Lasallistas

Los lasallistas llegaron a México el 3 de diciembre de 1905 y lo primero que hicieron fue ir a la Basílica de Guadalupe para encomendar sus trabajos a la protección amorosa de la Virgen del Tepeyac.



Este año 2019 es de gran fiesta –un auténtico jubileo–, dentro de la familia lasallista.

Y no es para menos puesto que el pasado 7 de abril se cumplieron tres siglos de la muerte de quien fuera su egregio fundador: San Juan Bautista de la Salle.

Este gran personaje, a quien Pío XII declaró Patrono Universal de los Maestros en 1950, se dedicó en cuerpo y alma a la educación de la niñez y juventud.

Cuando inició su gran obra, solamente los niños ricos tenían acceso a la educación; en cambio los hijos de los pobres vagaban por las calles sin rumbo fijo, expuestos a toda clase de peligros y arreglándose como iban pudiendo.

San Juan Bautista de la Salle salió en su busca, los agrupó por edad y no por clase económica y decidió instruirlos en su idioma natal y no en latín, como hasta entonces se venía haciendo.

Redactó un manual pedagógico, fundó la primera escuela para maestros y muy pronto su obra se extendió no sólo por Francia sino por el mundo entero.

En 1719, año de su muerte, había cien hermanos dirigiendo 25 escuelas. Actualmente su obra está presente en más de 80 países, incluyendo tierras de misión.

Fue beatificado en 1888 por León XIII y fue el mismo papa quien lo canonizó en 1900.

Los hermanos lasallistas, cuyo nombre oficial es el de Hermanos de las Escuelas Cristianas, renovaron totalmente un sistema educativo que era caduco e inoperante.

Gracias al inimitable estilo lasallista de educar y convivir al mismo tiempo con sus alumnos, es posible que –sin faltarse jamás al respeto– se rompa esa ridícula barrera que en otras instituciones educativas separa a los educandos de sus educadores.

Y es así como, ya sea por medio de una convivencia juvenil u organizando un equipo deportivo o fundando una estudiantina, vemos siempre al hermano lasallista conviviendo con sus alumnos y tratándolos como si fuera (que lo es) el mejor de sus amigos.

Gracias al sello lasallista que reciben los alumnos, se logra que, más que estar en el colegio (algo que también podría ocurrir en una academia de idiomas) el alumno se sienta parte viva de su querido colegio.

Los lasallistas llegaron a México el 3 de diciembre de 1905 y lo primero que hicieron fue ir a la Basílica de Guadalupe para encomendar sus trabajos a la protección amorosa de la Virgen del Tepeyac.

Piadoso comienzo que atrajo las bendiciones del Cielo puesto que –entre 1905 y 1914– a México llegaron 196 lasallistas y en nueve años habían establecido un noviciado y varias casas de formación.

Vinieron los tiempos difíciles de la Revolución y de las persecuciones de Calles y de Cárdenas. Todo parecía venirse abajo. Sin embargo, lograron salir adelante y fue así como de sus colegios salieron personajes que destacaron en la vida pública de México.

De aquellos exalumnos lasallistas, aparte de otros muchos, mencionaremos a monseñor Octavio Márquez y Toriz, arzobispo de Puebla; Alfonso Junco, destacado pensador; Manuel Tello, exsecretario de Relaciones Exteriores; Agapito del Pozo, expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Miguel de la Madrid, expresidente de México; el padre Antonio Brambila, escritor y filósofo; José Bravo Ugarte, S.J., historiador.

Y una serie interminable de personajes –unos más conocidos que otros– que desde sus puestos de poder e influencia mucho contribuyeron a que no se corrompiera la sociedad mexicana.

Y concluimos con la siguiente reflexión:

Mucho le agradezco a mis queridos padres, Nemesio y Sara Esperanza, que hayan dispuesto que me formase en el Colegio Cristóbal Colón, de la Ciudad de México, dirigido por los hermanos lasallistas.

Fueron decisivos en mi formación. La deuda que tengo con ellos es inmensa.

Dios quiera que, al cumplirse tres siglos de la muerte de su santo fundador, se renueven, se adapten a los tiempos actuales y continúen sembrando semillas de Fe, bondad y cultura.

 

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