¡A ver si te despiertas!

No está muy claro cómo fue que Adán, cuando Dios le arrancó la costilla, ni siquiera se despertó. Lo cierto es que la soledad había llegado al primer hombre tan sigilosa como una serpiente. Reptando se le había ido subiendo al alma mientras se zambullía en el río, recorría los prados, se aliviaba el calor y la sed en el agua clara; mientras comía hasta saciarse de todos los frutos al alcance de su mano y desde lo más alto del Edén, de sólo verlo, poseía todo el paraíso.

Un día, cuando el sol era un crepúsculo en sus manos, Adán sintió una mordida helada en el corazón y supo que estaba solo. Era el aguijón de la eterna ausencia.

Necesitaba la mirada en el fondo de otros ojos que le enseñaran a ver con otra luz el día, la voz que rompiera con su nombre el silencio de las estrellas, el oído en que abriera su palabra un mar de peces plateados y otra boca, en fin, para poner la suya. Apretó los ojos y se quedó dormido, profundamente dormido, mientras Dios le quitaba la costilla.

En las manos de Dios aquella costilla estaba predestinada a ser su obra maestra, pues ya había estado practicando durante siete días. Así que reunió algo de luz que le había sobrado y confeccionó con ella algunas cosas que le parecieron buenas y que, aunque el hombre ya las tenía, quiso enfatizar en su nueva criatura: amor, ternura, sacrificio.

Se agenció unos moldes que le habían sobrado de las dunas del Sahara y comenzó a hacer proyectos. Cuando ya casi había terminado, alzó una mano y arrancó del firmamento el camino elíptico de las estrellas. "La curva inasible", se dijo, "servirá para despistar a los poetas".

Al terminar, Dios llamó a su obra: "mujer". Luego se volvió a Adán que, como sabemos, tenía el sueño muy pesado, y le gritó: "¡Y tú, a ver si te despiertas!".

 
alfredotrillo@gmail.com

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