Notre Dame. Un mes después…

Si los muros de Notre Dame hablaran, que historias revelarían.


Tragedia y reconstruccción


Ha pasado un mes desde aquel lunes 15 de abril en que el mundo entero se conmocionó con una terrible noticia: Un incendio consumía gran parte de la Catedral de Notre Dame a la vez que derrumbaba su emblemática aguja.
Todos vimos al presidente Emanuelle Macron emocionado ante las cámaras y teniendo como telón de fondo las llamas devorando el sagrado recinto. Y le vimos también prometiendo que la emblemática catedral parisina sería restaurada antes de cinco años.

Pues bien, a treinta días de tan inesperado como trágico incendio, vale la pena hablar un poco de Notre Dame, de su historia, de sus anécdotas, de los actos de heroísmo que allí tuvieron lugar, así como de la actitud generosa de quienes desean rescatar tan admirado patrimonio de la humanidad.

Empezaremos recordando que Notre Dame es un templo cuyos cimientos datan de plena Edad Media ya que su construcción se inició allá por 1163.

Fue allí donde, en plena Revolución Francesa, turbas enloquecidas destronaron la imagen de la Madre de Dios para sustituirla por una prostituta a quien dieron el nombre de Diosa Razón.

Fue allí donde el papa Pío VII coronó a un Napoleón que, lleno de soberbia, le quitó la corona de las manos al Sumo Pontífice para colocársela él mismo sobre sus sienes.

Fue allí donde, el 11 de febrero de1931, se suicidó la activista mexicana Antonieta Rivas Mercado pegándose un tiro frente al Altar Mayor.

Fue allí… fue allí… fue allí…

Cuánto podrían contarnos los viejos muros si les fuese permitido hablar.

Allí, en Notre Dame, se encuentra una capilla dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe que fue inaugurada en 1949, a la cual asisten devotamente los mexicanos residentes de París y en donde también se venera al niño cristero San José Sánchez del Río.

Fue allí donde el capellán del cuerpo de bomberos, el padre Jean Marc Fournier, realizó un acto heroico al meterse entre las llamas y rescatar exitosamente una custodia con el Santísimo Sacramento, la corona de espinas de Cristo Nuestro Señor y la túnica de San Luis Rey de Francia.

Aún ardían las brasas de los rescoldos cuando empezaron a manifestarse actos generosos de personas pudientes, entre ellas François-Henry Pinault, esposo de la actriz mexicana Salma Hayek quien de inmediato donó cien millones de euros para las obras de restauración.

Su ejemplo fue imitado por otros magnates y la gran cantidad ya recaudada nos hace pensar que Notre Dame esté completamente restaurada mucho antes de los cinco años que ofreció el presidente Macron.

Ahora bien, a treinta días de que allí estallara el infierno, deseamos hacer algunas reflexiones.

Empezaremos diciendo que, antes de que pasara una semana –el Domingo de Resurrección– militantes del Estado Islámico mataron a 300 cristianos y dejaron heridos a 450 en Sri Lanka.

Un ataque lleno de furor diabólico con el que los extremistas musulmanes pretendían exterminar a la pequeñísima comunidad cristiana que vive en una isla donde las dos terceras partes de la población profesan el budismo.

Nos parece excelente la generosidad que ha demostrado varios magnates al donar recursos para restaurar Notre Dame.

Excelente, sin lugar a dudas. Aunque –a decir verdad– los trabajos de restauración se llevarán a cabo con gran rapidez debido a que Francia es uno de los países más ricos de la Unión Europea.

Es ahora, justo en estos momentos, que aprovechamos para hacer un llamado a la abierta generosidad de quienes con tanta nobleza están ayudando a Notre Dame.

Aquí en México, debido al terremoto del 19 de septiembre de 2017, infinidad de templos –entre ellos el de Nuestra Señora de los Ángeles, en la capital– quedaron seriamente dañados y no hay recursos para repararlos.

Que bueno fuera –y aquí podría ayudar mucho nuestra compatriota Salma Hayek– que, así como han brindado apoyo económico a Notre Dame, hicieran los mismo con los templos dañados tanto en México como en Sri Lanka.

Ojalá lo hiciesen puesto que nuestros pobres pueblos del Tercer Mundo –a diferencia de los europeos– no tienen quienes les echen una mano.

Ha pasado un mes desde el incendio y en Notre Dame han empezado ya a limpiar los escombros.

En cambio, aquí en México, pronto se cumplirán dos años del terremoto y los templos derruidos cada día que pasa están peor.

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