Equipo yoInfluyo
El consumismo de la Navidad es tan sólo un efecto de la decadencia del hombre. Un efecto de la renuncia de la humanidad a reconocerse criatura, de la insubordinación al Creador. Una muestra de la crisis de pensamiento, política, social y económica contemporánea. Si queremos regalar algo a los nuestros esta Navidad, regalemos un mensaje de esperanza, paz y perdón.

El cierre de un ciclo permite, en todos los casos, hacer un análisis en retrospectiva de lo acontecido en ese periodo. La llegada de la Navidad es, para muchos, la señal irrefutable de que un año termina y que se vislumbra muy cerca la entrada de un año más. Es también, para otros tantos, motivo de fiesta y celebración.

Las empresas, siempre pendientes del comportamiento del mercado, descubrieron que la Navidad también podía ser una época de altísimo consumo de bienes y servicios. Así que desde hace muchos años, a la par de la celebración, incluyeron en la canasta de la Nochebuena sus marcas y personajes para ser consumidos.

La época que vivimos son tiempos de cambio, de mutación profunda. Los acontecimientos históricos, políticos y sociales de la era contemporánea indican que los paradigmas serán transformados y que la humanidad se encamina a una nueva época, en la que las tradiciones y la esencia del hombre corren un serio riesgo de ser violentados, si no es que sepultados en el pasado.

La negación de la existencia de la Verdad, de una comprensión integral del ser humano, inmutable e intransferible, es una de las características de nuestro tiempo, heredada de tiempos y de corrientes de pensamiento muy anteriores.

La crisis que padecemos en el entendimiento del papel del hombre y la mujer en el mundo actual daña el actuar de los individuos en su desarrollo social y trastoca el orden social a todos sus niveles.

Los intereses políticos y económicos detrás del desdén a la familia y a la vida, por su supuesto matiz religioso, antes que natural, son los causantes de la fragmentación social que ya padecemos. Y que será mucho más grave en las décadas siguientes.

Promoción del aborto y el homosexualismo. Pobreza, segregación social y violencia. Corrupción e impunidad. Problemas todos de los que se habla en abstracto, pero que son muy reales. Tan reales cuyos efectos permean en el entramado social de tal modo que lo corroen y destruyen. Sobre todo porque se promueven y, desde el poder, se solapan.

El consumismo de la Navidad es tan sólo un efecto de la decadencia del hombre. Un efecto de la renuncia de la humanidad a reconocerse criatura, de la insubordinación al Creador. Una muestra de la crisis de pensamiento, política, social y económica contemporánea.

El consumismo que hoy vemos es, en realidad, una muestra inequívoca de que el hombre busca llenar su vida, su realidad cotidiana, con la presencia de Dios y que, al no reconocerle a Dios esa facultad, se la otorga entonces a los bienes materiales.

La Navidad que celebraremos es nuestra oportunidad de cambio. Si buscamos orden social, político y económico, nuestro deber es mirar el pesebre de Belén, que nos mostrará cómo llevar el amor y el servicio a la vida pública. Si queremos paz, si nos empeñamos en encontrar la Verdad, ello sólo está encarnado en Jesús de Nazaret.

La vida de cada persona está enmarcada en un cuadro que trasciende límites ideológicos y políticos. Nuestra vida es tan sólo un suspiro que el mundo quisiera poseer.

Jesucristo llegó a la Tierra para mostrar que la vida es más que pasajera, que tiene sentido hacer el Bien, aspirar a lo Bueno, admirar lo Bello. Hizo evidente que el amor y el dolor tienen sentido. Que las tribulaciones siempre tienen una salida, por más que se sufra. Que Dios está siempre pendiente de su amada criatura: el hombre.

Si queremos regalar algo a los nuestros esta Navidad, regalemos un mensaje de esperanza, paz y perdón. Pongamos en el centro de nuestras mesas, de nuestros hogares a Jesús de Nazaret, ese pequeño que hace dos milenios nació y que, con su sangre, nos trajo la Salvación. Quien con el sacrificio supremo, desde la humildad soberana, dijo a sus discípulos y hoy también nos dice a nosotros: “Ven y sígueme”.

Diría San Agustín que el Divino se hizo humano para dar a los seres humanos la posibilidad de ser divinos. La vida del hombre y nuestra realidad diaria es mucho más que lo que alcanzan a ver los ojos.

Abramos los ojos del alma a Aquel que hoy nos llama porque quiere hacernos ver su infinito amor. Ese amor que cambia la vida, que cambia al mundo, que no pide nada a cambio más que amor recíproco. Sin duda es un reto, pero vale la pena. Por nosotros, por los nuestros, por el mundo entero.

 
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