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11 de Febrero de 2010
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especiales

Reflexionar en torno al amor puede ser materia complicada. Autores literarios, músicos y artistas en general han creado verdaderas obras maestras a la celebración o condena del amor. Este concepto ha sido objeto de tratados y documentos de muchos pensadores. Y pocos han dado una dimensión tan profunda al amor, a su significado y posibilidades.
![]() | La sociedad contemporánea habla del amor como si fuera un producto, una moda o un recurso. Se aborda el amor con tanta simpleza que se llega al punto de trivializar el concepto, el significado y el trasfondo de lo que realmente es. El amor no se compra, no se obtiene a cambio de algo ni se otorga bajo condición alguna. Entonces, ¿de qué se trata el amor?
Reflexionar en torno al amor puede ser materia complicada. Autores literarios, músicos y artistas en general han creado verdaderas obras maestras a la celebración o condena del amor. Este concepto ha sido objeto de tratados y documentos de muchos pensadores. Y pocos han dado una dimensión tan profunda al amor, a su significado y posibilidades. |
En principio, queremos preguntarnos por qué Benedicto XVI ha dedicado dos de sus encíclicas al tema del amor y en otra lo ha abordado de forma indirecta. Lo primero que diremos es que el Papa parece haber asumido la tarea de hacer volver a la Iglesia y de invitar a la humanidad a volver a lo fundamental, al principio, al origen. “Deus cáritas est” es una prueba de ello. La encíclica es un documento que aborda el amor de forma muy profunda. El argumento central es que el hombre no es un accidente, es un ser creado y amado por el Amor Infinito. El rechazo y desconocimiento de la realidad de Dios lastima la esencia del hombre e impide su realización humana.
Si el individuo es capaz de lograr ese desapego de sí mismo para reconocer en el Otro una presencia transformadora, digna de todo su amor, entonces la persona debe buscar que esa relación que vivifica sea llevada a su relación con los demás. El que ha experimentado todo esto es capaz de mirar en la otra persona, en aquel con el que convive y comparte los acontecimientos que ofrece la vida cotidiana, una criatura que comparte su dignidad, que cuenta con las mismas características que sí mismo y que, por lo mismo, merece todo el respecto, el reconocimiento y su amor. Para no dejar dudas, el Papa explica de forma magistral la separación entre los tipos de amor. Aunque usualmente se entiende que el amor es el vínculo entre un hombre y una mujer que deciden brindarse a sí mismos, uno al otro, lo cierto es que el amor es una virtud mucho más profunda. En resumen, el hombre se realiza en su totalidad sólo si es capaz de donarse al otro, de renunciar a sí mismo para servir al otro. Esa lógica se aplica para la relación persona-persona y Creador-persona. El individuo no es fuente de amor por sí mismo, sino que, habiendo entendido y permaneciendo abierto a la relación con Dios, fuente inagotable de amor, es dotado de la capacidad de amar: al cónyuge, al hermano, a los padres, a los amigos… a los desconocidos.
La doctrina católica no sería congruente, lógica y cierta si fuera imposible llevar el planteamiento anterior a la totalidad de la realidad humana. Pareciera que este fue el reto que se impuso la Iglesia cuando desarrolló la Doctrina Social. ¿Cómo es posible que el Evangelio impere en todas las estructuras temporales en las que el hombre se inserta y las cuales constituyen su realidad? Esta es la respuesta que da Benedicto XVI en su tercera encíclica, “Cáritas in Veritate”, considerada por especialistas en la materia como la “Rerum Novarum” del siglo XXI. Si León XIII dio respuestas a la necesaria inserción de la Iglesia Católica en la lógica de los sistemas políticos y económicos propios de la modernidad, Benedicto XVI ha entendido, mucho más profundamente que los líderes políticos actuales, las características de nuestra época y la necesidad de encaminar a la humanidad hacia puerto seguro. El Papa piensa globalmente. Tiene una visión excepcional. Está convencido que el amor que Dios regala a sus criaturas en lo individual, puede materializarse también en la esfera de lo público, de modo que las sociedades y sus estructuras políticas y económicas sean orientadas por los corazones que miran a Dios. El amor del Infinito es capaz de dar un sentido diferente a las realidades sociales que hoy vivimos, dice el Papa. No es por la vía del progreso -entendido como fin en sí mismo- la forma en la los hombres obtendrán la felicidad, su realización. La paz.
Ante la severa crisis que hoy padece el mundo de hoy, dividido y falto de condiciones propicias para el adecuado desarrollo de todos los habitantes del planeta, el Papa insiste volver a lo fundamental, al amor de Dios, al reconocimiento justo de la persona como criatura, a la renuncia a la instrumentalización de los demás. A vivir en el afán de construir una sociedad digna para todos. Bajo esta lógica, el hombre deja de ser un accidente producto del azar y se convierte en persona amada por el Amor. Así, el hombre se entiende como parte de una comunidad a la que pertenece, en la cual se desarrolla y a la que debe servir. Se relaciona con otros, a quienes se empeña en servir.
La conclusión es sencilla, pero muy profunda. Benedicto XVI retoma para el mundo de hoy lo que la Iglesia históricamente ha afirmado. Si cada persona asumimos el reto de dejarnos amar por el Amor Infinito, estaremos dotados de la capacidad de amar a todos aquellos con quienes nos relacionamos. Si hemos tenido la apertura y la voluntad para amar, aun cuando no exista un vínculo natural con las personas que cotidianamente nos vinculamos, el mundo ciertamente sería diferente. Si la política es comprendida como una oportunidad de servir a todos, y por tanto de amarlos, no veremos escándalos de corrupción, de impunidad, de injusticia y cerrazón, que se han hecho tan comunes en nuestra sociedad. Si la economía es vista como una herramienta para dotar a las personas de los bienes y servicios necesarios para desarrollarse en plenitud, y no como una vía para enriquecerse desmedidamente, ciertamente el mundo será mejor. Si la organización y la participación social se entienden como instrumentos para fortalecer la cohesión social, a la comunidad nacional, y no como un arma de presión e instigación, ciertamente nuestro mundo será mejor. Fundamentalmente, si las personas comprendemos que el principio y el fin de todo lo que hacemos, de todo lo que construyamos, hagamos y emprendamos, es el Amor, nuestro mundo ciertamente será mucho mejor y sobre todo, estaremos aspirando sinceramente a la felicidad. |








