La misión de la mujer

Dios confía el ser humano a la mujer y eso decide su vocación, por lo que la crisis social sólo se resolverá recuperando la identidad de la mujer.

Hablar de teología de la mujer hoy, en que se prefiere hablar de ‘liberación de la mujer’, no es algo que se entienda como algo actual; sin embargo, es un tema al que debían acceder tanto mujeres como varones de todas las épocas, si es que se desea penetrar en el verdadero conocimiento de la mujer en unión con Dios: “….creó pues, Dios al ser humano, a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó” (Gén 1, 27).

“Esta eterna verdad sobre el ser humano, hombre y mujer (verdad que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de todos) constituye en nuestros día el misterio que sólo en el Verbo Encarnado encuentra verdadera luz”, nos dice la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, del san Juan Pablo II.

Para ampliar el tema, deberemos comenzar haciendo una simple aclaración, para lo cual acudimos al profesor Ignasi Saranyana, director del Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra, España, quien nos dice en qué se distingue la teología feminista de la teología de la mujer:

La teología de la mujer se construye ‘desde arriba’, considera a la mujer desde la Revelación. Atiende ante todo a la gran tradición de la Iglesia.

La teología feminista, en cambio, va ‘desde abajo’. No hace a un lado la Revelación, pero la considera como un lugar teológico secundario. Es más bien una sociología religiosa, cuando no un puro análisis psicológico de las vivencias y sentimientos femeninos. No es teología en sentido puro. Con frecuencia, además, tiene carácter reivindicativo y polémico.

La teología feminista parte de un proyecto más amplio que es la “teoría feminista”; ésta surge de la conciencia y de la política y acción social feministas; reconoce una opresión de las mujeres y las alienta a señalar esa opresión y a ponderar sus orígenes.

Históricamente, “la biología no era sólo el destino de la mujer, era su propia definición”. Hace apenas algunos años, en el siglo XX, cuando las mujeres buscaban indicadores basados en las ciencias acerca de la fisiología y biología femeninas, encontraban pocas respuestas. El sexo femenino había sido el sexo invisible, ignorado en casi cada área de investigación y de la academia. Mientras que cada uno ha tenido nociones de lo que es ser o hacer todo como mujer, casi nadie se sentaba a estudiar objetivamente y científicamente lo que ‘significa’ ser mujer.

Como resultado, virtualmente cada supuesto acerca de la mujer (desde el más absurdo hasta el que parecía más astuto) ha resultado sin comprobación, sin demostración o incierto. Los supuestos básicos del feminismo académico (de naturaleza filosófica, crítica, estética) se basan en la noción de poder, y transitan a través de las diversas disciplinas recuperando conceptos y construyendo supuestos epistemológicos de auto-reflexión en las ciencias.

Todo esto ha evolucionado hasta el feminismo de lectura exegética bajo la premisa de que “existen relaciones de poder entre los géneros”.

Cristianismo, pionero de dignidad de la mujer

Desde la perspectiva de que la historia presupone algún sentido de continuidad (por evolución o regresión), una historia de las mujeres a través de las épocas y variedad de culturas no existe como tal, de allí que debe ser limitada en tiempo y espacio.

Algunos autores a fines del siglo pasado evidenciaron teorías con el propósito de demostrar que en los albores de la civilización había un Estado matriarcal del cual poco a poco la mujer fue relegada debido a la fuerza física superior de los hombres, aunado al hecho del deseo de asegurar que su propiedad fuera transmitida a sus herederos.

No podemos dejar de mencionar que se han ido desarrollando nuevos adjetivos en cuanto a la consideración de la mujer; uno de ellos es el ecofeminismo, que constituye una radicalización de la teología feminista, que poco tiene ya de teología en sentido propio. Abarca no sólo la especulación dialéctica sobre el género (teología feminista), sino también la consideración del género entendido como mero producto social. Éste es una vuelta a formas primitivas del fenómeno religioso y considera que la tierra (entendida como lo femenino) sería el origen o la ‘madre’ de todo. Dios (que sería lo culturalmente masculino) queda desposeído de su carácter creador. Según el profesor Saranyana, esto implica una subversión del sentimiento religioso genuino.

Un santo del siglo XX afirmó:

“Más recia la mujer que el hombre, y más fiel a la hora del dolor. ¡María de Magdala y María Cleofas y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!” (San Josemaría, Camino).

