Mi postura sobre la guerra

Claro que estamos en guerra. Las mejores noticias que podemos leer, ver o escuchar, son aquéllas que dicen que hubo "dos que tres muertos"; ahora ya son de 10 para arriba: o cazados como venados en cualquier carretera, o acorralados en una casa, o en algún salón festejando algo.

Ya no son muertos que podamos atribuir a venganzas entre cárteles. Ya se incluye a familias completas, con todo y niños. Decenas de adolescentes caen acribillados ante armas de fuego de alto poder, que ni el Ejército tiene. Ahora hasta bombas usan. Sicarios se mueven sospechosamente, sobre todo por la noche, en vehículos estratégicos y en grupos de varios vehículos –todos de último modelo– sin que nadie se percate, mucho menos las autoridades de alrededor.

Esta ola de violencia, que ya tiene la dimensión de tsunami, está a punto de arrasarnos a todos. Díganme, ¿quién de ustedes sale a la calle después de la hora de cenar, quién va al cine, al teatro o a visitar un pariente? Sólo aquéllos que por necesidad de trabajo tengan que hacerlo. ¿Quién más?

Lo lamentable de todos estos hechos es que por mucho que nos digan que sólo sucede entre los clanes de las drogas o que son venganzas de reacomodo de poderes por el daño que les están haciendo las autoridades, lo cierto es que ya no creemos en nadie. Ya dudamos hasta de nuestros vecinos y, seguramente, ellos de nosotros. La confianza y la tranquilidad se han ido por el caño, así como las avalanchas de lodo y piedra que últimamente han asolado a comunidades del país.

Pero de esto último tenemos la certeza que, terminando la época de lluvias, las aguas vuelven a su cauce natural. De lo otro ya nos estamos acostumbrando a vivir con ello. De acontecimientos extraordinarios que de vez en cuando nos enterábamos han pasado a hechos cotidianos con los cuales nos despertamos a diario.

Lo malo es que lo cotidiano se vuelve normal y deja de asombrarnos, algo que resulta peligroso para nuestro presente y futuro, para nuestra salud mental, puede perjudicar también nuestra salud física o la de alguien cercano a nosotros más allá de lo recuperable.

Las autoridades del país han sido rebasadas. Las policías municipales, estatales, ministeriales, federales, o como se llamen, son insuficientes e incapaces de controlar este tumor que día a día crece y nos demuestra que es maligno. Las autoridades, sin capacidad de investigación, actúan según se deduce de las noticias: por acto reflejo.

Cuando las noticias de ocho columnas hacen mención del allanamiento de un domicilio donde las autoridades incautan quién sabe cuántos kilos de drogas, miles de dólares en efectivo, toneladas de mercancía de contrabando, o productos piratas (estos sí de fabricación nacional) dejan la cereza del pastel para el final.

Ya como burla informan que nadie fue apresado, que alguien dio el pitazo. ¿Qué no se trataba de una acción secreta y planeada por los altos mandos policiacos y de inteligencia? Nuevamente mueve a sospechar no de alguien, sino de todos ellos.

Por muchos años a los cárteles de la droga se les dejó hacer. Nuestros excelsos gobernantes, al grito de “Tú déjame trabajar y yo te dejo actuar”, hicieron su pobre labor sexenal. ¿Connivencia o confabulación? En estos tiempos la confabulación me parece más exacta ante la vista gorda de muchos que están por ahí con la orden de proteger a los ciudadanos y que, como experimentadas avestruces, esconden la cabeza sin preocuparse de mostrar su enorme cuerpo. Al fin que a ellos no les pasa nada.

Sin embargo, llegó Calderón como toro de Pamplona, embistiendo de frente todo lo que huela a droga y corrupción coludida; nosotros estábamos muy entusiastas al principio y a estas alturas, horrorizados, medio muertos de miedo. Muchos fallecidos, demasiados, son los que esta guerra arroja.

Las avestruces están aterrorizadas, las venganzas de los clanes de la droga, unos contra otros y a ciegas si es necesario, están alcanzando a muchos metidos en el negocio, algunos aparentemente víctimas inocentes; me refiero a los funcionaros, involucrados o no, y lamentablemente ejecutados sin que las investigaciones lleguen a algún resultado esclarecedor. Otros han sido víctimas reales de toda esta parafernalia de violencia que estamos sufriendo.

Todos los policías que tenemos han demostrado su limitada capacidad ya sea por la improvisación por la que llegaron a su puesto o por temor a ser los próximos en ser descubiertos en una cajuela o en una cuneta, o que al estilo romano, su cabeza sea entregada a quién sabe quién como muestra de “misión cumplida”.

