Un vistazo a la guerra de Independencia

A principios del siglo XIX, la Nueva España había alcanzado una madurez notable como sociedad mestiza, con orígenes culturales diversos (español, indígena, africano y asiático) que le daban un perfil cultural propio y original. Sin embargo, al desarrollo del mestizaje cultural que se venía sucediendo por más de 300 años, no correspondía un desarrollo político, económico ni educativo apropiado para la sociedad mexicana.

Graves diferencias, desfases y contradicciones se acumulaban en el Virreinato de la Nueva España, y la ausencia de mecanismos pacíficos y ordenados que les dieran cauce y salida condujeron a profundas crisis políticas, económicas y sociales, de las cuales emergió el accidentado, sangriento y caótico acontecimiento llamado la guerra de Independencia de México.

La monarquía española no pudo resolver el conflicto emanado de su visión mercantilista y utilitaria, correspondiente a su tendencia despótica ilustrada, que veía a los reinos españoles de América como simples colonias. La desconfianza y el menosprecio de los peninsulares hacia los naturales de América se tradujeron en conflictos y agravios, particularmente entre la parte más educada y pudiente de la sociedad novohispana.

La expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles en América, ejecutada en 1767 con violencia y prepotencia, ahondó el abismo que se iba creando entre el monarca español y los súbditos que tenía en ultramar. Hacia finales del siglo XVIII las exacciones, expropiaciones e imposiciones arbitrarias de impuestos habían llevado a los novohispanos al límite.

Por otro lado, las diferencias económicas entre la población se vieron agravadas por desastres naturales, malas políticas económicas y diferencias legales según el origen étnico de la población. Cuando a la crisis política se aunó la crisis económica, se planteó el panorama de un escenario problemático, que fue degenerando con gran velocidad hasta conducir a la violencia y el caos.

El detonante de este proceso se sitúa en la invasión napoleónica a España. Con la ausencia del monarca español, prisionero en Francia, los criollos novohispanos, como el resto de los hispanoamericanos, ven la oportunidad de una transición política suave, en la que tomarían el poder en nombre de su monarca sometido.

En México estos intentos criollos fueron desbaratados por los españoles peninsulares. Surgieron conspiraciones criollas que buscaban organizar demostraciones de fuerza para colocar a los peninsulares ante hechos consumados e irremediables que conducirían al establecimiento de un gobierno nacional novohispano.

Éste es el sentido de la conspiración que aglutinó a personajes como Ignacio Allende, Josefa Ortiz de Domínguez, Mariano Abasolo, Ignacio Aldama, Joaquín Arias y otros militares, abogados y eclesiásticos criollos, cuya finalidad era obligar al virrey a establecer un gobierno propio en nombre del monarca español.

Tras la denuncia y dispersión de la intentona de los conjurados, tomó el liderazgo de la empresa el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla. Culto, sofisticado, popular y carismático, Hidalgo se convirtió, el 16 de septiembre de 1810, en un caudillo que encabezó pronto un movimiento violento, anárquico, que atrajo a miles por la oportunidad del saqueo y la revancha social.

La matanza y los desórdenes que los seguidores de Hidalgo provocaron a su paso alejaron a muchos criollos y mestizos simpatizantes de la independencia, pero no de un proyecto sangriento y violento.

Eventualmente, las tropas virreinales, integradas casi exclusivamente por mexicanos, derrotaron al desordenado movimiento de Hidalgo, quien fue capturado con los principales jefes insurgentes y ejecutado en 1811.

Un inesperado continuador mantuvo la insurgencia en el sur y centro de la Nueva España. José María Morelos y Pavón, clérigo como Hidalgo, conjuntó a un notable grupo de líderes notables por sus convicciones libertadoras y sus habilidades militares.

Hermenegildo Galeana, Nicolás Bravo, Leonardo Bravo, Mariano Matamoros, Vicente Guerrero y otros lucharon con gran decisión en un ambiente pleno de discordia, represalias, combates y ejecuciones, sin dar ni pedir cuartel.

La pericia y organización del ejército virreinal se impuso paulatinamente sobre las decididas pero limitadas fuerzas insurgentes. Con la muerte de Morelos en 1815 terminó una etapa muy violenta de la guerra de Independencia, a la que dio lugar una más prolongada, intermitente y oscura.

En ella predominó la violencia de miles de bandidos y asaltantes que se apoderaron de los caminos y las poblaciones, saqueando y abusando de la población civil. Los campos fueron devastados, la gente diezmada, las minas arruinadas, el comercio prácticamente inexistente.

Hacia 1820 había pocos rescoldos de la guerra insurgente en territorio novohispano. Destacaba de manera importante Vicente Guerrero, operando en las inaccesibles sierras del sur.

Nuevamente, un acontecimiento del exterior cambió el panorama mexicano. Las tropas españolas que estaban destinadas a combatir en América contra los insurgentes se sublevaron y obligaron al rey Fernando VII a jurar un régimen liberal, y de manera especial, la restauración de la Constitución de Cádiz.

Estos hechos alarmaron profundamente a los españoles peninsulares residentes en la Nueva España, que vieron en peligro sus privilegios comerciales con el nuevo orden jurídico. La conspiración de la Profesa fue una reunión de conjurados que buscaban establecer un gobierno independiente de la metrópoli, pero sin ceder el poder a los novohispanos.

Lograron que un afamado general del ejército virreinal fuera nombrado encargado de batir a los restos de la insurgencia al mando de Vicente Guerrero. Agustín de Iturbide fue comisionado para tal fin.

Criollo y partidario de la independencia, hizo a un lado a los conjurados de la Profesa y propuso a la Nación el Plan de Iguala, una iniciativa política dirigida a criollos, mestizos e indios, para lograr la independencia de España, establecer una monarquía constitucional y la unión de todas las castas en la categoría de mexicanos, salvaguardando la religión católica como patrimonio de toda la sociedad.

El Pan de Iguala tuvo un éxito absoluto, la bandera mexicana se inventó bajo su influjo, el ejército de Iturbide fue aclamado en todo el país, y las tres garantías de Religión, Independencia y Unión se ostentaron triunfadoras en la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, día de la consumación de la Independencia.

Al día siguiente fue firmada el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. La Nación contaba ya con un estado independiente.

 
carlosastudillo2003@yahoo.com.mx

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