La conciencia

La conciencia muestra una faceta invaluable, es un proceso espiritual por el cual el ser humano puede “ensimismarse”, para descubrirse y observar sus motivaciones.

En asuntos de ciudadanía oímos hablar de objeción de conciencia y ¿sabemos qué quiere decir? También es posible que hayamos apoyado a quienes defienden la libertad de conciencia, porque nos atraen los asuntos referidos a la libertad, pero ¿sabemos las consecuencias de la libertad de conciencia? Y, en definitiva estos temas ¿me comprometen de alguna manera?


Conciencia de persona


Empecemos por la conciencia. Componente de nuestra persona, indispensable para poder desempeñar el papel que nos corresponde. 

La conciencia es un “reducto” interior en donde nos damos cuenta de lo que debemos hacer. Allí nos encontramos con lo más íntimo de nosotros y descubrimos una ley inscrita en nuestra naturaleza que nos inclina al bien. Allí sólo encontramos lo genuino, no caben disculpas ni evasiones. Aparecen nuestros actos como los hemos realizado y de inmediato reconocemos la valoración moral que les corresponde. 

Cuando sabemos que no hemos actuado bien y no estamos dispuestos a rectificar, evadimos el encuentro íntimo, nos rodeamos de ruido y distractores, nos justificamos e incluso mentimos negando lo que hemos hecho, o lo que es peor calificando de bueno lo que es malo.

La palabra conciencia proviene de los vocablos “cum” y “scientia”, esto indica que implícitamente la conciencia incluye la virtud de la ciencia, y también la recta conciencia da una especial sabiduría a quien la ha cultivado. Esto nos lleva a concluir que la educación de la conciencia siempre implica las virtudes intelectuales de la ciencia y la sabiduría.

La conciencia muestra una faceta invaluable, es un proceso espiritual por el cual el ser humano puede “ensimismarse”, para descubrirse y observar sus motivaciones: fines que persigue, jerarquizaciones adquiridas, propósitos, tendencias manifiestas e imperceptibles, relaciones,…. De alguna manera, la conciencia manifiesta el poder escrutador de la persona, la capacidad de conocerse y conocer a los demás.

Sin embargo ese auto conocimiento no se reduce a un fin en sí sino que es el eslabón necesario para la actuación consciente y libre. La vida humana es conocer para entenderse como un ser de aplicaciones, de aprovechamiento de los recursos evidentes y del descubrimiento de las posibilidades, con el fin de actualizarlas para mejorarse y mejorar el entorno físico y humano.

Por lo tanto, la conciencia en sí tiene que ver con la inteligencia –conocer- y con la voluntad –actuar-. Lógicamente estas operaciones se realizan con plena advertencia que es lo propio de la dimensión ética. 

La conciencia de sí tiene dos niveles, el primero es ubicarse como criatura, el segundo nos hace ver que el primer nivel no señala toda la condición humana porque hace falta reconocer que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios. La condición humana es la unión sustancial corpóreo-espiritual. La espiritualidad incluye la libertad, y esto explica la subordinación de las dinámicas fisiológicas, psicológicas,…a las espirituales.

El reconocimiento de ser imagen y semejanza de Dios propicia una seguridad y un desenvolvimiento vinculado con el Creador. Cuando no se focaliza este segundo nivel de conciencia, la persona vive al margen de una realidad contundente, es semejante a poseer un tesoro totalmente ignorado y, por eso, actuar como limosnero.

La persona humana se desarrolla progresivamente, y para que ese desarrollo sea perfectivo, necesita de la educación. No se trata de actuar por actuar sino de actuar bien, esto es lo propio de la virtud. Por lo tanto, la educación que es un bien común para todos, ha de promover la adquisición de las virtudes. 

La educación incidiendo en la conciencia tiene como finalidad el reconocimiento de la realidad, en primer lugar de sí mismo y luego de la realidad circundante. Esto excluye cualquier deformación subjetivista, sobre todo en la modalidad del relativismo. Con la educación de la conciencia, la persona actúa con respeto a su naturaleza, y a la de las otras criaturas.

Los moralistas hablan de distintos tipos de conciencia, variedad que oscila dentro de dos extremos: la conciencia escrupulosa y la conciencia laxa, por eso, es necesaria la educación para lograr la conciencia recta.

Quien posee una conciencia recta tiene la capacidad de actuar de acuerdo a ella, es una persona fiel a sus convicciones. Una persona así puede entender y vivir de acuerdo a la objeción de conciencia y, con toda razón, puede defender también la libertad de las conciencias: la suya y la de los demás.

 

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Modificado por última vez en Viernes, 09 Marzo 2018 23:29