Y la ciencia… ¡no lo dice todo!

Si sólo se admite la existencia de lo material, si sólo tiene valor lo que es medible por la ciencia empírica con sus aparatos de precisión, ¿qué queda de la dignidad humana?

En la perspectiva materialista, las ideas de “alma” y de “espíritu” carecen de sentido. El ser humano queda reducido, entonces, a una realidad compleja que no tiene ninguna característica extraordinaria que lo separe de otros seres similares a él. Su dignidad desaparece, vale lo que vale según juicios variables, según la subjetividad de los expertos, de las masas, de las culturas. No sorprenden, en la perspectiva materialista, las afirmaciones de algunos científicos. Si no hay alma espiritual, la ciencia sólo puede constatar diferencias notables entre los seres humanos.

Si sólo lo material, lo neuronal, lo químico, tiene relevancia, entonces encontraremos a quien afirme que hay seres humanos mucho más “perfectos”, más desarrollados y más dignos que otros.

Unos son declarados “inferiores”, mientras otros son vistos como “superiores”. Es entonces cuando es posible encontrar a personajes famosos que defienden el racismo o que consideran a la mujer inferior respecto del hombre. O que dicen que hay animales que tienen mayor “dignidad” que la que pueda tener un enfermo en estado vegetativo persistente, o un hijo antes de nacer.

El proyecto “Great Ape” (Grande Simio) se coloca en esta perspectiva. A primera vista, parece que busca “elevar” a los chimpancés, orangutanes y gorilas, al nivel de los humanos. En realidad, lo que se pretende es rebajar al hombre desde una mentalidad materialista. Si no existe un alma espiritual y eterna, el hombre no puede ser superior respecto de aquellos animales que puedan tener características similares a nuestra especie.

A la hora de considerar al ser humano, dotado de libertad, capaz de amar, abierto a la verdad, deseoso de la justicia, el materialismo se queda a las puertas. Se limita a estudiar condiciones y presupuestos necesarios, pero no suficientes, para comprender nuestra naturaleza humana.

La filosofía nos coloca en la perspectiva justa para descubrir y probar la dignidad humana. Gracias a ella, podemos ver al hombre de un modo más profundo y completo. Gracias a ella, recordamos que la ciencia no lo dice todo, ni siquiera sobre el mundo material.

Necesitamos reconocer, como Platón o Aristóteles, San Agustín o Santo Tomás, Pascal o Blondel, que en cada existencia humana brilla una luz superior, distinta, que nos eleva sobre las condiciones materiales de existencia. Sólo si se acepta que tenemos un alma espiritual, será posible afirmar la igual dignidad de cada ser humano.

No somos inferiores o superiores ni por el color de la piel, ni por la mayor o menor perfección del genoma propio, ni por los centímetros cúbicos de masa cerebral, ni por la cultura o la lengua en la que nace cada uno, ni por el dinero en la cuenta del banco.

Un niño no nacido tiene la misma dignidad que un Premio Nobel de medicina. El enfermo de malaria tiene la misma dignidad que el campeón de 100 metros planos. El policía que regula el tráfico de la esquina no tiene nada que envidiar a la condición espiritual del presidente de gobierno o de quien acaba de ingresar en la cárcel por delitos graves. Cometer un asesinato no suprime la condición espiritual de ningún ser humano.

Superar el materialismo nos permitirá ir más allá de posiciones racistas que tanto dolor han provocado en la historia humana. Nos permitirá, sobre todo, comprometernos en la búsqueda de un mundo más justo, más limpio, más solidario, más lleno de amor y de alegría, porque nos hará respetar y ayudar a cualquier ser humano en las distintas etapas de su existencia terrena.

 
fpa@arcol.org

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