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2. Intentar “hablar el mismo idioma” desde el primer momento: objetivos, expectativas, medios idóneos, disponibilidad, capacidades y posibilidades reales de todos los implicados en el proceso educativo, etc.
3. Tener en cuenta la libertad y capacidades de cada criatura, como ingredientes necesarios en la intervención educativa; evitemos fijar el rendimiento académico como un fin en sí mismo.
4. Las buenas calificaciones serán el resultado lógico del esfuerzo y la constancia, aunque en algunos casos sea preciso poner medios extraordinarios.
5. Tener claro que el tutor, profesores y demás expertos, no son los protagonistas. Son unos colaboradores estupendos en la educación de las criaturas e incluso pueden orientar en las dinámicas familiares, pero los primeros educadores son los padres.
6. Aceptar de buen grado los datos objetivos que se intercambien padres y tutores. Es preciso trabajar en equipo, ser muy pacientes y constantes, decir lo que nos preocupa, tirar en la misma dirección.
7. Evitar la búsqueda de recetas mágicas: pensar que cada hijo es diferente y lo que a uno le fue bien, a otro quizás le sea contraproducente.
8. Reconocer que es laboriosa la tarea de educar, pero fácil y fascinante -con numerosos e imprescindibles sacrificios claro- si ponemos los medios necesarios y nos dejamos ayudar.
9. Participación necesaria -de la madre y el padre- en reuniones, cursos de orientación y tutorías.
10. Utilizar medios para comunicarse, puntualmente, con facilidad y sencillez. Así mejora el seguimiento y evaluación de los objetivos planeados en tutorías con padres y alumnos.
Además: Solicitar bibliografía específica y adecuada para ampliar formación sobre los temas más necesarios en cada caso y edad.
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