Los primeros tiempos del cristianismo se encontraron dentro de una sociedad que de muchas maneras estaba dividida en lo que respecta a la familia. Los grandes filósofos griegos proclamaban un código moral que era casi idéntico a la alta moralidad de los primeros cristianos, mientras que, al mismo tiempo, la sociedad griega estaba plagada de inmoralidad sexual de todos tipos. La cultura romana estaba igualmente dividida.

Fue dentro de esta sociedad en donde el cristianismo entró proclamando su mensaje de la ‘dignidad de la persona humana’, las bondades de la vida espiritual y la alta validez moral del matrimonio. Desde el principio, la cristiandad apuntaló la decadente vida familiar de la última parte de la antigüedad.

Con la escritura de la Didaché Apostolorum más o menos en el año 100 d. J.C., y con la reciente memoria de Cristo y los Apóstoles, se hacía referencia a los demonios de la anticoncepción, y una clara condena al aborto y el infanticidio.

Este hecho sorprendente del acercamiento de la Iglesia a la vida familiar es a menudo olvidado en la atmósfera del feminismo militante y del relativismo de hoy. La mayor revolución en la dignificación de las mujeres en la historia de la humanidad, fue el advenimiento de la cristiandad.

La Iglesia revolucionó el papel de la mujer, dejando clara su igualdad con el varón: “Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús”.

Las mujeres fueron devotas seguidoras de Cristo y María Magdalena tuvo el privilegio de anunciar la Resurrección de Jesús a los Apóstoles mismos, por lo que san Juan Pablo II la llama “apostola apostolorum” (apóstol de los apóstoles). Y María, la Madre de Cristo, es reconocida como la más perfecta persona humana que jamás ha vivido, más que cualquier varón, quien más ha colaborado con Cristo para restaurar a la humanidad: la “nueva Eva”.

Las mujeres entregaron sus vidas con valentía en aquellos tiempos en que sólo los varones eran considerados capaces de acciones heroicas. Y fueron reconocidas al grado de que sus nombres fueron incluidos en el Canon Romano de la Misa, y continúan repitiéndose en el siglo XXI: Felicidad, Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia. Incluso a Santa Perpetua se le reconocen algunos de los primeros escritos jamás atribuidos a una mujer. En ninguna otra cultura o religión fueron las mujeres tan elevadas, respetadas y honradas.

Defiende Iglesia dignidad de la mujer

Los primeros tiempos de la cristiandad revolucionaron también la vida diaria de las mujeres. En aquel tiempo en que las mujeres eran consideradas propiedad desechable, la cristiandad trajo enseñanzas de la monogamia hasta la muerte y la igualdad de la culpa en el adulterio. Al prohibir el divorcio, la Iglesia primitiva defendió la dignidad de la mujer como persona, rehusándose a considerarlas como bienes desechables, así como también se rehusó a considerar desechable al no-nacido.

En todas las edades, la Iglesia ha defendido esta enseñanza de Cristo: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. La elevación de las mujeres fue aún más allá, ya que la Iglesia demandó su libertad, de manera que la mujer no era ya una pieza de propiedad o de intercambio, sino que el consentimiento libre de ella era irreductiblemente importante para la validez del matrimonio.

La dignidad de la mujer fue aún más lejos. La Iglesia defendió su derecho, así como el de los varones, a escoger un tipo de vida más perfecto y rehusarse enteramente al matrimonio. No podían ser forzadas a casarse. Este fue una verdadera revolución social. Por primera vez las mujeres tuvieron derecho de autodeterminación, enraizado en su libertad cristiana. Ellas podían rehusarse al matrimonio, entrar en un convento y, cada vez más, poder educarse. Algunas aún fueron poderosas líderes en la Iglesia.

Como ejemplo del punto de vista de la Iglesia primitiva, tenemos el caso del Papa Calixto I (217-222) que desató una fuerte polémica. Él permitió que, quienes habían cometido pecados de tipo sexual, pudieran volver a recibir la Eucaristía, después de arrepentirse y hacer penitencia. Por esta razón sus puritanos enemigos lo vilipendiaron, aun cuando les recordaba el pasaje de Cristo y la mujer adúltera. Asimismo, Calixto enfatizó la dignidad de la mujer cuando permitió casamientos de mujeres romanas con hombres de clases sociales bajas, aunque con ello violaban la ley romana. Al permitirlo, Calixto afirmó el derecho de la Iglesia a tener jurisdicción sobre el sacramento del matrimonio. Algunos han considerado esto como sólo la emancipación de la Iglesia del control estatal: el Estado ya no tenía autoridad sobre los sacramentos, sólo la Iglesia la tenía. Esto es verdad, pero también fue un paso más en la dignificación de la mujer.

