El oficio de ser hombre

En la urdimbre familiar, de amistad y convivencia, hermandad y filiación, lo que se relaciona es la persona en su condición de puro ser, en donde cada uno tiene esa cualidad absoluta que corresponde a la persona como tal. Hemos de dar rienda suelta a nuestra nostalgia de «sentirnos en casa», porque es ahí donde adquirimos o recuperamos nuestra condición de personas, salvarguardados de los reglamentos constriñentes y de las mercaderías invasoras.

Sólo la familia es capaz de comenzar –con un comienzo definitivo, valga la paradoja– la formación del oficio de hombre.

En el mundo del Estado y del mercado, rige el criterio axiológico de generalidad: el mayor bien es el que beneficia al mayor número; si el mal es para pocos es menos malo; y si el bien es para muchos es más bueno. Este principio de generalidad tiende a degradarse, porque la bondad no se puede medir con unidades cuantitativas.

En el mundo del hogar, la amistad, las acciones fiduciales; en el mundo de la pertenencia y entrega –que eso es la familia–no rige el criterio de generalidad sino el de incidencia: tiene más valor lo que cala más profundamente en la vida del individuo; y, al contrario, el mal es menor si es sólo superficial o epidérmico; o, al revés, el mal es peor si afecta al fondo de la persona.

El incendio y las trenzas rojas

Para ilustrar la diferencia entre estos dos criterios, me valdré de dos imágenes: el niño del incendio del museo y la niña de las trenzas rojas.

En el incendio del museo, guiado por el criterio de generalidad, rescataría aquel cuadro de Picasso, único en el mundo –como todos los Picassos–, por todos apetecido y apreciado; en cambio, abandonaría al pobre niño. Niños hay muchos. A juzgar por el documento propuesto para la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo que tendrá lugar en El Cairo, hay demasiados. Uno menos carece de importancia; más aún, si se halla, como éste, abandonado; tal vez fuera incluso benéfico prescindir de él. Un Picasso ya nadie puede hacerlo. Un niño, cualquier estúpido lo hace. En cambio, para el criterio de incidencia, la salvación del niño es la mejor posibilidad, porque lo mejor no es lo que beneficia a muchos sino lo que más afecta a la persona.

Generalidad e incidencia son criterios axiológicos complementarios. Pero para la sociedad mercantil contemporánea son excluyentes; el de generalidad ha tomado la forma omnipresente de la oferta y la demanda. Barry Commoner, uno de los grandes personajes partidarios de la conservación natural, se extraña de que se hable tanto de una medicina desconocida para una enfermedad incurable como el cáncer, y nunca se diga nada del hombre que la descubriría si llegara a nacer.

Esta diversidad de criterios axiológicos nos impulsa a enfocar de un modo nuevo los problemas sociales y sus soluciones. Ante la abundancia de piojos en la niñez de los barrios bajos londinenses, la sanidad oficial decretó la necesidad de que la cabeza de los niños fuera totalmente rapada. Gilbert Chesteron, sale en defensa de una pobre chiquilla que luce unas hermosas trenzas rojas, como su única posesión en el mundo: «Los doctores propusieron abolir el pelo, en lugar de abolir los piojos.

»Ahora bien, el objeto y propósito de estas páginas es proclamar que debemos comenzar completamente de nuevo y comenzar por el otro extremo. Yo comienzo con el pelo de una niña. Todo lo demás puede ser malo, pero sé que esto, cuando menos, es bueno. Lo que se oponga a ello debe derrumbarse. Si el propietario (de las viviendas), la ley y la ciencia están en contra del pelo de la niña, entonces el propietario, la ley y la ciencia deben derrumbarse. Con el pelo rojo de una chiquilla del arroyo yo incendiaré la civilización moderna: puesto que la niña debe tenerlo largo, debe tenerlo limpio; si debe tenerlo limpio, debe tener casa limpia; debe tener madre libre y descansada, que la peine aun cuando para ello sea necesaria una revolución. Nadie mutilará ni tocará a esa rapazuela; no se le cortará el pelo como a un presidario. Las columnas de la sociedad se estremecerán... y a la niña no se le tocará ni un cabello de su cabeza» (1).

Escuela de libertad

Empecemos por la familia. Empecemos por el niño del museo, por la niña de las trenzas rojas. No queremos sólo la libertad de la educación; queremos la educación de la libertad.

