Alejo Fernández Pérez
Los pequeños detalles son el 99 por ciento de los momentos de nuestra vida, determinan lo fundamental de nuestro trabajo y de nuestra felicidad. El matrimonio exige mucha finura de espíritu, un gran respeto a la pareja, lealtad firme y una disposición continua a colaborar en la vida de cada día. El premio es grande.

El matrimonio es un compromiso irrevocable

No querer comprometerse en nada es una de las características del hombre y de la mujer light de hoy en día. En política son muy raros los que se comprometen con una idea y la defienden; en el trabajo nadie quiere hacerlo, exigiendo sus derechos, que también son sus obligaciones.

El matrimonio se ha convertido en una página de las revistas del corazón, en una película pornográfica o en un medio de cotilleos. Nadie quiere arriesgarse a nada y, por supuesto, nadie está dispuesto a quemar las naves para conseguir sus propósitos.

En las tareas importantes, y el matrimonio lo es, no caben las personas indecisas, volubles, sin cuajo, donde no se puede escurrir el bulto, y donde hay riesgo de fracaso. Estas personas light en realidad están encadenados a sí mismos, aunque rodeados de mucha gente, están más solos que otros, e intentan sofocar con ruido y alcohol su tremenda indigencia interior. Pero al final, ¿cómo es la vida de casados?

Los pequeños detalles

Los pequeños detalles son el 99 por ciento de los momentos de nuestra vida, determinan lo fundamental de nuestro trabajo y de nuestra felicidad. El matrimonio exige mucha finura de espíritu, un gran respeto a la pareja, lealtad firme y una disposición continua a colaborar en la vida de cada día. El premio es grande: serenidad, alegría, satisfacciones, felicidad.

Es muy corriente que la mujer se preocupe mucho de las cosas del marido: de sus camisas, zapatos, corbatas, y se olvide de que él existe. Es común que el marido trabaje como un negro por su mujer y sus hijos, y no tenga tiempo para convivir con ellos. La familia es el negocio más importante, si fracasamos en ella, habremos fracasado en la vida.

En las cosas bien hechas apenas reparamos. Pero ¡ay! cuando, por ejemplo, la comida sale salada… es otra historia. Nos sacan de quicio las chapuzas: ese reguero de platos sin limpiar, de papel sin poner en su sitio, de pasta de dientes sin tapar, que va quedando tras nosotros. Todas esas cosas sin importancia en su conjunto amargan la existencia. Quien no es capaz de hacer bien lo pequeño, no hará lo grande.

Monotonía

Los cónyuges se hallan sometidos a la rutina diaria, a las necesidades prosaicas de la casa y del trabajo. Al cabo de algún tiempo parece que todo está dicho. Entendemos que hay que regar las macetas diariamente, que hay que prestar atenciones constantes al perrito, que la casa hay que limpiarla y ordenarla todos los días, que… y ¿creemos que el amor y el matrimonio se mantienen del aire?

El marido debe cortejar a su mujer, hacerle regalitos de vez en cuando y por cualquier motivo, preguntarle por sus cosas: vestidos, peinados, comidas. La mujer tiene que cuidarse como cuando eran novios y corresponder al marido con la misma moneda de atenciones y delicadezas. La felicidad se construye como los grandes palacios: ladrillo a ladrillo.

Mal humor, discusiones y discrepancias

Son inevitables. San Josemaría decía que constituyen graves obstáculos para el amor conyugal y para cualquier tipo de convivencia. Aún los mejores esposos tienen sus momentos de cansancio y de mal humor, a los que hay que poner remedio sin romper la paz.

Deben procurar que sus enojos y nerviosismos no coincidan para que no hagan corto circuito, estallen lámparas; se escapan palabras, a veces demasiado verdaderas con aquella triste verdad que produce desencantos, rencores, heridas secretas.

Lo bueno sería que cada uno tuviese días diferentes de mala uva. Desgraciadamente, en ocasiones sucede que uno detenta el monopolio del mal humor y, en ese caso, el otro deberá detentar el monopolio de la paciencia.

De las discusiones raramente sale la luz. Cuando uno dice una cosa y el otro le contradice, ¡ya está liada! Interviene el amor propio y la discusión termina discurriendo por cauces peligrosos. La humildad es un acto de profundo valor por el que uno se atreve a reconocer sus propios errores y dar sinceramente la razón al que la tenga.

