Algo más que machismo

La educación sexual tiende a crear técnicos en fontanería sexual, pero analfabetas afectivos. Prevenir maltrato exige visión elevada de la sexualidad.

La persistencia de la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja se atribuye muchas veces, sin más matices, a las actitudes machistas, al no reconocimiento de la igualdad entre hombre y mujer.


Mal entendimiento de la sexualidad


Aparte de endurecer las penas (cosa que no ha sido la panacea), la solución desde el punto de vista educativo sería inculcar con más tenacidad la idea de igualdad, de modo que ni los chicos incurrieran en actitudes dominadoras ni las chicas lo consintieran.

Lo preocupante del asunto es que no parece que la generación más joven esté vacunada contra el maltrato femenino.

Algunas encuestas detectaron comportamientos controladores por parte del chico, que pretende imponer a la chica que no vea a ciertas personas, que no vaya a ciertos sitios, que responda inmediatamente para saber dónde está, actitud que puede llegar al insulto o a la agresión física si ella se rebela o pretende dejarlo.

Extraña que persistan esas actitudes en una generación que desde su más tierna infancia ha sido martilleada con la idea de igualdad, desde la familia, la escuela y el ambiente cultural. Así que convendría plantearse si no hay otras carencias que se olvidan y que influyen en el trato entre chicos y chicas.

En primer lugar, la educación sexual que se imparte tiende a crear técnicos en fontanería sexual, pero analfabetas afectivos.

Si se entiende que la sexualidad es sólo un modo de responder al bombardeo hormonal, algo no vinculado al amor ni al compromiso, el sexo se verá como un acto lúdico más, en el que se busca ante todo el propio placer.

En ese contexto, es más fácil considerar al otro (por lo general, a la otra) como un instrumento a mi servicio y que debe estar bajo mi control, y al que eventualmente se abandona o se maltrata si no responde a mis deseos. Por lo tanto, la prevención del maltrato exigiría empezar por dar una visión más elevada de la sexualidad.

Por otra parte, la falta de respeto en las relaciones entre chicos y chicas no implica necesariamente un desprecio o minusvaloración de la mujer. Los intentos de control pueden ir unidos a una alta valoración de la chica, a la que no se quiere perder. El problema es que, aparte del adoctrinamiento en la igualdad, no han sido educados en el autocontrol de la tendencia sexual ni en el respeto al otro ni el en aplazamiento de la gratificación. Por eso no se sabe aceptar un no de la chica, no se entiende el valor de la espera ni el sentido de lo que se llama cortejo. Y esto es el caldo de cultivo para la falta de respeto.

Hay que reconocer que ni la cultura ambiental ni los medios de entretenimiento actuales ofrecen modelos convincentes para favorecer ese respeto. Por lo general, transmitirán un mensaje políticamente correcto de la igualdad entre los sexos. De modo que los chicos y las chicas se saben la teoría. Pero la práctica, en un terreno tan pasional, es otra cosa.

El énfasis ambiental en el sexo lúdico no favorece el respeto sino la promiscuidad, en la que las chicas salen perdiendo, por sus mayores riesgos. Y el hecho de que en este aspecto la conducta de ellas se haya asimilado a la de ellos, no contribuye a elevar el nivel.

Para erradicar esas actitudes habrá que ir más allá del discurso de la igualdad.

Dinamarca, que es uno de los países con mayor igualdad entre los sexos, es también el que registra un mayor índice de violencia de género en Europa.

Un reciente reportaje preguntaba a expertos del país a qué se debía esta paradoja. Uno de los expertos consultados afirmaba: “en una sociedad industrializada y progresista como la danesa, a los menores se les da libertad desde edad muy temprana, pero una libertad mal entendida y poco controlada”. Otro abundaba: “A las mujeres jóvenes, muchas de ellas todavía sin criterio propio, se les da la impresión de que todo vale; y cuando se ven en ciertas situaciones, no pueden o no saben pararlo. Lo mismo con los chicos, ellos tienen que aprender que un no es un no”.

Pero el informe PISA no mide estas competencias y da la impresión de que en este aspecto tampoco destacan los alumnos españoles.

ACEPRENSA

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