Un poder fáctico: los medios

Ante una situación de riesgo y la realidad que impera en México, podemos creer que sólo nos asechan peligros para nuestra seguridad personal, para nuestra familia o para nuestros bienes. Sin embargo, no es así. Es preciso detectar, ante todo, quiénes pueden ir contra nuestros derechos más sagrados y más íntimos, como la libertad de pensamiento, la libertad de credo, la libertad política, la libertad de educación. Y en esta línea cabría alargarnos.

De la Francia revolucionaria heredamos la teoría de los tres pilares en que se apoya la sociedad: el clero, los nobles y el pueblo común, llamados desde esos ayeres los tres "poderes". Descartando a los nobles, en poco más de medio siglo otro poder ha adquirido carta de ciudadanía.

Su importancia es fundamental y hoy lo llamamos poder fáctico, porque mueve, cambia, manipula, crea opinión, distorsiona o, abusando de su potencialidad, deforma la realidad que nos pinta. El resultado es la dirección subrepticia de los pueblos, de las conciencias o de las costumbres, según su talante.

Un pensador colombiano, autor de escolios sabrosos y sutiles, afirma lo siguiente: "Porque opiniones cambian, el relativista cree que cambian las verdades". Y si la sociedad está imbuida de falacias, una de ellas es ese relativismo, que despoja a las personas de valores y principios éticos y morales.

El poder fáctico de los medios informativos es incalculable, ya que es capaz de ejercer, como ya se ha dicho, una especie de gobierno. Además, cuenta con los nuevos media para incrementar su alcance. Esto tiene su lado positivo y negativo, por lo que resulta vital comprender cómo trabajan; en especial cuando trabajan sobre nosotros y en nosotros, en nuestra mente y en nuestra mentalidad.

Gran parte de lo que sabemos de nuestro mundo globalizado viene de personas desconocidas, cuyas caras quizá veremos en las revistas del corazón, pero cuyas opiniones penetran en nosotros con nuestra venia, sin que sus palabras pasen por un tamiz crítico, para el que necesitamos criterio y opiniones bien fundadas. Hablamos de ellos como un todo: "los medios", "la prensa" o "internet".

Como padres responsables acostumbramos estar atentos con las amistades de nuestros hijos para evitar malas influencias; para la seguridad de nuestras pertenencias, solemos vigilar a las personas que admitimos en nuestro hogar o que empleamos para algún trabajo.

No obstante, olvidamos qué hay detrás de un editorial, de la emisión de un programa radiofónico y no se diga de internet: hay gente con opiniones, prejuicios o conductas propias, que proyectan sin recato y sin respeto a lo nuestro.

Ellos seleccionan y enmarcan las noticias, exponen gratuitamente comentarios que al menos podríamos calificar de dudosos, sobre lo que les place, mientras nosotros captamos y aceptamos con descuido, algo contrario a nuestro modo de ver la realidad.

Sobre esas personas carecemos de antecedentes y sería muy útil hablar de ellos, conocer sus tendencias, su ideología, porque en la sociedad de la información en que vivimos, aquellos a quienes escuchamos o leemos controlan la opinión pública. Forman parte de un imperialismo ‘light’ que nos domina sin notarlo.

Hemos dicho light, suave, que penetra poco a poco, como una gotera en la azotea de nuestra casa. Pero aunque sea ligero, no deja de ser imperialismo. De ahí la importancia de conocer la química personal –sus puntos de vista culturales, éticos, políticos y sus intereses económicos, sus ambiciones– de quienes nos informan o nos deforman, para poder hacer valer nuestra propia inteligencia.

Los virajes y avances de los ductos por los que circula hoy la información nos ofrecen un panorama rico en consecuencias no siempre positivas. Se ha debilitado la cultura, descienden las ideas y mueren los ideales; las instituciones y hasta los hábitos de conducta pública se rebajan, porque el poder fáctico que nos ocupa "(...) prospera con la brevedad, la velocidad, el cambio, la urgencia, la variedad y los sentimientos. Pero pensar requiere lo contrario. Pensar lleva tiempo. Necesita silencio y los metódicos hábitos de la lógica", como afirma Charles Chaput.

Para el progreso de la democracia y para el desarrollo, es preciso atajar esta tiranía mediática con madurez intelectual y moral. Exige del público una actitud más –y no menos– alerta y crítica sobre cómo nos manejan los medios y cómo influyen en la vida política y social.

Es la hora de profundizar en unas palabras de Thomas Jefferson: "Nuestro primer objetivo, por tanto, debería ser dejarle abiertos todos los caminos a la verdad. El más eficaz encontrado hasta ahora es la libertad de prensa".

Nos adherimos gustosos a esa defensa de la libertad de prensa, pero sin soltar las riendas de la verdad. Sin olvidar que esa libertad es un medio y no un fin en sí mismo. Sin embargo, el nombrado poder fáctico parece poco interesado en la razón y en la verdad, brindándonos un mundo de lemas y eslóganes pegajosos que frenan nuestro pensamiento en lugar de impulsarlo.

A pesar de sus alegatos de imparcialidad, vemos con preocupación que están abocados al prejuicio, a una ignorancia humanística que temen soltar, a manejar con malas artes la opinión pública y a dejarse llevar por partidismos, ideologías y conveniencias bajo la protección permisiva de la ley.

Si somos capaces de admitir este estatus quo del poder fáctico de los medios, incluyendo los nuevos media repletos de carnadas peligrosas, sin que nos inquiete, al menos deberíamos estar vigilantes y tener la buena osadía de reclamar respeto a nuestros derechos.

 
reginasomem@yahoo.com.mx
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