"¡Viva Cristo Rey!": Miguel Agustín Pro, mártir del siglo XX.

“Yo soy absolutamente ajeno a este asunto…Niego terminantemente haber tenido alguna participación en el complot” “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”...”Señor, tu sabes que soy inocente. Perdono de corazón a mis enemigos”…”Dios tenga compasión de ustedes”…”Que Dios los bendiga”…”¡Viva Cristo Rey!”

Estas fueron las últimas palabras que pronunció el Beato mexicano Miguel Agustín Pro, antes de ser fusilado el 23 de noviembre de 1927, por haber sido falsamente acusado de estar involucrado en un atentado contra el general Álvaro Obregón.

En el año de 1927 México atravesaba por el denominado periodo de la guerra cristera (1926-1929) que se caracterizó por un fuerte enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado.

Los conflictos entre los miembros de la CROM, organización sindical apoyada por el gobierno, y la Acción Católica Juvenil Mexicana, habían caracterizado el escenario nacional desde los años anteriores. La tensión aumentó cuando en enero de 1923, el delegado apostólico del Vaticano, Monseñor Ernesto Philipi, acudió a bendecir el Cerro del Cubilete (en Silao, Guanajuato) donde sería puesto el monumento a Cristo Rey. Este hecho fue interpretado por el gobierno del general Álvaro Obregón como un desafío a la autoridad y un ataque a la Constitución, por lo que ordenó que se obligara a Monseñor Philipi a abandonar el país. Entre 1925 y 1926 se expulsaron a más de 180 sacerdotes extranjeros y fueron cerrados 74 conventos.

Durante el gobierno del general Plutarco Elías Calles, las relaciones entre los católicos y el gobierno empeoraron ante el nacionalismo callista que concebía que los ciudadanos sólo debían lealtad al Estado. Frente el intento de crear una iglesia nacional que rompiera relaciones con el Vaticano, un gran número de católicos se movilizaron en defensa de la Iglesia y el gobierno inició la represión en varias partes del país. En octubre de 1926 se prohibió el culto católico en Tabasco, y en Chiapas, Hidalgo, Jalisco y Colima se practicaban castigos a quienes practicaran la religión.
Los católicos fundaron la “Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa” en marzo de 1925, integrada por más de 150 jóvenes que repartían por las calles volantes contra las leyes antirreligiosas e invitaban a la resistencia pacífica. En 1926, la Liga nombró como su capellán al Padre Miguel Agustín Pro, un joven sacerdote que apenas había arribado a México en el mes de julio, después de haber vivido en el extranjero durante varios años, a causa de la persecución religiosa.
Miguel Agustín Pro Juárez nació el 13 de enero de 1891 en la población minera de Guadalupe, Zacatecas. Desde los 18 años comenzó a ayudar a su padre en la agencia minera de Concepción del Oro. El 19 de agosto de 1911 ingresó al Noviciado jesuita de la Compañía de Jesús en El Llano, Michoacán.
En 1913 el noviciado fue invadido y los jesuitas tuvieron que abandonar Los Llanos a causa de la presencia de fuerzas carrancistas. Miguel Agustín Pro tuvo que continuar sus estudios en California y posteriormente en España, donde estudió retórica y filosofía.
Cuando en 1917 la gripa asiática llevó al sepulcro a miles de personas en Europa, el Padre Pro se dedicó a cuidar a los enfermos y distraerlos del dolor de su padecimiento. Siempre se distinguió por su buen sentido del humor y su especial atención hacia los más pobres.
Los jesuitas lo enviaron posteriormente a Bélgica para continuar sus estudios en teología y hacer su apostolado con los obreros. El 7 de julio de 1925 recibió el subdiaconado, el 25 el diaconado y el 31 de agosto la orden definitiva del presbiterado. Una úlcera estomacal y una seria operación hicieron prever un desenlace rápido al final de sus estudios en Bélgica, por lo que sus superiores convinieron en permitirle volver a México.
En su trayecto pidió viajar a Lourdes para visitar la gruta de la Virgen, donde le pidió fuerza y salud para ayudar a los católicos mexicanos víctimas de la persecución religiosa. Sobre esto escribió: “Ha sido uno de los días más felices de mi vida…Sólo sé que estaba a los pies de mi Madre y que yo sentí muy dentro de mí su presencia bendita y su acción.”
Desde su arribo a México, el Padre Pro se sumó a la lucha de los católicos por conseguir la libertad religiosa. Recorría las calles disfrazado de vendedor o de médico y celebraba la eucaristía en las casas que le permitían la entrada, atendía a los enfermos y ayudaba a las familias de las personas que habían sido encarceladas por motivos religiosos. También organizó a un grupo de 400 catequistas y a muchos jóvenes que conseguían alimentos y donativos para los más necesitados.
Su activismo y espíritu de servicio contagiaron a muchos católicos y sirvieron de ejemplo de valor y congruencia ante el panorama que atravesaba la relación entre la Iglesia y el Estado en ese momento. Su liderazgo y la influencia que ejercía sobre la gente preocupó tanto al gobierno de Calles, al extremo de aprovechar la coyuntura del atentando que sufrió el general Álvaro Obregón el 13 de noviembre de 1927, para inculparlo a él y a sus hermanos Humberto y Roberto.
El verdadero autor del atentado, el Ing. Segura Vilchis, al enterarse de las acusaciones contra el Padre Pro y sus hermanos, en pleno acto de consciencia acudió a la Inspección de Policía para confesar que éstos no tenían nada que ver con el delito. A pesar de todo, de la Presidencia de la República llegó directamente la orden de fusilar a los hermanos Pro y a Segura Vilchis, sin ningún tipo de investigación judicial.
De esta forma, el 23 de noviembre de 1927, minutos después de las diez de la mañana, un policía llamó a gritos al preso: “¡Miguel Agustín Pro!”, quien salió sereno, se hincó delante de todos para hacer oración, y con los brazos en cruz se levantó y pronunció claramente “¡Viva Cristo Rey”.

Así murió el Padre Miguel Agustín Pro quien fue beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1988, como el mártir mexicano del siglo XX.
     

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