Me atrevo a decir que únicamente en la familia el hombre aprende a ser libre. Si por libertad se entiende liberación de necesidades y vínculos, el mercado de abundancia y el Estado providente y paternalista pueden esponjar esas supuestas libertades humanas. Pero la libertad, en serio, tiene su habitat en el hogar.

Es allí donde se suscitan los verdaderos valores que liberan al ser humano; es en el horizonte de la familia en donde aparecen los fines últimos que, al decir de Paz (2), son los que de verdad cuentan, porque son los que dan sentido a nuestra existencia, tal como él los enumera: la felicidad en esta vida, la salvación en la otra, el bien, la verdad, la sabiduría, el amor. Sobre todo, añadimos nosotros, la libertad. Este horizonte de finalidades últimas, de valores verdaderos, es la alternativa del futuro.

Occidente requiere una resurrección, un regreso al lugar en donde tales valores se encuentran delicadamente guardados.

¿Cómo se educa la libertad en la familia? No sólo porque en ella el hombre se siente libre, y puede actuar de una manera que sería irrepetible fuera de su casa. Es cierto, como dice el propio Chesterton, que «el hogar es el centro de la libertad... Más aún, es el único centro de la anarquía. Es el único punto del planeta cuyo arreglo el hombre puede alterar súbitamente, donde puede hacer experimentos o permitirse un capricho. En todo lugar a donde vaya, debe atenerse a las normas estrictas de la tienda, la taberna, el club o el museo. En su propia casa podrá, si le da la gana, comer sus comidas en el suelo. Yo mismo lo suelo hacer y ello me produce una infantil y poética impresión de excursión. Provocaría considerable trastorno si tratara de hacerlo en un restaurante. Es el único lugar tranquilo, el único lugar salvaje en un mundo de reglamentos y tareas. Uno solamente puede retozar en su casa, pequeña omnipotencia humana, cámara de la libertad» (3).

La familia no es el centro de la libertad porque pueda ser el rincón privilegiado de nuestros caprichos, sino porque es el caldo de cultivo de los tres componentes que constituyen la esencia de la libertad: capacidad de compromiso, capacidad de renuncia y capacidad del don de sí.

Comprometerse, renunciar, darse

Capacidad de compromiso. La familia es una gozosa fuente de compromisos profundos, serios e inamovibles, que el hombre bien nacido asume con valentía y decisión. El hombre libre no carece de vínculos sino que se compromete en profundidad. Cuanto más profundas son las raíces del árbol bien radicado, más libre se encuentra para resistir el vendaval; al contrario, la arena suelta del desierto, libérrima carencia de ataduras, es esclava de una brisa ligera. Quien no se encuentra dentro de una familia, con todo el valor de la preposición, es erradicado, voluble, carente de ligaduras, habitante de la nada.

Capacidad de renuncia. ¿Qué precio tiene una sonrisa? ¿Cómo se paga el galante acercamiento de una silla? ¿Qué cuenta presento cuando visito a un amigo enfermo? ¿Qué ocurriría si nos declaráramos en huelga y cesaran todas estas acciones libres y personales hechas al margen de la política o la economía? o, peor aún, ¿qué sucedería si pasáramos factura por ellas? ¿En dónde, fuera de la familia, se aprende a sonreír, servir, practicar la ayuda al otro? Esto es, ¿en dónde, fuera de la familia, se aprende a ser libre?

Capacidad del don de sí. No necesitamos muchas palabras para percatarnos de que si hay un lugar en la vida, si hay un espacio en la sociedad en donde se ensaye, practique y ejercite el acto supremo del don de sí, es en la familia. Fuera de ella es difícil y excepcional el acto de entrega de la persona. O, por mejor decir, quien no aprendió a ser generoso en el hogar no lo será después, aunque quisiera, en el ámbito público. La entrega desinteresada de sí corre pareja con el sentido de responsabilidad; con el control de los instintos; con el temple de las capacidades; con el dominio del yo; con la afirmación del carácter.

La entrega de sí mismo es el acto cimero de los seres libres, su ejercicio más noble y perfecto. No sólo es el acto fundamental para la educación de nuestra libertad. Es el acto educativo por excelencia. Para sorpresa del orbe, «cada hombre se realiza (se educa) mediante la entrega sincera de sí mismo..., pues –subrayamos esto– la educación es, ante todo, una dádiva de humanidad» (4). En las escuelas pueden aprenderse oficios determinados y útiles, mientras que en la familia se aprende –cuando se aprende– el más alto y fundamental de los menesteres: el de ser hombre.