Y con eso se acabaron las peleas tontas. En las peque­ñas reyertas ninguno de los dos suele tener toda la razón. El que esté más sereno ha de decir la palabra que evite el mal. Y es muy recomendable no acostarse sin haberse reconciliado ni haber pedido perdón.

Culpables

Cuando uno comete un error, y no hay nadie que no los cometa, existen dos alternativas: una, echarle la culpa a otro, al gato o a quien sea, buscando disculpas que normalmente caen en el ridículo. Otra, reconocer rápidamente el error y pedir disculpas, con lo cual se terminan las discusiones y se evita entrar en una dinámica donde todo es pérdida.

Trabajo

Puede llegar a ser un obstáculo cuando su importancia se saca de contexto: cuando llega a ser tan absorbente que nos roba el tiempo que debemos a Dios, a nuestra familia, a la Iglesia y a la sociedad en que vivimos.

Trabajamos para nuestra familia, pero llegamos a olvidarla por el trabajo. En todos los casos nuestro esfuerzo, cualquiera que éste sea, debe ser hecho con la mayor perfección posible y, sobre todo, con mucho amor, sin olvidar que es un medio y no un fin para nuestras vidas. Trabajemos para vivir, no vivamos sólo para trabajar.

Fútbol, casino, tertulia, discotecas...

Llegan a ser nefastos cuando les dedicamos un tiempo y dinero, que, como en el caso anterior, sobrepasa lo normal. Las cosas en sí mismas no son ni buenas ni malas, lo malo está cuando por vanidad, debilidad o falta de criterio, nos dejamos arrastrar por el ambiente o las amistades, elevando esas actividades a verdaderos ídolos. Por ellos hay que pagar, y muchos lo hacen, un elevado precio.

Alcohol, drogas, juego

Contra ellos no hay más que una receta: ¡No empezar!, ni un poquito ni nada. Hay que decir claramente y con firmeza ¡no! O nos encontraremos con la ruina, la enfermedad y la muerte a la vuelta de la esquina.

TV y videos

Cuando se abusa de ellos, además de robarnos un tiempo precioso, en gran medida corrompen toda moral, haciéndonos creer que aquí “vale todo”. Además, nos los quieren colar en nombre de la libertad. A causa de la televisión hay chicos que no estudian, mujeres que no atien­den las labores del hogar, hombres que por un partido de fútbol abando­nan sus negocios. ¡Cuánto tiempo y energía perdidos!

Teléfono

Es rara la familia donde no hay broncas por su uso desmedido. Es frecuente que el costo de la factura se dispare hasta el punto de poner en peligro la economía del hogar. Su uso sin control impide que los demás puedan hablar o recibir llamadas.

El ambiente que nos ro­dea

¿Por qué no imponemos el nuestro en vez de dejarnos arrastrar por el de los demás? Aprendamos a decir no, y se nos respetará más de lo que creemos. La frivolidad reinante nos llena de va­cío. El matrimonio es algo demasiado serio e importante para dejarlo a merced de los vientos cambiantes, de las modas de turno o de los caprichos de quienes están a nuestro lado.

El secreto de la felicidad en la vida conyugal está en lo co­tidiano. A esa cotidianeidad tenemos que lle­var buen humor, orden, laboriosidad, economía y alegría. El mal humor hay que dejarlo en la puerta.

Para el matrimonio hay que prepararse y estar entrenado para hacer frente a las dificultades presentes y futuras. Futbolista que no se entrena no mete gol. Conviene que las comidas se hagan juntos para fortalecer la unidad familiar.

No hay que des­pilfarrar, aprender a hablar en­tre vosotros y a sonreír. La vida fa­miliar debe ser austera. Estar pendiente de los demás y aprender a ayudarles. Hacer el bien no es fácil, hay que aprender a hacerlo.

El fundamento de la vida conyugal está en la Ley de Dios. Quien se la salta termina arruinando su familia. El amor propio, que hace montañas de nada, es otro de los graves peligros que nos acecha.

Ojo con una TV que idealiza los más bajos instintos a los que presenta como normales y que repitiendo una y otra vez aspectos execrables del hombre terminan haciéndonos creer que son normales.

Todavía no se ha encontrado una regla para vivir en este mundo que sea superior a los Diez Mandamientos, los intentos han terminado en ruinas y muertes. Quienes leen La Biblia “saben” que toda sociedad que arrincona a Dios termina cayendo en manos del diablo.

 
Alejo1926@gmail.com
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