Escuchemos el ‘llamado’ de las ‘llamas’ que arden

El incendio dentro de la catedral de Notre Dame abre las puertas a una reconstrucción de un símbolo católico de gran importancia.


Catedral de Notre Dame 


Comenzaré con dos anécdotas de vida.

En la primera anécdota, la hija de un matrimonio católico que cumpliría quince años de edad, pidió a sus padres como regalo un viaje a París. Ellos cumplieron su sueño y la llevaron hasta esa famosa ciudad francesa. La familia se conmovió al ver la Torre Eiffel, la recorrieron en varias ocasiones mientras estuvieron de visita en la ciudad y regresaron felices para platicar con todos sobre su visita parisina. Ah, pero no se dieron cuenta de algo muy importante, la visita a uno de los monumentos más emblemáticos de la cultura francesa y mundial y un símbolo íntimo de unión en el cristianismo: La Catedral de Notre Dame.

La segunda anécdota es platicada por una joven católica que estuvo un corto período estudiando en Italia y que, durante un fin de semana, algunas de sus compañeras y ella, decidieron hacer una visita a París. Este es un resumen de su recuerdo de aquella visita.

“Cuando llegamos a la ciudad de París desorientadas, después de pedir en escaso francés un café, nos decidimos primero visitar la Catedral de Notre Dame. Siendo yo católica desde siempre, el simple hecho de ver de lejos aquellas torres que se aparecían era ciertamente irreal para mí. Esta catedral había sido durante largo tiempo un sueño muy lejano y sin embargo, allí estaba, en toda su gloria.

Cuando fuimos aún se sentía el frío del invierno, así es que notamos que casi no había turistas y prácticamente solas, parecía que teníamos todo ese lugar que rodeaba a la iglesia para nosotras. Esto, después de caminar a orillas del río Sena y explorar la librería Shakespeare Co., finalmente entramos a Notre Dame en donde dio comienzo la santa misa.

Al caminar por debajo de los enormes arcos góticos y pasar por las imponentes ventanas de vidrio, no podía creer que esta Iglesia estuviera hecha de madera y piedra. Estaba resplandeciente, trascendía las experiencias de cada día, pues evocaba eternidad.

Cuando comenzó la santa misa, mis amigas y yo nos dimos cuenta de que estábamos sentadas detrás de una familia de padre, madre y dos hijos. Inevitablemente los pude observar durante la misa, cuando los padres mostraban a sus hijos cómo hacer el signo de la Cruz y cuándo pararse o estar de rodillas.

Esta imagen de amor me hizo sentirme en mi hogar, no pude haber encontrado otra iglesia u otro lugar para sentirlo más personal. Le di gracias a Dios durante la misa por esta familia. Cuando la santa misa llegó a su fin, nos quedamos un rato para hacer oraciones finales, lo mismo que muchas personas más para mi sorpresa.

Supimos también que, durante la Cuaresma, los peregrinos a Notre Dame tienen la oportunidad de venerar la Corona de Espinas de Nuestro Señor. De pronto fuimos envueltas en un dulce incienso, y el sacerdote portaba la Corona entre sus manos.

Inmediatamente me solté llorando, pues frecuentemente yo meditaba acerca de esa Corona de Espinas, y rezaba por alguna y especial intención. Y allí estaba ¡la misma Corona! No podía creerlo, esto era providencial.

Cuando los guardias nos instaron a salir, voltee varias veces hacia atrás pensando que debía regresar, pues pensaba que Notre Dame siempre estaría allí, esperándome.

Pero lo que queda es la esperanza.

Al apagarse el fuego, los elementos esenciales fueron preservados. Aún en cenizas, Notre Dame nos recuerda en qué dirección está nuestro hogar. No se construyen y preservan catedrales durante cientos de años por cualquier razón, sino porque estos santos lugares nos acercan más a Dios. Estos nos recuerdan de dónde venimos y adónde vamos.

