El dulce sabor a muerte

En esta vida no todos tenemos la oportunidad de tocar fondo. Hay quienes nunca conocen o quieren ver las oportunidades que se abren al hacerlo, o hay quienes jamás han sufrido tanto como para presumir que han llegado al fondo. Yo hace un año lo hice y hoy tengo la oportunidad  de platicárselos, no hay nada comparado en esta vida como el “vivir para contarlo”, y ahora me toca presumir esa condición. Fue en noviembre del año pasado cuando, aquejado por una severa tos que no me dejaba en paz, quise hacer uso de los servicios de Seguridad Social que mes con mes pago. Fui al médico y le exigí que no me diera unas cuantas pastillas sin haberme hecho algunos estudios de laboratorio. Aproveché también para comentarle que había advertido un aumento en mi sed y, en consecuencia, mis ganas de ir al baño.

Mientras los días pasaban para que llegara mi turno de hacerme esos estudios, las botellas de agua aumentaban y esa sed se convertía en algo incontrolable. Llegué a beber seis litros de agua en el intervalo de una hora, y las ganas de ir al baño eran incontrolables.

Recuerdo que fui al cine y tuve que salir de la sala en más de cuatro ocasiones, y en el trayecto a casa no pude contener las ganas de orinar y de plano lo hacía en parques, árboles o donde se pudiera. Era ya algo preocupante, pero la sed no se iba.

Pasaron dos semanas en las que no supe los resultados de los estudios, pero de algo estaba seguro: mi aspecto lucía muy mal. Estaba muy débil, me sentía con la cabeza a punto de estallar, y al menor descuido creía que se me caía del cuello.
La gente comenzó a notar esos cambios y no faltó quien me preguntara si estaba bajo dieta estricta o si algo me estaba pasando: "te ves muy enfermo". Mi ropa comenzaba a holgarse y mi sorpresa aumentó al ver la báscula: había perdido en dos semanas once kilos.

El día llegó. Era 24 de noviembre, me preparé para ir al trabajo y antes, de paso, recoger los resultados de mis estudios. El médico de seguridad social abrió mi expediente y me dijo: “es usted diabético, tiene 354 de glucosa, de hecho no sé cómo está usted aquí, de pie. Pero no se preocupe, resígnese, échese la enfermedad a su espalda y siga su vida. Solamente no tome jugo de naranja, ni azúcares, nada de refresco, fruta, es más, si usted come o toma eso, se muere. Tómese estos medicamentos y nos vemos en un mes para ver cómo va su enfermedad”. Y remató con una pregunta estúpida: “¿cómo se siente?”. “¿Cómo se sentiría usted si le dijeran que ha perdido su salud y que tiene una enfermedad incurable doctor?”, le contesté. Tomé mis cosas y salí estallando en llanto.

Al llegar a mi trabajo no me contuve de llorar con todo el que tuvo la preocupación de preguntarme cómo estaba. Afortunadamente, hubo muchas voces de esperanza, pero no las suficientes. Me contacté con mi novia por teléfono y los dos lloramos.

Pero a partir de ese instante, comencé a resignarme a tener la enfermedad. Nadie puede hacer nada contra algo que no conoce, por lo que como desesperado comencé a buscar en Internet todo lo que hubiera sobre la diabetes. Ahí supe qué tipo de enfermedad tenía, cuáles eran los síntomas (que coincidieron con los que había tenido), sus consecuencias, su tratamiento. 

Pero las noticias no eran muy esperanzadoras, las cifras de muertes a causa de ella, los factores genéticos a ser propensos a adquirirla por ser latinos, y mis antecedentes de sedentarismo me daban a cada instante una cachetada que poco a poco se convirtieron en puñetazos que hicieron que cayera.

Llegó la noche y tocó el turno de informárselo a mis padres. Ya con un poco más de conocimiento al respecto, intenté hacérselo lo más suave que pude, pero juntos nos desmoronamos. ¡Toda la gente que conocíamos con dicha enfermedad ya había muerto!

No me imagino qué hubiera pasado conmigo si no me hubiera apoyado la gente que amo. De inmediato cambiamos los hábitos alimenticios de todos, a comer más verduras, menos grasas, carnes, carbohidratos, azúcar cero, refrescos nada. De golpe cambié, pero sabía que ya era demasiado tarde.