Esta entrega de sí –que se vigoriza en el ámbito familiar– sigue derroteros distintos a los de las transacciones mercantiles; en cierto modo, resulta su antípoda. Si en el mercado se trata de conseguir lo más contra lo menos posible, en el don de sí se trata de entregarlo todo por nada.

El definitivo caso de la vaca

En la vida pública rige el criterio operativo de la eficacia; alcanzamos aquello de lo que carecemos, por ese movimiento fuerte del ser humano que llamamos desiderium. En el mundo ordinario familiar rige el criterio operativo de la fecundidad, por ese movimiento no menos compulsivo y apremiante, llamado effusio, que impele a compartir aquello que tenemos. La eficacia persigue lograr objetivos; la fecundidad, expandirse en frutos.

Hoy, por fuerza del mercantilismo imperante, se ha propalado la errónea idea de que el impulso natural del hombre es el del deseo de remediar nuestras carencias y no la efusión de nuestra plenitud. Los muchos que así piensan marginan la vida familiar y su profundo mordiente educativo; han arrinconado la vida del espíritu, la cual se acrecienta al compartirse, y se limitan sólo a lo material, que se pierde cuando se comparte.

Para ilustrar lo anterior, me valgo de un ejercicio tomado de mi colega Pérez López: en un automóvil utilitario y pequeño, viajo imprudentemente por carretera estrecha y noche lluviosa, a doscientos kilómetros por hora. Una vaca atraviesa la carretera; su impacto acabará con mi vida. Aprieto aún más el acelerador para salvarla, cuando, en el breve trecho disponible, aparece un niño de siete años persiguiendo una pelota. El ejercicio termina con una decisión: si dirigen el automóvil contra el niño –salvando la vida de ustedes– o la dirigen contra la vaca –perdiendo ustedes su vida y salvando al niño. (El estado de la vaca no entra en la decisión). Tengo la certeza de que casi la totalidad de los lectores optaría por donar su propia existencia a un niño desconocido, abandonado y –como el del incendio– sobrante e inútil. Nadie se encuentra dispuesto a seguir viviendo con un niño de siete años debajo de las ruedas de su Tsuru o su Volkswagen.

Entre el acoso y la estocada

La comunicación familiar es el polo opuesto de la que rige en los medios de comunicación. Habermas acierta al decir que el paradigma de la comunicación no verbal es el de la madre con el hijo en su seno. Una comunicación que dista mucho de ser silenciosa: se constituye, al contrario, en voz existencial magna y amplificada, aunque sea sin palabras, porque es –y las madres encintas lo saben– la donación de la vida. Se me dirá que describo una realidad romántica e idealista. Yo digo en cambio que ésta es la realidad verdadera y no la de las fantasías publicitarias, de los engaños pragmáticos mercantiles, la de los vacíos discursos políticos.

No puede ignorarse el acoso que el Estado, el mercado y los medios de comunicación colectiva ejercen sobre el ámbito familiar para que su riqueza educativa se empobrezca.

El acoso es un término que, en lengua castellana, tiene un tinte preferentemente taurino. Se acosa a la vaquilla hasta amansarla y tirarla al suelo, a fin de poder marcarla. El Estado reglamenta el número de hijos por nacer y las escuelas a las que acudirán gratuitamente; el mercado invade el hogar con artefactos que desplazan a los hijos. Cuentan más los aparatos eléctricos que las personas; se prefiere el automóvil antes que al niño; el televisor a la conversación amable; se amueblan las casas no para los que viven en ellas sino de cara a los eventuales festejados; se piensa menos en el servicio doméstico que en las visitas casuales. El mercado hace preferir la cosa que puede comprarse y venderse, a la persona que no es objeto de transacción alguna. Este es el acoso, la sujeción, el amansamiento, la marca.

A la vista de las ponencias preparadas por la o­nU para el Congreso Mundial sobre Población en El Cairo, no se trata ya de acoso, sino de estocada, para seguir empleando un término taurino. Se trata no ya de reducir la potencialidad educativa y transformadora de la familia, sino de extinguirla.

Presiento que nuestra familia –al menos la nuestra–saldrá indemne de la estocada, y por ello me preocupa más el acoso que el lance de muerte.