La única policía profesional que tenemos de reciente creación cuenta con pocos elementos para el tamaño de las organizaciones que tienen que enfrentar. Y me pongo en su pellejo: el miedo debe atenazarlos, qué difícil momento escogieron para ser policías honestos.

Me imagino a Calderón cuando decidió enfrentarse con esta calaña que ha invadido México a ciencia y paciencia de los gobiernos del PRI y del PAN, don Vicente Fox se hizo el loco, haciendo el recuento de los múltiples cuerpos policiacos regados por toda la geografía nacional y llegando a la triste conclusión: “con éstos, mejor nos quedamos como estamos”.

Qué bueno que Calderón tuvo el valor de usar al Ejército, probablemente su única posibilidad de contar con alguien con un alto porcentaje de honestidad y confiabilidad para las metas que se había fijado.

Seguramente, por la mala o amañada calidad de la información que le ofrecieron los cuerpos policiales del país, pensó en una campaña corta y expedita. Pero ni corta ni expedita, está resultando como la medusa: le cortas una cabeza y le sale no sólo una nueva, sino dos o más.

Calderón se enfrentó con la crítica de mandar al Ejército y a la Marina a la calle a realizar actividades policiales, apañadas a los cuerpos policiacos, actividad por la que seguramente se sienten denigrados, pero demostrando reconocer el mando supremo, ahí están sin chistar: el deber es el deber.

La finalidad era apoyar a los cuerpos ya existentes en su labor, pero éstos se zafaron, ya había quién asumiera su responsabilidad y a quién echarle la culpa de las fallas. El tiempo le ha dado la razón al presidente, la presencia del Ejército en la calle era una necesidad urgente.

Sin embargo, yo creo que los logros de las Fuerzas Armadas son magros. Por temor a las críticas las han dejado maniatadas, sin hacer lo que realmente saben hacer, para lo que han sido entrenadas. Están denigrantemente arrimadas a los cuerpos policiacos.

Presidente Calderón: confíe en el Ejército, son un fuerza preparada, con enorme movilidad y armamento; con un alto sentido del deber cuando es necesario arriesgar hasta la vida y a través de los años han demostrado que están del lado de la legalidad y que lo reconocen a usted, como presidente de México, como el Comandante Supremo.

Déjelos salir a campo abierto, a la sierra, allá donde se refugian todos estos asesinos. En ese plan los resultados serían otros. Los reportes de facciones atrapadas, de cosechas incineradas, de laboratorios destruidos y de pistas de aterrizaje inutilizadas, serían diarios.

Aún así la opinión pública generalizada es que el lugar de las fuerzas armadas son los cuarteles para evitar que cometan desmanes y atrocidades escudados en sus uniformes y en la misión que les haya sido asignada. Me pregunto si esas atrocidades serían más graves que las perpetradas por el crimen organizado y que nos llueven todos los días. Sinceramente no lo creo.

Estoy convencido de que contamos con las estructuras legales para controlar los excesos que estas acciones puedan acarrear.

El presidente electo de Colombia, que sustituirá a Álvaro Uribe, en cuyo gobierno fue Ministro de Defensa, se lanzó con todo contra el narco. Verdad es que recibió una campaña que ya tenía varios años de operar, logrando un control casi completo de esta lacra en su país.

Lucha que como presidente seguramente continuará y llevará hasta las últimas consecuencias. Presidente Calderón, sería bueno que lo asesore, aunque sea por debajo de la mesa, para que usted se cuelgue las medallas si llegara el caso.

Qué locura me acabo de aventar, pero piensen si por la vía que actualmente caminamos en la persecución de los cárteles llegaremos pronto a controlarlos o se alargará eternamente. Con el Ejército y la armada en lo que saben hacer no dudo que habrá muchas bajas injustas, pero ¿serán más de las que ya tenemos?

Esta fuerza de acción rápida, combinada con los policías en su acción, arrojaría resultados diferentes. Probablemente igual de criticados que los que actualmente se obtienen, pero con una perspectiva mucho más amplia, la de cubrir todo el país y no sólo las zonas urbanas.

Todo lo que aquí expreso es mi simple percepción, la de un ciudadano común pobremente informado hasta donde los medios han querido, o podido, sumado a lo que se lee por aquí o por allá y al intercambio verbal de opiniones con los amigos. Aún así, me responsabilizo de la verdad o ingenuidad de lo aquí escrito.

Así de simple, ¿o no?

 
egamab@gamaprofesionales.com

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