El arrollador sentido de dolor compartido en todo el mundo por este incendio es un testamento de esta verdad. Notre Dame es más que una catedral. Lleva en sí un contenido espiritual. Cuánta coincidencia es que haya tenido que suceder en Semana Santa cuando meditamos en la muerte, superada por nueva Vida.

Esta es la razón por la que debe ser reconstruida, no por nostalgia, sino en nombre de lo que realmente importa. Estoy conmovida por el proyecto que ahora comienza.

Reconstruir es reenfocar nuestras vidas en lo que más importa, lo que descubrí en la catedral fue la familia, la amistad y más que todo, la FE. Yo estoy dispuesta a recomenzar”.

La catedral, como todo lo que simboliza a Cristo, permanece. Permanece en pie y se abre a un tiempo nuevo pues encarna la idea de eternidad. Contiene en sí una continuidad histórica, inextinguible, cimiento de la nación francesa y de la civilización occidental.

En sus orígenes, en ese lugar hubo culto de los celtas. Después en el siglo VI, iglesia de San Esteban y más tarde en el siglo XII comenzó la construcción de Notre Dame. La comunidad creyente que proclama a la Iglesia sigue la visión de Cristo.

De pronto, el fuego, elemento purificador. Poco después sale el capellán de la catedral llevando en una de sus manos la Corona de Espinas y en la otra el Santísimo Sacramento, rescata lo que muchos pensaban perdido.

Un sacerdote mexicano en Pascua nos dice que: Ojalá nuestros cimientos de fe fueran tan fuertes como los cimientos de Notre Dame. Ésta nos muestra que nosotros mismos podemos renacer de las cenizas de nuestros errores y flaquezas y renovarnos como la Catedral.

En Francia, uno de los líderes de la oposición en campaña electoral Jean-Luc Mélenchon, ante la magnitud de lo acontecido dijo: “Estamos de duelo”. A muchos sorprendió esta declaración proviniendo de alguien que proclama a grandes voces la ‘laicidad’, por la posible desaparición de un monumento religioso. Más bien se hubiera esperado de él que guardara silencio. Allí en ese momento, todos recordaron las raíces cristianas de la nación, la catedral como símbolo de reconciliación entre política y religión.

Pero no es lo que podamos decir, sino lo que no podemos decir de la tragedia del incendio de Notre Dame. ¿Es que ya no podemos hablar del pasado? ¿Es que todas son novedades de hoy y del futuro? Vivimos en una sociedad que idealiza el progreso.

Nos rodeamos de cosas que sabemos que se van a reemplazar pronto con otras nuevas y más novedosas en un par de años. Nos podemos cambiar de ciudad, o comenzar una carrera novedosa del momento, y no nos queremos apegar a ninguna casa o apartamento, cambiamos de amigos como cambiar llaves de la casa, olvidamos sus nombres y direcciones y sólo recordamos viejos amigos sin concederles importancia.

A través de las redes del progreso y de los cambios, se encuentra el monumento de Notre Dame, una resonante contradicción a la creencia de que hoy es siempre mejor que ayer. Maravillas como esta catedral que es reliquia del pasado, se levantan sobre todo y más allá de las constantes modificaciones, mareas que suben y bajan de la era moderna.

El fuego que consumía a Notre Dame demandaba que dijéramos ‘algo’ que reflejara la magnitud y el peso de 850 años de historia, algo que describiera la pérdida de la aguja o capitel en llamas. Nuestra sociedad siempre cambiante no nos da las herramientas o el armazón mental para entender lo que significa Notre Dame, o lo que se pudo perder. Es en ese momento en donde vemos cara a cara el fracaso de la visión del mundo que tiene nuestra cultura.

Notre Dame no sólo contradice nuestra cultura al enfrentarse a la marcha del llamado progreso, sino que conecta el pasado, el presente y el futuro al expresar verdades que nunca cambian.

La catedral que permanece como ícono de humanidad debido a que toca el pasado construyendo sobre la tradición greco-romana e invocando las profundidades de la fe cristiana, nos dice algo sobre la magnificencia del Cielo y la belleza del eterno Dios que nos mira desde lo alto para mostrar Su misericordia a un mundo pecador.

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