Salpullidos puntiformes y caprichosos

Describamos por ello los rasgos de este acoso incisivo y demoledor. El Estado, el mercado y los medios de comunicación colectiva son nobles instituciones de las que no podemos prescindir. Pero por el sesgo materialista de nuestra cultura se han unido, dentro de sus intrínsecas divergencias, para fomentarnos un nuevo estilo de vida que carecía de nombre hasta hace pocos meses, cuando, a espaldas uno del otro, dos intelectuales de mentalidad tan diversa como William Ptaff, del International Herald Tribune (13.X.93) y el germánico Robert Spaemann, de la Universidad de Colonia, han coincidido curiosamente bautizándolo con el nombre de nihilismo. Pero no un nihilismo profundo, que toma dramática conciencia de que el hombre no tiene sentido, al modo de Frederich Nietzsche, sino un nihilismo epidérmico que Spaemann ha llamado con acierto nihilismo banal y que podría denominarse, si no fuera pleonasmo, nihilismo anodino; no es que el hombre carezca de sentido sino que al hombre contemporáneo le importa un bledo el buscárselo, y prefiere vivir como si no lo poseyera.

El mundo serio del Estado, el mercado y la comunicación colectiva acosa al mundo de la familia infiltrándose en ella con una perspectiva vital que se opone abiertamente a aquellos valores que son el humus en donde florece la libertad bien enraizada, y que describimos antes como capacidad de compromiso, capacidad de renuncia y capacidad de don de sí. Esta oposición a los valores profundos de nuestra vida es difícil de tratarse intelectualmente, pues parece más bien un conjunto de salpullidos puntiformes y caprichosos; pero está dejando en nosotros y en nuestros hijos un poso de aspecto tártrico. Esta corriente, aunque asistémica, constituye una parte importante (y peligrosa) de nuestra cultura, que procuraré resumir en pocos trazos.

El culto del deseo

A las tres capacidades de las que hablábamos (compromiso, renuncia y don de sí) se enfrentan en bloque y radicalmente el hedonismo, consumismo y pesimismo sin defensas.

El primer rasgo de lo que hemos llamado nihilismo banal es el hedonismo, entendido sobre todo no sólo como búsqueda absolutizada del placer sensible, sino más aún, del placer instantáneo, aunque pasajero. La cultura de nuestros antepasados enseñaba que las satisfacciones más profundas requieren educación y entrenamiento (una pieza literaria, una sinfonía o un buen vino). En el momento contemporáneo se busca primordialmente la satisfacción inmediata que responda tempestivamente al deseo. Esta satisfacción es, por su naturaleza, hueca e insuficiente. El hombre de hoy se mueve bajo la urgencia de la procuración acelerada de satisfacciones sucesivas, en lo que José Gaos encuentra una de las notas características de nuestro tiempo: la progresiva velocidad en el acceso a nuevas satisfacciones, el continuo desplazarse sin sentar plaza (sentar plaza, tener sosiego, acogerse a un hogar permanente al cual recurrir con reiteración es, en cambio, la nota característica de la familia tal como nosotros la concebimos). De este modo, la apetencia constitutiva que el hombre posee hacia el bien infinito se sustituye por una sucesión infinita de bienes finitos.

Arrastrado por esta compulsión irrefrenable de satisfacerse, el hombre pierde el dominio de sí, aquello que antes se denominaba aguantarse y aguantar, tanto el deseo de placer como las inevitables situaciones dolorosas de la vida.

El hombre ha perdido, así, no sólo la capacidad de renuncia, sino la aptitud de resistencia (de aguante) ante el deseo de placer y ante la entereza en el dolor.

La eliminación del aguantar subjetivo corre pareja con la supresión del prohibir objetivo. Prohibir sería malo y permitir sería bueno. Es así como el tono de vida hedonista desemboca sin quererlo en el permisivismo, otro trazo de la cultura actual, si es que ambos –hedonismo y permisivismo– no se identifican. Las categorías morales de la vida no residen en el permiso y en la prohibición, sino en el bien y el mal; será bueno prohibir lo malo y será malo prohibir lo bueno. El permisivismo, como el relativismo, es una teoría suicida: si todo debiera estar permitido habrá de permitirse también el prohibir. Giles Lipovettsky, autor de El crepúsculo del deber afirma que la vida permisiva desencadena un ascenso del individualismo. Esto es, una depauperación de nuestras disposiciones de entrega, un retraimiento de lo que hemos denominado don de sí.

