"Gamer", no sólo una película

Confieso que me gustan mucho los juegos FPS (First Person Shooting), una modalidad de videojuegos (computarizados o en consola) que ha adquirido muchísima popularidad en los últimos años. Estos juegos te dan la oportunidad de ser un soldado que pelea contra otros jugadores en distintos escenarios, lo mismo puede ser un desierto, que una ciudad o un complejo balístico en Siberia.

Estos juegos suelen ser altamente adictivos, ya que cada vez que se pelea se ganan puntos y con ellos se puede comprar equipo, uniformes, armas, etcétera.

En la realidad virtual no hay ningún problema, pues cuando tu soldado virtual muere se sale de la partida en juego y revive a la siguiente.

Sin embargo, “Gamer” es una película que plantea, en un futuro no muy lejano, que en vez de que los soldados sean virtuales, son personas reales, de carne y hueso. Los jugadores compran a los militares para que peleen en ciudades en ruinas, fábricas abandonadas, etcétera.

La única diferencia con los jugadores es que los soldados son convictos condenados a muerte, a los cuales les dan “la oportunidad de elegir libremente” si quieren participar, ya que después de 30 juegos consecutivos ­–y sobrevivir a las cruentas batallas– se les condona su deuda y se les deja en libertad. Sin embargo, muy pocos sobreviven a más de tres juegos.

Lo interesante del argumento de la película es la deshumanización, el poco valor de la vida humana que tienen los soldados y el contraste de quien lucra con la muerte de éstos. Algo que también se puede ver en el trasfondo argumentativo es la relativización extrema a la que se llega.

En la película, el creador del “juego” es una especie de Bill Gates, que comenzó creando un mundo en el cual los jugadores rentaban a personas para que convivieran en una especie de “mundo perfecto”. Las personas que eran rentadas estaban a merced del que los controlaba.

Probablemente todo esto suene bastante irreal y descabellado, sin embargo, nuestra sociedad no está muy lejos de lo que plantea la película.

La relativización que vemos hoy en día, está llegando a extremos muy preocupantes. A tal grado que dentro de las teorías políticas actuales del “progresismo”, una de las premisas es: dejar hacer al individuo lo que crea que es correcto, siempre y cuando no afecte a terceras personas. Bajo esta óptica, si una persona se quiere suicidar porque cree que está bien, se le debe dejar hacerlo.

Si se sigue con esta lógica, un “juego” como el de la película no sería problema alguno para los que siguen el relativismo, ya que el sujeto –el preso– está en completa libertad de elegir si quiere entrar o no a un campo de batalla en el que lo más seguro es que termine descuartizado. No sin antes haber sido vendido como una mercancía.

La relativización del mundo, aunque al principio parezca “lo más humano”, con el tiempo lo único que provoca es desensibilización. Antes un neonato era considerado como una persona, ahora no es más que un conjunto de células desechables. Todo esto, en nombre de la “libertad”.

Twitter: @manuelonvf

 
mvelasquez@yoinfluyo.com

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