El trabajo, indispensable para alcanzar la felicidad

 

De todas las realidades que componen la vida humana, muy pocas –si exceptuamos el amor– ha estado sujeta a tantas opiniones y conceptos como el trabajo. A lo largo de la historia ha pasado de considerarse una tarea puramente manual, de esfuerzo físico, indigno de las clases superiores, a verlo como la capacidad que tiene el hombre para dejar su huella en todo lo que hace, para ampliar los conocimientos y, en su avance, mejorar el mundo.

El trabajo es exclusivamente una actividad humana. Lo que lo distingue del esfuerzo que realizan los animales –que son una gran ayuda– es su condición inteligente. Hay un autor que dice: “el hombre podría ser definido como un animal que trabaja”, un animal racional, claro, que con su inteligencia y sus manos va modificando el mundo, mejorándolo a cada descubrimiento que hace. Por lo tanto, el hombre está hecho para trabajar, y no condenado a hacerlo.

El esfuerzo, el cansancio, las dificultades que encuentra en su camino, son consecuencias morales de un acto suyo en el amanecer del universo, pero el trabajo en sí es una necesidad del hombre porque está creado para trabajar. Ya en tiempos modernos han habido dos teorías distintas, pero que llevadas al extremo han causado un gran daño a la humanidad.

Son: “el liberalismo” con su sentido mercantilista de ver el trabajo como una mercancía humana; y “el comunismo”, esa parte del marxismo que trata de la economía sin valorar al hombre individualmente, aunque luchando por él por caminos equivocados. El trabajo es necesario para todos y para todo; sin embargo, hay que ponerlo en su justo lugar y darle su justo valor.

Es un medio y no un fin. No podemos convertirnos en personas que sólo viven para trabajar. La vida está llena de facetas y cada una hay que cuidarla y prestarle atención; así conseguiremos ese equilibrio de nuestra personalidad, tan necesario para vivir con alma y con calma. El trabajo bien hecho, poniendo ilusión y esfuerzo, y contando con los fracasos que pueden llegar, tiene una consecuencia social: el prestigio profesional.

La experiencia nos hace comprender que confiamos más en la persona que trabaja bien, que en quien lo hace para salir del paso. Esto en todos los niveles. Un médico que sigue estudiando para estar al día y no quedarse atrás, un funcionario que se esfuerza por ser amable con quien acude a él con un problema; una ama de casa que aunque trabaje en la calle procura llevar su hogar con mentalidad profesional, cuidando los menús para que sean equilibrados, aunque tenga que pasar más tiempo en la cocina…

Todos son dignos por sí mismos y no lo es más el intelectual que el fontanero. En todo caso, lo será quien trabaje mejor y ponga más espíritu de servicio en su tarea. El ejemplo del trabajo bien hecho es la columna vertebral de todo hombre, y de ver esto claro depende gran parte de su felicidad.

Por eso, sería maravilloso que todos pudiéramos trabajar en lo que nos gusta, pero ésa es una utopía irrealizable. Sea cual sea la profesión que tengamos, cuando lo hacemos bien se facilita la mitad y la confianza entre todos, que hace más fácil la ayuda mutua. Esto también puede constituir un pedacito de felicidad.

Y yo, como soy cristiana, añadiría, para el que quiera leerlo: “Ora et labora” (reza y trabaja). ¿Hay quien dé más?

 
psanchezfu@gmail.com
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