La moda de consumir valores

En relación con la nota hedonista, pero sustancialmente distinta de ella, nuestro tiempo se caracteriza también por lo que ha dado en llamarse consumismo, que no es afán de posesión de cosas materiales; diríamos, aún más, que representa el polo opuesto de la avaricia. El consumismo no nos inclina tanto a la posesión cuanto al uso, y en cierto modo a la no posesión; esto es, al desecho de aquello que poseíamos y que habrá de ser sustituido, supuestamente, por algo mejor: lo importante es que sea, sobre todo, otro distinto de lo que yo y los demás usábamos antes. El consumismo es, en cierta manera, un modo de distinción. Carente de esa personalidad o carácter que se aprende en la familia, me distingo de los demás por las novedades que uso, aunque ellas mismas me identifiquen también con los que ahora las usan igualmente, siendo devorado por la cadena sin fin de los malls, supertiendas y centros comerciales cada vez más gigantescos y envolventes.

Aventuremos una definición de consumismo: tendencia contemporánea por la que los bienes de uso –que habrían de ser duraderos– se convierten en bienes fungibles (aquellos que no pueden usarse sin consumirse: no me puedo tomar de nuevo el mismo bistec; debo comer otro). Esta mutación está sujeta, al igual que la satisfacción momentánea de los deseos placenteros, a una aceleración progresiva. Lo preocupante es que no sólo los bienes de uso se han transformado en bienes de consumo; sino que los valores humanos han perdido su vigente permanencia y se han convertido en otra realidad consumible más, de manera que el valor lo es sólo durante la instantánea permanencia de su moda; no porque valga, sino porque es nuevo.

No quiero ser negativo pero, a veces, parece que la esposa o el marido son un bien fungible más; una pieza de recambio, una refacción desechable, para decirlo en jerga automotriz. Paralelamente, los hijos consideran el hogar de los padres como una vivienda optativa, valedera mientras no aparezca –igual que la ropa de moda– otra mejor; y, al revés, nos encontramos con hijos huérfanos de padres vivos como afirma dramáticamente Juan Pablo II en la Carta a las familias.

Incendiar el mundo

Pero esta «moral» sirve sólo para el placer, la salud, el bienestar –por eso es tan atractiva a los jóvenes y a los que quieren regresar a la juventud por ella–; pero nos deja inermes, literalmente descobijados, a la intemperie, en el dolor, la enfermedad y la desgracia. Ese momento resulta insoportable, porque carece de recursos para darle la cara. De ahí que el nihilismo banal sea una moral de huida, una moral cobarde, de derrota, pues no afronta con seriedad el sentido último de la existencia, que es el gesto prototípicamente humano.

Podría parecer que nuestra alternativa, la que responde a este atractivo nihilismo banal; nuestra instancia al retorno de los valores clásicos y básicos, al compromismo, a la renuncia, al don de sí, carece de garra y de señuelo. Y es verdad. Pero abrigamos la sospecha de que encierra la fuerza explosiva de las resurrecciones y que seremos una chispa que desencadene la explosión.

Porque ésta sería la conclusión de nuestras reflexiones. La familia no debe adoptar sólo una posición de parapeto a fin de defenderse de los acosos e infiltraciones que ejerce el nihilismo banal. Ha de adquirir conciencia, primero, de que tales acosos son inocuos, epidérmicos, dije, si no hay complicidad libre de nuestra parte, porque el compromiso, renuncia y capacidad de entrega están en nuestras manos, y no en los reglamentos estatales, ni en las instancias mercantiles, ni en los oropeles televisivos: ninguno de ellos tiene fuerza sin nuestra complicidad libre. Y segundo, que la familia es la única alternativa del futuro, si sabe ejercer la libertad de la que es maestra. El hogar tiene su sentido etimológico en el fogón, en la hoguera; no debe verse sólo en su sentido de resguardo, guarida o refugio, sino también de irradiación, expansión e incendio. Tengamos, por lo menos, el ansia, como Chesterton, de incendiar al mundo con las trenzas pelirrojas de una niña; es decir, con los valores potenciales y explosivos de nuestros hijos. No se trata de salvarlos del incendio, sino de incendiar al mundo con ellos. (Resumen de la ponencia presentada en el Primer Congreso Panamericano sobre Familia y Educación. Monterrey, 1994).

 
comentarios@yoinfluyo.com

( 0 Votos )
Imprimir
PDF
The Website Grade for yoinfluyo.com! Website Monitoring - InternetSupervision.com

Website Ranking