El misterioso hombre de blanco

 

Misterioso porque gobierna un pueblo extraño que llaman Iglesia; porque jamás se equivoca en sus funciones, porque le respetan incluso quienes le odian; porque se comporta con sus súbditos como una madre con sus hijos; porque no necesita ni jueces ni fuerzas armadas; porque cuando habla, lo hace para todo el mundo.

Además, es obedecido por más de mil millones de fieles de todas las razas, lenguas y costumbres. Quienes le precedieron llevan gobernando a su pueblo desde hace más de dos mil años y sin cambiar ni una coma de sus leyes o doctrina; quienes le sigan se conducirán igual.

Desde el principio, este pueblo de la Iglesia ha sido combatido a muerte por fuerzas, naciones e imperios mucho más poderosos y siempre ha triunfado. Han desgajado algunas de sus ramas, pero el tronco sigue inamovible. Siglo tras siglo las divisiones y ataques a la Iglesia se han convertido en algo normal, aburrido y hasta cutre.

Periódicamente, en todas partes surge algún iluminado que se cree tocado por la varita del Espíritu Santo. La locura, la soberbia, la vanidad, el orgullo herido y el amor propio rematan la faena. Pasado algún tiempo, el diablo se lleva unos cuantos fieles despistados y el iluminado desaparece.

En su tiempo, el mismo Cristo se lamentaba: “Esta generación mala y adúltera”.  En Mateo 17, 17, reforzó: “Esta generación incrédula y perversa…”. En otro momento, no conforme con algunas de sus palabras, algunos de quienes le seguían empezaron a abandonarle. Vuelto a sus discípulos, les preguntó: “También vosotros queréis marcharos”. Pedro respondió: “¿A quién iríamos?, nosotros sabemos que tú tienes palabras de vida eterna”. Como se ve, en tiempos de Jesús la sociedad no estaba mucho mejor. 

Desde las primeras épocas la Iglesia se enfrentó a multitud de sectas y divisiones: simonías, cataristas, valderenses, petrolusianos… Lutero la desgarró con el protestantismo, que a su vez se dividió en docenas de ramas. Surgieron nuevas sectas: masones, comunistas, librepensadores, ateos… hasta llegar a contabilizarse más de 38 mil sectas y seudo religiones en la actualidad; lo que por otra parte indica que el hombre no deja de buscar a Dios, sólo que quiere un Dios a su gusto y medida. Como en tiempos de Abraham, cada familia quiere tener sus dioses particulares. 

Por qué tantos fieles y sacerdotes se revuelven gritando: ¡Estáis todos muy equivocados, sólo nosotros tenemos la verdad! ¡Sólo nosotros seguimos a Cristo!  Estos pobres hombres, bien intencionados y de cuyas almas se ha apoderado el Diablo, han vuelto a levantar la bandera de Satán: ¡Non serviam! ¡No serviré! Se vanaglorian de estar haciendo una buena labor con los pobres y necesitados; pero también la emprenden miles de monjas, sacerdotes, organizaciones como Cáritas, Manos Unidas y mil más, todos dentro de la Iglesia y a nivel mundial. 

Son muchos los que se escudan tras los pobres para intentar justificar sus errores. En nuestra época, algunos ejemplos son los adictos a la fracasada Teología de la Liberación, los marxistas-comunistas-progresistas, los fascistas y todo tipo de totalitarios. También se separan de Dios los blasfemos, ateos, filósofos de segunda fila, y todos aquellos poderosos, ricos y famosos que creen no necesitar al Dios, a quien aborrecen por señalar con el dedo sus vicios y desmanes.

Esta guerra entre Dios y Satanás se libra desde Adán y Eva. Se da entre el amor y el odio. Basta un hombre lleno de odio y de mentira, como Stalin, Hitler, Mao Tse Tung… para destruir. Obsérvese que éstos nunca triunfan. El Señor se vale de santos y santas llenos de amor para construir; de hombres y mujeres, como: María, la Virgen de Fátima, San Pedro, San Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, la Madre Teresa de Calcuta y muchos más.

Cuando Cristo fundó su Iglesia sabía de qué barro estamos hechos los hombres, y por ello la dotó de muy poquitas, pero definitivas frases, cuyo olvido, desconocimiento o rechazo son el origen de todos los conflictos y sectas. Repito unas cuantas cosas que Jesús dijo y que no podemos olvidar:

a) “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”. Jesús está con nosotros hasta el final del mundo, pase lo que pase, nunca desaparecerá su Iglesia.

b) En Mt 16, 18-19 leemos: “Yo (Cristo) te digo a ti, que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en el cielo y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”.

c) En Mt 18,18 Cristo extiende a los apóstoles la misma promesa que le hizo a Pedro: “En verdad os digo que cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo”

Esos textos son de suma importancia dogmática, puesto que en ellos se basa la superioridad jerárquica de San Pedro. Pedro o su sucesor, el Hombre de Blanco,  es, pues, el llavero del reino de los cielos, el encargado de abrir y cerrar sus puertas.

Los verbos atar y desatar son dos metáforas clásicas de los rabinos, y equivalen a prohibir y permitir. En definitiva, cuando Pedro o el hombre de blanco del Vaticano hablan, se acabó toda discusión. Con Cristo no se discute: se le acepta o se le rechaza íntegramente, pero no se le discute.

Parece ser que la única institución donde uno puede “ser más papista que el Papa” es en Iglesia Católica; y aquí no nos jugamos la vida o el puesto de trabajo, nos jugamos la eternidad. Por otra parte, no hay organización que pueda subsistir, sea de trabajo, deportes, política o cualquier otra, si en ella no reina la “obediencia” a las reglas instituidas.

El amor a Cristo y la obediencia a su doctrina han hecho al Hombre de Blanco y a su Iglesia, indestructibles. Y lo seguirán siendo hasta el final de los tiempos.

 
Alejo1926@gmail.com

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