Equipo yoinfluyo.com
El Foro Económico Mundial de Davos, culminado el pasado 31 de enero, es ocasión propicia para retomar la reflexión que ahí se realizó respecto al sistema económico, sus carencias y limitaciones. De este modo, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, retomemos las ideas.

El Foro Económico Mundial de Davos, culminado el pasado 31 de enero, es ocasión propicia para retomar la reflexión que ahí se realizó respecto al sistema económico, sus carencias y limitaciones. De este modo, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, retomemos las ideas.


DOCTRINA SOCIAL Y PROGRESO
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La revolución industrial, así como la consolidación de los Estados-nación y del pensamiento ilustrado en la cultura occidental fueron hitos que marcaron, cada uno a su manera, la historia moderna. La Iglesia Católica, comprendiendo los cambios culturales, paradigmáticos, que sufría la humanidad, supo dar respuesta y contenido a dichos cambios.


Fue León XIII quien en 1891 publicó la encíclica Rerum Novarum debido a que consideró necesario permear con el Evangelio las cuestiones sociales de aquellos tiempos. No hay duda que las circunstancias de entonces difieren con las actuales en la forma, pero en el fondo la Doctrina Social de la Iglesia sigue concentrada en dar a la persona su verdadera dimensión en el entramado social.

La Rerum Novarum se centró en la defensa de los trabajadores a partir de la creación de asociaciones que protegieran sus legítimos intereses. La revolución industrial trajo consigo progreso técnico y desarrollo tecnológico, sin embargo León XIII consideró que aquello era secundario si se prescindía de la dignidad de los trabajadores para dar paso al culto a la técnica.

La Doctrina Social de la Iglesia fue en franco desarrollo. Los sucesores de León XIII consideraron necesario proseguir con el trabajo de dar sentido a lo que acontecía en el mundo a partir del Evangelio y de la doctrina católica.

Así, la historia registra Pacem Dei Munis (Benedicto XV), Quadragesimo Anno (Pío X), Mater et Magistra (Juan XXIII), Populorum Progressio y Octagesima Adveniens (Pablo VI), así como Laborem Exersens, Sollicitudo Rei Sociallis y Centesimus annus (Juan Pablo II).

Cada una de ellas responde a necesidades particulares para los cristianos ubicados en diferentes épocas, sin embargo el trasfondo es el mismo: la Iglesia responde a la cuestión sobre la forma en la que los católicos, desde el lugar que les corresponde, deben contribuir al desarrollo social, al progreso comunitario, al bien común.

El Papa actual, Benedicto XVI, retoma todo este legado y lo entiende según los tiempos que hoy vivimos. La Doctrina Social de la Iglesia se caracteriza porque es  concreta y aplicable en la realidad que vivimos los seres humanos.

El progreso se ha ideologizado. Carlos Marx creía que el progreso se alcanzaba cuando se daba poder al proletariado y éste asumía el control de los medios de producción. Las ideologías totalitarias pensaban que el progreso consistía en que una élite asumiera el poder para instaurar un nuevo sistema, guiado por los que se pensaban mejores.

Las ideologías de hoy asumen el progreso de diferentes formas. Para unos, progreso significa otorgar supuestos nuevos derechos no reclamados previamente, como el aborto o el reconocimiento legal a las uniones entre personas del mismo sexo.

Hay causas que son defendidas por muchas personas, como las ya mencionadas, a las que se suma la defensa de los animales, el cuidado del medio ambiente, el propio cuidado del cuerpo y de la mente. Sin embargo, se puede afirmar que dicha defensa se queda vacía en tanto que la causa se ve como un fin en sí mismo y no como un medio para obtener mejores condiciones de vida.

Para la Iglesia Católica, el progreso trasciende estas fronteras. Benedicto XVI, recordando a Paulo VI, afirma que “el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo”.

DAVOS: REPENSAR EL SISTEMA ECONÓMICO
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La característica principal del Foro Económico Mundial de Davos, concluido el pasado 30 de enero, fue la reflexión en torno al diseño del sistema económico prevaleciente y sus efectos en los procesos financieros y económicos a nivel mundial.

En las conclusiones, esta edición de Davos fue calificada por el propio fundador del evento, Klaus Schwab, como la más oscura desde el punto de vista económico, ello debido a la crisis que todavía aqueja a muchos países del orbe.

Ahí se previó que las tasas de desempleo continuarán al alza y se advirtió de los riesgos que esta crisis económica puede causar, entre los que se encuentran reacciones sociales violentas y el regreso del proteccionismo financiero que ejercieron diversas naciones durante muchos años, así como del nacionalismo exacerbado.

Los líderes políticos, económicos, intelectuales y académicos ahí reunidos coincidieron en que el modelo económico actual está en una crisis profunda de la que es necesario sobreponerse. Incluso, existe un interés profundo en la reunión del G-20 que se realizará en Londres a principios de abril.

¿Por qué el interés en esa reunión? Simple. Ahí se definirán los ejes de lo que será el nuevo sistema financiero global.

Sin embargo, la reflexión de Davos debe mantenerse como una lección profunda para la conformación de dicho sistema. La conclusión de que la crisis económica mundial se debe a la crisis de valores se ha difundido y asumido cada vez más. Y este punto ya había sido abordado por el Papa Benedicto XVI, varios meses antes de que se tratara en Davos.

NUEVO SISTEMA ECONÓMICO: EL PAPA TIENE ALGO QUÉ DECIR
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En realidad, la conformación de un nuevo sistema económico significa la transformación de los paradigmas sociales y políticos actuales.

Los últimos siglos, a partir del XVII, muchos sistemas políticos de Occidente –unos más que otros– han procurado relegar la vida de fe al ámbito privado, como si ésta fuera un factor nocivo para el progreso de los pueblos.

Ante ello, Benedicto XVI hace un llamado contundente a dar un giro al nuevo sistema económico, al nuevo contrato social, a la nueva realidad mundial que ya está aquí.

El Papa pide reconocer a la persona en su realidad corporal y espiritual, dado que en función de ello es posible diseñar sistemas, procesos, servicios e interacciones que estén al servicio de la misma.

Benedicto XVI conoce bien la lógica económica y del sistema financiero: “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política”.

Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios”, afirma el Papa.

El punto 38 de su encíclica social, Caritas in Veritate, el pontífice afirma: “En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes”.

“Se trata, en definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia económica. La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado.

“[...] Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales”.

De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo”.

Concluye su documento: “Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero (...) El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”.

Para alcanzar bienestar, progreso, para la construcción del bien común, los hombres de poder deben tener muy en cuenta que en el centro del diseño del sistema económico mundial y sus efectos está la humanidad: personas concretas que viven instaladas en dicho sistema, en el que viven e interactúan y sobre las cuales aquél tiene implicaciones.

Ya veremos si en Londres el G-20 asume en su agenda las conclusiones de Davos que, aunque en sí mismas no son alentadoras, sí representan una oportunidad para que el nuevo sistema económico mundial deje de lado el interés de las utilidades para que sea puesto al servicio de las personas y naciones del orbe.
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