En cada era, la Iglesia Romana ha sostenido la dignidad de la mujer, lo sagrado del matrimonio y la inviolabilidad de la vida y de la familia. Con la Iglesia Católica las mujeres experimentaron la liberación de su persona. La Iglesia Católica debería ser reconocida como liberadora de la mujer, no como su opresora. Aún hoy, después de 2,000 años, cuando en algunos ámbitos la Iglesia es vista como opresora de las mujeres, ésta continúa defendiendo su femineidad y su dignidad, tanto en el matrimonio, como en la moral sexual y en la vida pública. Por el contrario, una teología cristiana feminista intenta articular el testimonio cristiano de fe desde la perspectiva de las mujeres, como grupo oprimido.

En el siglo XVIII, tanto Durkheim como Levi-Strauss se basaron en la distinción entre naturaleza y cultura, con la idea de que la naturaleza se puede identificar con lo “dado” e “inmutable”. La idea del individuo como un ser infinitamente codicioso y eternamente insatisfecho se situó en el centro de la teoría social. Para Emmanuel Kant, era sólo la relación con el hombre como supuestamente la mujer podía escapar a su naturaleza y buscar la guía de la razón. La autoridad de la razón estaba claramente vinculada con la cultura patriarcal del hombre. Las mujeres y los niños tenían que existir en función de los varones, no como personas con derecho propio.

Esto explica en parte por qué la “teoría feminista” finalmente tuvo que cuestionar los conceptos liberales de los derechos como expresión idónea de la libertad y la igualdad. El movimiento de liberación de la mujer aprendió a hablar de opresión y liberación como una manera de establecer sus propias bases para la participación en el mundo público de los hombres. La denigración de la naturaleza va a la par con la denigración de la mujer, quien se supone más cercana a la naturaleza. También se conecta con la denigración de la vida emocional íntima, que no es tratada propiamente como fuente de conocimiento.

Más tarde, en el siglo XIX, las ideologías de Federico Engels y Carlos Marx basadas en el materialismo, revolucionan conceptos tales como los de matrimonio, familia o trabajo doméstico y, por tanto, revolucionan también a quienes hasta entonces habían sido el pilar de estas instituciones: las mujeres.

Todos sabemos que la mujer no es más mujer porque acepte la cosmovisión masculina. Lo es porque reconoce y acoge su diferencia, la fecundidad y la maternidad. La maternidad y la paternidad son posibilidades humanas esenciales y con frecuencia resulta doloroso estar privado de ellas. Traer al mundo a un niño(a) y educarlo desde su infancia implica siempre para los seres humanos la cuestión más alta del sentido de su existencia. La misma Simone de Beauvoir (“El Segundo Sexo”, 1949), en sus últimas obras, asume contradicciones y constata que ha fracasado, parece arrepentirse y habla de “la mujer rota”: quien ha destruido su identidad femenina.

“Revolución silenciosa” de la mujer

Es un hecho que las mujeres están cambiando en todas partes del mundo; han hecho un viraje en su existencia, más dramático, aun que la Revolución Industrial. Las mujeres han reescrito sus roles y las reglas en las que desean vivir; las mujeres hoy aprenden más, ganan más dinero, gastan más, tienen más influencia en más lugares y formas que las mujeres de todos los siglos pasados. La mujer moderna ha demostrado que su singular biología femenina (su esqueleto, el funcionamiento de sus órganos, el flujo hormonal, lo intrincado de su psique) no es limitante. Y ya vivimos hoy sin cuestionamiento alguno en un mundo diferente: algunos llaman a esto la “revolución silenciosa” que ha reestructurado la moderna cultura de la “feminización”.

Pero hay que reconocer, sin embargo, mientras nos abrimos paso hacia el futuro, que las vidas de mujeres y hombres continúan superponiéndose, necesitándose, complementándose; se necesitan mutuamente hoy más que nunca. Los hombres ya no se definen por sus aportaciones al hogar, pues la mujer también aporta; es una época en que los hombres no saben qué está pasando. La razón es simplemente que las mujeres están cambiando, y los hombres deben cambiar también.

Ellas se encuentran, sin embargo, ante una encrucijada: saben lo que no son y lo que no quieren, pero el concepto de lo que realmente son o lo que quieren se ha oscurecido y es necesario volverlo a esclarecer.

Ya en el Concilio Vaticano II se habla de que todos, hombres y mujeres, buscamos una respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, ayer como hoy, conmueven íntimamente el corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la mujer? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?...