Me hubiera gustado que alguien me lo advirtiera, que algún ser iluminado me amenazara con la llegada de esta maldita enfermedad, pero nunca pasó y yo jamás me preocupé por saberlo.

Comencé a contactarme con gente que padece diabetes, encontré desde recién nacidos, niños, jóvenes, adultos, adultos mayores, de todas las edades. Pero fue al leer el testimonio de uno de ellos, de tan sólo 13 años de edad, que mi vista se abrió como nunca antes.

“La enfermedad no sólo me dio a mí, sino a toda mi familia y a la gente que me ama. Quizá no tengan niveles elevados de glucosa, pero la padecen y sufren conmigo, y eso es lo que más me ha dolido. Aunque ellos estén sanos, cuando se enteraron, envejecieron lo que no habían hecho en diez años. Pero algo me hizo ver que la diabetes es de las pocas enfermedades que te dan a escoger entre dos opciones: padecerla o sobrellevarla”.

Y fue entonces que decidí no sólo sobrellevarla, sino contrarrestarla. Le dije a Dios que si no me daba la oportunidad de alargar mi vida, por lo menos me dejara hacerla más ancha. Y fue entonces que le declaré la guerra.

Comía frente a la gente con orgullo de que me dijeran que jamás habían visto a alguien seguir tan estrictamente su dieta. Estaba orgulloso de mis verduras, mi pescado, mis galletas sin azúcar, mi vaso de agua simple, mientras ellos le encajaban el diente a un taco, una gordita, una quesadilla, un pastel.

Obviamente consulté una segunda opción y fui con un especialista que una amiga me recomendó. El médico me explicó y despejó muchas dudas de mi enfermedad. Me dijo que el tomar jugos o frutas no me mataría, pero sí me advirtió que en mi condición los excesos eran peligrosos. “Puedes comer de todo, pero no abuses”, me dijo.

La segunda opinión médica me aclaró muchas dudas. ¿Pero cuanta gente en nuestro país no tiene acceso a una segunda opción? Me imagino que muchos se quedan hundidos y con la desesperanza de la versión del médico del ISSSTE, IMSS o de las farmacias de medicamentos similares.

El tiempo ha pasado y gracias a Dios los chequeos médicos me han dicho que lo que tengo no es diabetes, sino intolerancia a la glucosa. Es decir, el azúcar hace daño a mi organismo que se altera con su presencia, y los niveles altos de glucosa en mi sangre de hace un año se debieron a una mezcla de estrés, enfermedades y mala alimentación. Ya son varios los estudios que me hago y me han dicho que soy una persona relativamente sana. Pero antes de confirmar este diagnóstico, juré seguirme cuidando como un diabético y así lo haré. Ya “padecí” la enfermedad, y ahora me toca evitarla y no morir por sus consecuencias.

El objetivo de estas líneas no es hacer que se compadezcan de mis sufrimientos, sino hacer conciencia en cada uno de quien las lea. En sus manos está el prevenir o tratar esta y todas las enfermedades. Debemos cuidarnos, querernos y valorarnos. La autodestrucción sólo lleva a eso, a eliminarnos. No nos convirtamos en nuestros propios enemigos.

Quizá podemos empezar por cambiar el refresco por el agua sin azúcar, o si es mejor por la natural. Esa hamburguesa podemos comerla sin tanta grasa, o la mitad hoy y la otra mañana. La sopa de pasta podemos cambiarla por una ensalada verde. Quizá esa ración de carne de puerco pueda turnarse por un rico filete de pescado. A lo mejor la milanesa podemos comerla sin capearla. Ese chocolate tal vez lo dejaremos para mañana, y mañana, para pasado mañana.

Querámonos. Yo me amo, ya no tanto por mí, sino por los hijos que no he tenido. No quiero heredarles una enfermedad que ahora tengo la opción de evitar. Y si ya la tiene, ánimo, nada está perdido, la batalla es larga pero no imposible. Hagan su vida más ancha y disfruten cada instante. Recuerden que tenemos dos opciones. Yo escogí la mejor, no sé usted.
 
buzonantonio-columna@yahoo.com.mx

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