Estamos ante una nueva corriente de ultraderecha en Europa de la cual debemos estar al pendiente.
La razón de esta columna, es para ejemplificar al lector la deformidad que pretenden imponernos lingüísticamente, una aberración en el sentido más estricto de la palabra.
Desde mediados del siglo pasado, se ha dado el fenómeno de la liberación sexual, un movimiento que a pesar de tener opositores en su época, fue visto como un paso adelante en las libertades.
La democracia no ha muerto, nació muerta, y un cadáver no puede morir más de lo que ya se encuentra.
El arte ha sido el reflejo de la sociedad y su contexto correspondiente, equivalente a una radiografía del alma de un grupo de personas según sus estilos y técnicas artísticas.
Todos somos perdedores de la historia y sólo seguiremos aquí hasta que los cazadores decidan dejar a las presas vivir.
La postmodernidad como movimiento cultural puede anotarse un logro que ninguna otra era se había anotado hasta nuestros días: el brutal asesinato de los grandes mitos.
Si la sociedad tuviera creencias y metas, entonces las luchas de género no serían tema de conversación, y los hijos no serían vistos como molestias.
Si no votas, no tienes derecho alguno a criticar o soportar a la democracia, si no votas, no te consideres un ciudadano siquiera.
Una sociedad que se ha permeado a la política y las instituciones, tomando decisiones por emociones, por intuiciones sin fundamentar, por aquello que creemos dogmáticamente que es más humano o correcto, sin pensar en las consecuencias fácticas posteriores a aquella decisión que parecía emocionalmente correcta.