¿Hace falta más sangre y más asesinatos?

 

¿Hasta cuándo y qué hacer para poner fin a la maldición de violencia y criminalidad que humilla a la nación y sume en el dolor a miles de familias? Es la pregunta que se hacen todos los mexicanos desde hace décadas, y que siguen a la espera de que gobernantes, autoridades y políticos, tomen decisiones finales.

Pero todo indica que para esta clase especial de mexicanos, que todo lo tienen, el derramamiento de sangre y asesinatos aún no son suficientes. La sociedad se pregunta, para qué y por qué convocar a una reunión para firmar un Pacto Nacional de Seguridad y combatir al crimen organizado, cuando es obligación y deber actuar en consecuencia, con eficiencia y honradez.

¿Por qué se tiene que acordar la obligación de cumplir y aplicar lo que dice y ordena la Constitución –una de las más avanzadas del mundo; tiene la doble ventaja de proteger al hombre tanto en su aspecto individual, como formando parte de un grupo– y las leyes que de ella emanan?

Si cada uno de los jueces, gobernantes, gobernadores, senadores, diputados, alcaldes, ministerios públicos y policías, cumplieran con sus deberes y obligaciones para con la nación y la sociedad, no habría necesidad de estas reuniones, como la del jueves 21 de agosto.

Resultó criminal, ofensiva para el pueblo, por el alarde de arrogancia y poder que hicieron los convocados, cuyo mérito mayúsculo ha sido acumular millonarias fortunas. No escuchan el clamor de seguridad del pueblo y tampoco ven el dolor de las familias de los victimados, que ya suman miles. ¿Por qué el Presidente debe llamar a la unidad –y lealtad–, que debe ser obligada para que las acciones tengan éxito y haya buen gobierno?

Los Tres Poderes de la Unión y los tres niveles de gobierno –federación, estados y municipios, junto con sectores sociales y de la producción– estuvieron ahí, con caras serias y gestos de preocupación, lo que no es indicativo de que cumplirán el llamado por el que fueron reunidos: ¡basta!

La sociedad exige seguridad y tranquilidad para sus vidas, y justicia para las víctimas y sus deudos, y seguridad también para su patrimonio. ¡No más impunidad!, pero tampoco más ineficiencia y corrupción.

Toda la desesperación, injusticia y desigualdad que ahoga a la sociedad, flotó entre los viejos e históricos muros y espacios del Palacio Nacional, apagando el morbo de si Marcelo se sentaría junto al Presidente Felipe Calderón, si le daría la espalda, o si lo dejaría con la mano extendida…

Afortunadamente –gracias a Dios, diría la abuela– nada de eso pasó. Hubiera sido catastrófico y la foto, impresa a todo lo que diera en los diarios, hubiera desatado la escandalera en la radio y televisión, minimizando el acto, que no dista de otros celebrados en anteriores administraciones.

Jolopo, al fin republicano y juarista, nada más se aventó a reunir a toda la República, y mientras dibujaba caballos en servilletas de papel y Rosa Luz Alegría lo miraba con admiración, pues haría ricos a todos los mexicanos, los grillos soltaban apasionados discursos, impregnados de doradas frases de justicia, progreso, igualdad etcétera… farsantes.

La reunión en Palacio Nacional fue discreta. El cinismo y protagonismo de los héroes fue controlado, no así la arrogancia de poder y dinero que los distingue del pueblo. La sorpresa saltó de la lapidaria frase, que libre, sincera y de todo corazón, les arrojó encima el empresario Alejandro Martí: ¡si no pueden, renuncien!

Marcelo la tomó al bote-pronto, se solidarizó con su pena, le ofreció apoyo, y se comprometió a responder a la exigencia. ¡Faltaba más o sobraba menos! Marcelo se avienta esos tiros –los demás tragaron camote y nada más pujaron–, porque tiene tras de sí gobernar una metrópoli caótica, insegura y, además, inundada cada aguacero.

Haber sido despedido por el linchamiento de tres judiciales en Tláhuac, la tragedia del New’s Divine, por la que no manifestó su pesar por los 12 muertos ni ofreció disculpas, ni se solidarizó con los deudos; hacer expropiaciones quitándole su patrimonio al ciudadano, es otra de sus medallitas.

Bajo su responsabilidad fue secuestrado el adolescente Fernando Martí y la joven Silvia Vargas, hija del conocido, prestigiado y respetado profesor Nelson Vargas y la señora Silvia Escalera.

En 2005 fue secuestrado y hasta hoy desaparecido, Hugo Alberto Wallace, cuya madre, la señora Isabel Miranda de Wallace, ante la pasividad e ineficiencia de la autoridad capitalina, hizo por su cuenta y riesgo las necesarias investigaciones. ¡El colmo!

La llamada del Presidente Calderón se dio en medio de acontecimientos brutales, a los que se agregan la matanza en C. Guzmán, Jalisco y Creel, Chihuahua, por citar algunos. En Yucatán, 12 decapitados –delincuentes, ¿reto, de parte de quién?–.

Con motivo de una emboscada por narcos a militares, en Michoacán, en 2007, con saldo de siete soldados muertos, el general Guillermo Almazán, al rendirles honores, por morir en servicio, dijo: “la cifra de elementos caídos en la lucha contra el narco, de 76 a la fecha, llega a 512 elementos de las Fuerzas Armadas y 39 de la Armada”…

El Ejército hace su parte y respondió al solitario llamado del Presidente Felipe Calderón. No hay comparación ni en la lealtad, honor y amor a la patria entre un soldado y un político. Los políticos ni cumplen ni arriesgan nada. Un soldado gana unos cuatro mil pesos al mes, y no es por ello por lo que ofrece su sangre y su vida.

Lo mismo puede decirse de los policías y marinos caídos. El año pasado se registraron 785 secuestros; este año se cuentan 323. Violencia, sangre y muerte que aún no toca a la dorada clase política. ¿Cuánta más sangre? ¿Cuántos más muertos se necesitan? ¡Ya basta! El fracaso no será del Presidente…

Justicia y paz. Cansada, harta y temerosa, la sociedad mexicana, ricos y pobres, finalmente explotaron el pasado sábado 30 de agosto, cuando cientos de miles tomaron la calle en el DF y en 70 ciudades del interior del país y del extranjero para gritar un sonoro: ¡Basta! a la inseguridad y violencia que ha teñido de sangre el territorio nacional y enlutado miles de hogares.

Estuvieron ahí, madres y padres que lloran por el asesinato de un hijo, el secuestro de una hija, o porque el ser querido no aparece por ningún lado. Fue un rugido gigantesco contra la ineptitud, el cinismo y la corrupción de gobernantes, autoridades y políticos.

Una protesta que en otro país cimbraría toda la estructura de gobierno, quedó en que el secretario de SSP del DF, Manuel Mondragón, fuera rechazado y prácticamente expulsado de la marcha, la cual protegía…

¿Pero, en dónde están los ineptos y los corruptos; los culpables?
 
fgmora30@hotmail.com
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