Mi amiga, mi hermana, mi madre

Conocí a la Virgen de forma natural en mi niñez ya que tuve la suerte de nacer en una familia cristiana.

Recuerdo cómo mis padres rezaban el rosario y nosotros, pequeñajos y poco devotos, hacíamos una fila detrás de mi padre que caminaba pasillo arriba, pasillo abajo y jugábamos a rezar, intercalando risas y pisotones.

De labios de mi madre aprendimos el Jesusito de mi vida y el Dios te salve María, llena eres de gracia…

Poco a poco fue tomando posición en mi vida, comencé a tratarla de forma más constante y se estableció un vínculo madre-hija, que ha ido en crescendo.

Me gusta abrir los ojos a la luz de un nuevo sol y sentir que no estoy sola, porque la Virgen me quiere, me cuida, me guía, me protege, me oye, me mira… ¡me mima!

Cuando las cosas van bien, repito una y mil veces “¡gracias Madre, gracias guapa!” Pero cuando el camino se hace abrupto y las fuerzas fallan, creo que la quiero más. Entonces me echo en sus brazos, me siento en sus rodillas, apoyo mi cabeza en su pecho y le pido que me consuele, como la niña necesitada que soy.

Ciertamente, es fácil querer a una mujer que con su fidelidad a la voluntad de Dios, cambió el curso de la Historia. Es fácil imaginar su belleza singular, adornada de todas las virtudes, liberada de todo pecado, llena de humildad.

Y vuelvo con el pensamiento a Belén, a Nazaret, a Jerusalén y tomo su ejemplo de vida como modelo y le pregunto mil cosas que me gustaría saber: ¿Cómo hablarías con las vecinas? ¿Cómo saldrías en su ayuda? ¿Cómo disfrutaría Jesusito de tus guisos? ¿Con qué dulzura y respeto hablarías con José? ¿Cómo sería tu oración?

Y me voy al Evangelio y disfruto releyendo las bodas de Caná.

¡Cómo estás en los detalles de tus hijos, madre! Y sin que nadie te lo pidiese le robaste a Jesús su primer milagro, así, como quien no quiere la cosa… ¡qué arte!

Y es que la Virgen es muy grande.

No es un ser lejano, ni es una persona divina, aún siendo la más excelsa de las criaturas, tampoco es una imagen de madera o mármol, aunque sus imágenes nos ayuden en nuestra devoción.

¡Es una mujer de carne y hueso con un corazón que late!, que nos sonríe, que nos espera, que nos enseña a tratar a Jesús, a pedirle perdón, a adorarlo en la Eucaristía, a acompañarle en la Cruz.

Cuando dejo atrás Vélez-Málaga busco el Cerro y me despido de ella con un beso y un te quiero, y cuando regreso y vislumbro nuevamente el Cerro vuelvo a lanzarle un beso y un te quiero.

La Virgen para mí, es muy importante. Me gusta contarle mis cosas, pedirle consejo, hablarle de mis amigos y sus necesidades, para que nos eche un capote.

Me gusta desgranar el Rosario, no de forma mecánica, sino más pausadamente, sabiendo que esa oración le encanta. Ahí aprovecho para pedir con espíritu grande, por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes, por las conversiones, por todos, por todos. Cuando llego a las letanías me gusta decirlas despacito, pensarlas, saborearlas.
La Virgen vive conmigo porque está en mi pensamiento, en mi trabajo, en mis oraciones, en mi corazón, en mi familia, en mis amigos, en mi vida cotidiana, en mis afectos.

Es esa amiga a la que puedo abrirle el corazón sin miedo, porque me quiere mucho, incluso con mis defectos, con mis huidas, con mis miedos y le pido que aumente mi fe -nuestra fe-, que fortalezca mi esperanza -nuestra esperanza-, que acreciente mi amor -nuestro amor-.

Pero no sólo eso. Cuando quieres a alguien con toda tu alma, le haces participe de tu vida toda. A mí me gusta disfrutar con la Virgen de mis buenos momentos, de mis días de calma, de una tarde en la playa, de una conversación entre amigos... y cada vez que tomo conciencia de lo bien que me lo estoy pasando ¡se lo agradezco!

María, nuestra Madre, está en el Cielo, y en las calles de nuestro pueblo y ¡bellísima! bajo la advocación de la Virgen de los Remedios, aunque para mí, la devoción a María no acaba en el mes de mayo, ni en diciembre, ni en febrero.

Amar y tratar a la Virgen es un placer que cultivo todo el año, espero que todos los años, de los años que me queden por vivir.

Así, aprendiendo a amarla en la tierra, gozaremos de su amor más profundamente en el Cielo, a donde queremos llegar, como llega un barco a puerto.

¿Y podemos alcanzar tan alta meta? Bueno, nosotros pondremos la lucha bien apuntalada en los Sacramentos, Dios pondrá su misericordia y María el incremento.

Dicen que los hijos se parecen a sus padres, y Cristo debe parecerse mucho a María.

Yo, aunque soy muy poquita cosa, también quiero parecerme a la Virgen de los Remedios.

 
tomillar85@gmail.com

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