¿Quieres ser mi novio? ¡Por favor acláralo! Parte I

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En 2008, el periódico New York Times solicitó a estudiantes universitarios que escribieran ensayos acerca "de la verdad absoluta sobre lo que es el amor", de los cuales los mejores fueron publicados en una serie llamada  "Amor Moderno".

Según el periódico, se recibieron más de mil 200 ensayos, de 365 universidades en 46 estados y Puerto Rico. Como es propio de los estudiantes, 700 enviaron el último día, incluyendo 400 en la última hora.

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Muchos escribieron sobre las posibilidades y dificultades ofrecidas por la tecnología de telecomunicaciones del siglo XXI, que les parecían un salvavidas, una muleta, o una plaga, pero el tema  predominante fue la ambivalencia sobre el oportunismo sexual "sin compromiso" de la cultura actual.

El ensayo ganador se llamó: "¿Quieres ser mi novio?, Por favor acláralo" ("Want to be my boyfriend? Please define"), de una estudiante de primer año en Vermont College, llamada Marguerite Fields, quien hablaba de la ausencia total de cualquier deseo de comprometerse entre los hombres que conocía o con los que había salido, los cuales no sólo no se avergonzaban  de su aversión al compromiso, sino que incluso se enorgullecían de su actitud.

La lectura de su ensayo inmediatamente recuerda episodios de las populares series de comedia de situación norteamericanas, como "Friends" o "Seinfeld", o lo que se hace pasar por comedia romántica estos días en el cine, en las que los personajes anhelan, casi dolorosamente y con poco éxito, encontrar una pareja para compartir su vida.

Y es que estos programas son divertidos siempre y cuando uno sepa reírse de mismo, o sea tan cruel para reírse de los demás. Pero si quitamos las risas grabadas o las situaciones cómicas que provocan las confusiones, el estilo de vida que presentan, ya sean adolescentes, o adultos de 20, 30, 40 años, o más, refleja un panorama más bien triste: el de una sociedad en la que muy pocas personas saben, o entienden, o quieren vivir lo que es el verdadero amor, y  el único elemento constante en las anécdotas narradas es que no tienen nada que ver con el amor y mucho con el egoísmo.

Desafortunadamente la vida no es un programa de televisión y Marguerite puede reírse de misma lo que quiera, pero no parece estar contenta con ello. Por eso se emociona cuando cuenta que un chico la besó y le dijo que quería ser su novio, para decepcionarse la siguiente vez cuando le aclaró que quiso decir "novio" en teoría.

También menciona que intentó conocer personas por Internet, aunque parece que el medio tampoco le funcionó. Uno pensaría que esto facilita el encuentro con personas menos superficiales, asumiendo que todos los participantes son honestos al describirse, y más o menos afines, ya sea por valores, raza, por ubicación geográfica, por edad, o al menos por una afición común. Hay páginas para personas que practican una misma religión.

Por supuesto, se puede mirar sólo las fotografías para encontrar a alguien que parezca físicamente atractivo, igual que a  través de una red social, y que sería lo equivalente a acercarnos a hablar con una persona que nos atrae en una fiesta o reunión, pero con quien eventualmente descubrimos que no tenemos nada en común.

Probablemente Marguerite además tiene una lista de requisitos sobre su pareja ideal, que al final resulta ser no más que una lista de pretextos para no comprometerse, como es el caso de Jerry Seinfeld y su amigo George, siempre discutiendo acerca de si vale la pena esforzarse en una relación porque la chica  come muy despacio; o es muy buena gente, o no tiene conversación, u opina de todo;  o no canta bien; o le gustan los perros, o se ríe de todo, o es muy seria; o su familia tiene dinero y lo van a discriminar, o la familia no tiene dinero y no ven futuro, etcétera.

Porque si bien una lista ayudaría a identificar características importantes para pensar en una relación de largo plazo, como por ejemplo encontrar a una persona que comparta mi fe, hay otras que no lo son tanto. En todo caso, con una lista no se puede capturar la esencia de lo que es la otra persona en su unicidad y profundidad.

Siempre se  requerirá el trato personal, con la apertura y esfuerzo necesarios para que alguien, por ejemplo, con temperamento colérico, como el mío, se dé la oportunidad de equilibrar la productividad y la diversión con una persona  de temperamento sanguíneo, porque ambos tendrían tendencia a comunicarse bien, ser optimistas respecto al futuro y abiertos a la aventura.

El sanguíneo ayudaría a su pareja a ser más enfocado, relajado, más sensible y espontáneo; mientras que el colérico ayudaría a la otra parte a organizarse mejor, tener más claras sus metas, y a ser más introspectivo.
Los que se aman deben compaginar esos temperamentos y sus demás cualidades personales (actitudes, intereses), y socioculturales (situaciones económicas, aspiraciones, ritmos de vida, valores y principios religiosos), para llegar a la unidad, sin anular la identidad propia.

Pero Marguerite no concluye esto. Tal vez ni siquiera le pase por la cabeza y es bastante pesimista sobre su futuro. Ojalá ella pudiera leer el artículo que publicó en esta página mi colega Ignacio Buisán el pasado 16 de junio sobre "El arte de saber amar". Porque si uno lee lo que escribió Marguerite, es posible darse cuenta de que ella tampoco está dispuesta a comprometerse. Quizás son las malas experiencias que ha tenido, pero no parece  dispuesta a arriesgarse.

Twitter: @yoinfluyo

 
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oscar_islas@hotmail.com

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