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Independientes: ¿sí o no?

Si algo está demostrando la campaña para nominar candidatos independientes a las elecciones del 2018, es que la ciudadanía no está particularmente entusiasmada por dichos candidatos. Más allá de las aplicaciones, las reglas y los mecanismos que tanto se han criticado, o la falta de esfuerzo de los equipos de los precandidatos, está el hecho de que la ciudadanía no se ha volcado a apoyar con sus firmas esas candidaturas independientes.


Independientes sin propuestas


Con esto, en mi modesta opinión, la ciudadanía está demostrando un gran sentido común. Por un lado, el ciudadano tiene la casi certeza de que los que se proponen no son tan diferentes. Con pocas excepciones, no son auténticamente independientes. Casi todos los que más suenan, son parte la clase política y han dejado sus partidos por diversas razones. Algunas nobles, otras por ambición. Pero claramente pocos pueden decirse ajenos a lo que la clase política nos ha dado.

Por otro lado, el votante no ha caído en el sofisma que consiste en hacernos creer que ser independiente de la clase política hace que alguna persona pueda ser un buen gobernante. Puede que alguien sin ser de esa “casta dorada” tenga los mismos vicios y ambiciones de los que hoy nos gobiernan. También hay personas buenas y malas que no pertenecen a la clase política. Ser “no político” no es un certificado de bondad o de capacidad para gobernar.

Se escuchan quejas y críticas a la ciudadanía, sobre todo en el sentido de que no hay compromiso o interés por la política en su sentido más amplio. La queja es que el votante no se hace cargo de sus obligaciones. De que no le importa el bien de la patria. Respetuosamente, difiero con esa visión. ¿Cómo podemos esperar un gran entusiasmo cuando los propuestos como precandidatos, sean independientes o partidistas, no muestran signos de que nos ofrezcan algo fundamentalmente mejor? Sí, lo hacen, me dicen algunos. Puede ser. Pero no han hecho, en todo caso, una buena tarea de comunicar ideas que entusiasmen. Y la prueba, lo repito, es que la gran mayoría de los que están recogiendo firmas, no han presentado ninguna. El 78% de los aprobados para recoger firmas, en datos hasta el 12 de noviembre. Ni siquiera las de sus parientes y amigos.

Ante estas situaciones la gran esperanza, posiblemente la única esperanza, es el sentido común de esta ciudadanía. Una ciudadanía que ha demostrado un sano escepticismo, que es cada vez más difícil de engañar o de manipular. Una ciudadanía que está buscando y encontrando nuevos modos de organizarse y que busca encontrar explicaciones y propuestas que hagan sentido sobre el modo de mejorar nuestra situación. Y que, en situaciones de catástrofe, ha demostrado generosidad y heroísmo. ¿Qué no es fácil? Por supuesto, Pero me parece mucho más difícil que lleguemos a una buena política tratando de manipular emocionalmente al ciudadano. O confiarle nuestra patria, una vez más, a nuestra clase política para que sigan aplicando las soluciones que han demostrado una y otra vez que son inservibles. Ni a los seguidores de quienes nos han decepcionado y a veces hasta traicionado, cada vez que les hemos dado nuestra confianza.

Es la ciudadanía. Solo la ciudadanía. Únicamente la ciudadanía quien puede sacarnos de esta situación política.

 

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

 

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