¿Reconciliarnos con las FARC?

 

Con la liberación inesperada y espectacular de 15 rehenes de las FARC, el pueblo colombiano y sus actuales autoridades ganaron, lo que hasta el momento constituye una de las más importantes batallas psicológicas, políticas y militares contra las narcoguerrillas, que asolan Colombia desde hace cuatro décadas.

No obstante, según destacan diversos observadores, la justificada alegría ante la posibilidad de la cercanía de la paz, no debería hacer perder de vista que aún pueden faltar otras etapas para que Colombia llegue a una pacificación estable y duradera, venciendo completamente la guerra.

El rápido vuelco en el lenguaje de la ex candidata presidencial, Ingrid Betancourt, poco después que fuera rescatada y puesta en libertad, sirve de ejemplo que ilustra la complejidad de la psicología humana y, al mismo tiempo, sirve de reflexión sobre eventuales vuelcos análogos que puedan producirse, no solamente en nivel individual, sino colectivo.

Dejando rápidamente atrás un primer momento de elogio a las autoridades colombianas, y de justificación de la riesgosa acción de rescate, la señora Betancourt pasó a afirmar con énfasis que su pensamiento “siempre” será “de izquierda”, que es “necesaria” una negociación con las FARC y que las autoridades colombianas deben “abandonar el lenguaje del odio”.

Hizo elogios a Chávez y llegó a justificar la existencia de las FARC con la vieja tesis de que la causa de la violencia guerrillera se encontraría en la injusticia social, y no en las metas y métodos revolucionarios, propios de un sistema intrínsecamente perverso.

La ex rehén, que ya es calificada como “la Mandela colombiana”, como una referencia al líder izquierdista sudafricano quien, después de salir de la prisión, llegó a la presidencia de su país, fue más lejos cuando afirmó a la BBC que “Uribe y no sólo Uribe, sino toda Colombia, deben corregir algunas cosas”, en el sentido del diálogo, la negociación y la reconciliación.

En el contexto del pensamiento de Betancourt, esa corrección que toda Colombia debería realizar, en las actuales circunstancias podría redundar en una peligrosa desmovilización psicológica e ideológica de un país entero.

En este momento, con relación a Colombia, la palabra “reconciliación” está siendo pronunciada genéricamente por personalidades diversas desde sectores diferentes, a nivel nacional e internacional, aunque sin que se especifique hasta el momento en qué consistiría concretamente.

La ineludible interrogación que se coloca es cuál sería el significado que cada actor o protagonista le concede a esa palabra. En su sentido más simple, reconciliarse significa volver a ser amigos quienes en algún momento, por alguna razón, han dejado de serlo.

Por ejemplo, ¿en qué consistiría, concretamente, esa reconciliación con las FARC y sus miembros, conocidos por su crueldad y radicalidad, quienes hasta el momento no han dado ninguna señal de arrepentimiento por sus crímenes?

En el plano religioso, Benedicto XVI, en sus primeras palabras luego de ser informado de la liberación de los 15 rehenes, incluyó la meta de la reconciliación en Colombia, según trasmitió inmediatamente a la prensa el Padre Lombardi, portavoz de la Santa Sede.

El tema ya había sido abordado por el Pontífice en diversas oportunidades, como por ejemplo en el Angelus del 3 de febrero, y también en el mensaje a los obispos colombianos por ocasión del centenario de la Conferencia Episcopal de ese país.

Por otro lado, en un plano que va más allá del religioso e incursiona en el sociopolítico, los referidos obispos colombianos también han insistido en la reconciliación, en el diálogo y la negociación.

Poco después de la liberación de los rehenes, el hasta hace poco presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, se dirigió a las FARC, manifestándoles que estudiaran “con mucha seriedad” la posibilidad de dialogar con el gobierno. Añadió que en el momento actual, “la salida negociada es la mejor” para los guerrilleros.

También, en el plano político internacional la primera actitud del Presidente Lula de Brasil, cuando se produjo la liberación de Betancourt, fue la de emitir una nota en la cual llama a la “reconciliación entre todos los colombianos”.

El tema se va trasladando de una forma más o menos explícita, al centro de los debates y acontecimientos dentro de Colombia y en su entorno. Es un asunto sumamente delicado porque, como ya se dijo, se precisaría saber qué es lo que cada uno de los promotores de la reconciliación, y los eventuales actores en juego, entienden por ese término.

La preocupación proviene del hecho de que esta palabra, en sí misma tan noble, puede tomar significados ambivalentes, que contribuyan a desmovilizar a los colombianos en momentos en que la guerrilla atraviesa una situación especialmente difícil.

La apertura de procesos de reconciliación, negociaciones y diálogo podría darle tiempo para restañar sus heridas psicológicas, políticas y militares.

Destaque Internacional - Informes de Coyuntura - Año XI - No. 249 - San José de Costa Rica - 15 de julio de 2008 - Responsable: Javier González.

 
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