valle de México. Iniciándolos a principios del siglo diecisiete, la municipalidad de México había emprendido proyectos de drenaje para eliminar las inundaciones en el Valle de México, mediante el abatimiento de los niveles del lago.5 Quevedo trabajó en el más grande y más exitoso proyecto de drenaje en la historia de México. Supervisó la construcción del Gran Canal y de un gran túnel en el extremo noreste del valle que sacaría miles de metros cúbicos de los lagos que rodeaban a la Ciudad de México (el proyecto de desagüe* se terminó en 1900).

La asociación de Quevedo con el proyecto de drenaje* llegó a un abrupto fin a principios de 1889, cuando cayó de una góndola mientras inspeccionaba trabajos en un túnel (el operador cambió descuidadamente de carril). Quevedo permaneció inconsciente mientras la góndola pasaba sobre su espalda. Si hubiera caído unas cuantas pulgadas hacia el otro lado, el carro le hubiera aplastado el cráneo. Al fin, Quevedo escapó con lesiones que, aunque eran serias, no lo incapacitaban permanentemente. Sin embargo tuvo que renunciar al proyecto del drenaje.

En 1901, Quevedo habló sobre este asunto ante el Segundo Congreso Nacional sobre Clima y Meteorología. Fijó la idea en los asistentes a la conferencia sobre como la destrucción de los bosques afectaba negativamente las provisiones de agua: "La falta de vegetación en extensas áreas de nuestro país y, particularmente, la falta de bosques agrava, de manera muy peligrosa, la irregularidad de las lluvias y de las corrientes de agua, a tal grado que las soluciones a los problemas de riqueza agrícola e industrial serán imposibles si uno sigue talando los bosques."13 Posteriormente mantuvo que la desforestación había culminado con sequías en el México central y en la desertificación de áreas alguna vez relativamente verdes en el norte de México, porque la cubierta forestal que quedaba era insuficiente para aumentar la precipitación por medio de la transpiración y el enfriamiento de la atmósfera.14 Además de reducir la cantidad de agua disponible para la agricultura y la industria, Quevedo aseguraba que el aumento de la aridez, que era el resultado de la destrucción de los bosques, constituía un clima menos saludable. Terminó su intervención pidiendo la adopción de leyes más enérgicas para la conservación de los bosques.15

En 1900, los parques y jardines componían menos del dos por ciento de la superficie urbana abierta de la Ciudad de México. Como resultado del programa de parques de Quevedo la relación había aumentado hasta 16 por ciento

Con la ayuda de José Yves Limantour, Secretario de Hacienda y miembro del circulo más cercano a Díaz, Quevedo obtuvo recursos para otro proyecto crítico: la ampliación de los viveros forestales que él había establecido en Coyoacán (los Viveros de Coyoacán*).

Cuando la revolución de Francisco Madero derrocó a Porfirio Díaz en 1911, las metas de conservación de Quevedo en México parecían alcanzables.

La fatiga, la enfermedad y el estallido de la Primera Guerra Mundial limitaron los estudios forestales de Quevedo durante su exilio en Europa,

Después de la derrota de Huerta por las fuerzas constitucionalistas, Quevedo regresó a México para continuar con su cabildeo para la conservación de los bosques. En marcado contraste con el régimen de Huerta, algunos elementos dentro del nuevo gobierno eran receptivos a las ideas conservacionistas. Trabajando en pareja con el Secretario de Obras Públicas, Pastor Rouaix, Quevedo convenció al presidente Venustiano Carranza, en 1917, para establecer el Desierto de los Leones como el primer parque nacional de México.48 También logró otro de sus objetivos cuando persuadió a los delegados a la convención constitucionalista para incluir un punto de programa conservacionista dentro de la Constitución.49 El artículo 27 de la Constitución de 1917 establece: "La nación siempre tendrá el derecho de imponer sobre la propiedad privada, las reglas que dicte el interés público y de reglamentar el uso de los elementos naturales, susceptibles de apropiación de modo de distribuir equitativamente la riqueza pública y salvaguardar su conservación." Esta cláusula dio los cimientos para la legislación conservacionista post-revolucionaria de México.

Quevedo aportó su nombre y algo de sus energías a los esfuerzos para salvar a las aves, pero su principal preocupación era la conservación de los bosques. En 1922, creó la Sociedad Forestal Mexicana, que era la reencarnación de la Junta Central de Bosques*, (excepto por el hecho de que ya fue una organización privada). Un año más tarde, la sociedad publicó el primer número de México Forestal*. En este número inaugural, la sociedad forestal explicaba su razón de existir:

Una de las principales metas de Quevedo y de la Sociedad Forestal Mexicana era la implantación de una enérgica ley forestal. Los funcionarios de la Secretaría de Agricultura de la administración de Álvaro Obregón (1920-1924) escuchaban y apoyaban las peticiones de la sociedad para tal ley:

En la campaña presidencial de 1934, Lázaro Cárdenas se puso en contacto con Quevedo sobre su interés de encabezar un Departamento Autónomo Forestal, de Pesca y de Caza. Modestamente, al principio rechazó el ofrecimiento, diciendo que era ingeniero y no político. Entonces Cárdenas lo invitó a acompañarlo en un acto de campaña en Veracruz. Después de la visita y de felicitar a Quevedo por su trabajo en la creación de dunas arboladas (un proyecto al que regresó a fines de los veinte), Cárdenas volvió a preguntarle si aceptaría el puesto, y esta vez Quevedo dijo que sí.71

Las décadas de los veinte y los treinta fueron un período productivo para la conservación en México. Cuando Cárdenas llegó a la presidencia, muchas importantes leyes de conservación ya estaban publicadas. Ahora era el momento tanto de hacerlas cumplir, como de educar a la ciudadanía sobre la necesidad de la conservación

   

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