Recordando a un ser querido

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Por esas cosas del destino y la genealogía, los tres primos formamos en nuestras juventudes un triunvirato demoledor. Eran épocas más simples, sin tanta tecnología, y, como consecuencia de esa carencia, la imaginación nos invadía y los juegos nos formaron para llegar a ser lo que fuimos más tarde.

Largas horas pasamos junto a los demás vecinos jugando en calles sin inseguridad, ajenos por completo a los vaivenes erráticos de la política, la religión la inflación y otras yerbas. No había tiempo para esas cosas, había que imitar a los superhéroes, cantantes, actores y demás sujetos públicos que por entonces nos llegaban gracias a una televisión muy distinta a la de ahora.

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Los tres, Miriam, Walter y yo, nos divertíamos con nada, sólo con la imaginación. No precisábamos de ningún artilugio demasiado sofisticado para entretenernos. Claro que en nuestros teatros improvisados la de perder la llevaba Walter. Quizá por ser el menor, quizá porque era el más bueno, o quizá porque tanto Miriam como yo éramos unos turros sin redención.

Lo cierto es que al pobre primo le tocaba siempre ser el villano en el reparto de roles. Con dicho papel sólo podía cobrar, a veces de mentira, aunque a veces se ligaba alguno que otro mamporro.

Entonces, salía corriendo entre llantos en busca de su madre, quien nos retaba por no cuidar del chico. Obviamente, tanto Miriam como yo negábamos los cargos casi al borde de la ofensa y la injuria, como si avizorásemos para nosotros algún futuro en la política.

Fueron años gloriosos, al menos para nosotros. Luego vendrían los tiempos de separación, ya que mis padres decidieron emigrar a Mar del Plata en la búsqueda de otros horizontes y oportunidades. Esa decisión me dejó sin los seres a quienes yo más quería, que eran como mis hermanos.

Para colmo, siendo hijo único, esta decisión me sumió en un profundo aislamiento. Me costó muchos años superar esa falta, ese desarraigo doloroso. Pero, como siempre ocurre, no todo es dolor en la balanza de la vida. Había un periodo de tiempo que me daba la ilusión de retornar a esas épocas perdidas: las vacaciones. En los veranos mis primos venían a Mar del Plata a pasar algunos días, iluminando así por un tiempo mi vida aciaga.

Esas vacaciones darían para escribir un libro, aunque para eso debería solicitar ayuda a Miriam, mucho más memoriosa que yo para esos asuntos. Mar del Plata sufrió nuestro azote durante varios años, hasta que finalmente fuimos creciendo y formando nuestros propios caminos en la vida.

Si bien es cierto que ya han pasado muchos años, esas experiencias me han marcado a fuego. Quizá eso explique el motivo por el cual la desaparición física de Walter me haya golpeado como lo hizo.

Ya hace cinco meses que no está, y recién ahora me siento a tratar de exorcizar las oscuridades de mi alma. Soy creyente, cristiano e incluso he pasado muchas horas de mi vida explicando a otros la existencia del Mundo Espiritual, donde se supone vamos al morir.

Sin embargo, la partida de Walter me demolió como nunca podría haberlo imaginado. Durante los primeros meses simplemente lo guardé en algún sitio cómodo y oscuro de mi corazón para que no moleste, pero, para poder seguir adelante, debo sacarlo.

Llegué a entender que estas cosas no se pueden analizar sólo desde la lógica, no todo se puede razonar o mensurar. Mi tendencia natural es analizar todo de forma esquematizada, pero en este asunto me quedé en posición adelantada, y nada de lo que sabía me aligeraba la pena. Era como pretender que la muerte sólo se aplicase y cayera bien a los mayores de 90 años, y no a cualquiera que esté jugando este juego peligroso al que llamamos vida.

Nunca caería en la trampa en la que caen algunos que critican a Dios por estos acontecimientos, ya que sobre ese tema no tengo dudas. Ellos critican la muerte, pero no agradecen la vida. Son eternos acusadores de Dios ante todo lo "malo" que les pueda ocurrir, reservándose para sí los méritos de todo lo bueno que les pasa.

Pero aun escribiendo esto no logro tranquilizarme del todo, sólo consigo sacarlo afuera. Quizá el sufrimiento sea el camino más rápido para entender a Dios, ya que Él mismo ha sufrido de forma indecible a lo largo de la historia.

Si entendemos que Dios está dentro de cada uno de nosotros, es fácil deducir que está en el corazón del que muere, pero también está dentro del que queda y padece esa muerte. Estuvo en el corazón de Su hijo, a quien mataron sólo por decir cosas buenas, así que, ¿sería justo contarle acerca de mi dolor? ¿Acaso no conoce Él lo que eso significa?

Cinco meses transcurrieron desde que Walter pasó al "otro lado". Desconozco los detalles de ese "barrio" pero sí sé que algún día todos estaremos allí. Indefectiblemente nos encontraremos en un futuro (lejano, espero) los tres nuevamente. Luego de un abrazo que podría durar años volveremos a retomar las viejas andadas. Algunas cosas nunca cambian, así que seguramente daremos vuelta al Mundo Espiritual con nuestras tropelías. No digan que no les avisé.

 
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ricardomardel@yahoo.com.ar

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