|
Necesitaba la mirada en el fondo de otros ojos que le enseñaran a ver con otra luz el día, la voz que rompiera con su nombre el silencio de las estrellas, el oído en que abriera su palabra un mar de peces plateados y otra boca, en fin, para poner la suya. Apretó los ojos y se quedó dormido, profundamente dormido, mientras Dios le quitaba la costilla.
En las manos de Dios aquella costilla estaba predestinada a ser su obra maestra, pues ya había estado practicando durante siete días. Así que reunió algo de luz que le había sobrado y confeccionó con ella algunas cosas que le parecieron buenas y que, aunque el hombre ya las tenía, quiso enfatizar en su nueva criatura: amor, ternura, sacrificio.
Se agenció unos moldes que le habían sobrado de las dunas del Sahara y comenzó a hacer proyectos. Cuando ya casi había terminado, alzó una mano y arrancó del firmamento el camino elíptico de las estrellas. "La curva inasible", se dijo, "servirá para despistar a los poetas".
Al terminar, Dios llamó a su obra: "mujer". Luego se volvió a Adán que, como sabemos, tenía el sueño muy pesado, y le gritó: "¡Y tú, a ver si te despiertas!".
|