Vital, recuperar la identidad de la mujer

“Una madre en casa es más útil para la economía, que un esposo en el trabajo”. Estas son palabras del doctor Patrick Fagan, actual director del Family Research Council (Consejo de Investigaciones para la Familia), pronunciadas durante el Congreso Mundial de Familias, Madrid.

El doctor Fagan comenzó diciendo que las cualidades de los hijos que servirán para el futuro de nuestra sociedad, dependen directamente de la “calidad” del matrimonio de los padres, que afecta directamente la “calidad” de la crianza de sus hijos. También señala que la sociedad está formada por cinco facetas: la familia, la Iglesia y la escuela (capital humano), el mercado y el gobierno (orden social, bienes y servicios). Las primeras tres se refieren a donde “la gente crece”, por así decirlo, y están cercanamente entrelazados. Las dos últimas áreas de la sociedad son aquellas en las que la gente se mueve a su modo una vez que son adultos, pero el papel que juegan en las esferas de la economía y el gobierno depende ciertamente de lo que sucedió en su experiencia familiar, religiosa y escolar.

Las estadísticas que comparte el doctor Fagan son muy interesantes: cuando los varones se casan, su productividad aumenta un 20 por ciento y los índices más altos de productividad en sociedad provienen de varones casados con tres hijos. Los que son casados son parte de la demografía que muestra los índices más bajos de desempleo. Se refirió al hecho de que en Estados Unidos sólo un 45 por ciento de los niños llegarán a los 17 años con su padre y madre aún casados, y éstos son quienes obtienen mejores resultados educativos. De esta manera se muestra que la calidad del matrimonio en sociedad afecta a la economía. Como ejemplo contrario, tenemos a Italia, España y Grecia que, teniendo las tasas más bajas de fertilidad, han sufrido la peor crisis económica, como efecto del decrecimiento poblacional: menos gente, menor capital humano.

También la gran economía estadounidense ha decrecido como efecto secundario, debido a lo que está sucediendo en numerosas familias: el rechazo del compromiso entre padre y madre, y por tanto el rechazo a la crianza de los niños.

El hombre y la mujer casados, en “familias intactas”, poseen los mayores ingresos económicos; mientras que los ingresos más bajos son en aquellos que permanecen cohabitando, divorciados, viudos o viviendo en soltería. La madre en casa, concluye Fagan, hace más a favor de la economía que su esposo, ya que cría a sus hijos en un ambiente ideal en donde éstos maduran y se capacitan para más tarde contribuir eficientemente a la economía de su país. El crecimiento económico del futuro depende de la formación del capital humano de la siguiente generación en el hogar, así, los niños son los agentes económicos del futuro.

El mejor activo de una nación es su gente. Y el mejor lugar para la crianza de una persona es la familia natural (padre, madre e hijos). Obviamente, aquéllos países que reconocen esto, se benefician más en todos los aspectos incluyendo en su economía, que aquellos que no lo reconocen.

La religión católica tiene un gran impacto en la economía. Los niños tienen mejor educación cuando acuden frecuentemente a su iglesia y son criados por medio de valores cristianos.

Finalmente, hemos de reconocer que la ‘mujer’ es la representante y el arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo de la “mujer”, de María, esto es, la unión entre Madre e Hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios.

¿Y cuál es su misión? La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que a su vez ella da… Si la dignidad de la mujer testimonia el amor que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la “mujer” parece develar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano… esta entrega se refiere especialmente a la mujer (sobre todo en razón de su femineidad) y ello decide principalmente su vocación.  (Mulieris Dignitatem).

Considero que sólo se resolverá satisfactoriamente la crisis provocada por la transformación de la familia actual, recuperando la identidad de la mujer, desde su propia vocación.

Fuentes bibliográficas:

- Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, Beato Juan Pablo II.  15 agosto, 1988
- Hales, Dianne. Just Like a Woman. Bantam Books. NewYork, USA 2000,
- Fagan, Patrick. Senior Fellow y Director del Marriage and Religion Research Institute (Instituto de Investigaciones para el Matrimonio y la Religión) y Secretario Asistente en el Departamento de Health and Human Services durante la Presidencia de G. Bush en Estados Unidos. Apuntes de Norma Mendoza Alexandry durante el Congreso Mundial de Familias en Madrid, España, 2012
- San Josemaría Escrivá. CAMINO. Ed. Minos S.A. de C.V. México, 2000.
- Biblia de Navarra. EUNSA, España, 2009.
- Dickey Young, Pamela. Teología Feminista. Teología Cristiana. DEMAC, México 1993.
- Zenit.org. La Teología ante el “genio” de la Mujer. Pamplona, España, 29 Septiembre, 2005.

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