Riesgos y ventajas de las tarjetas de crédito

Las tarjetas de crédito pueden ser como una lámpara maravillosa, pueden cumplir todos nuestros deseos; pero hay que saber cómo utilizarlas y no comprometernos al satisfacer nuestros deseos.


Tarjetas de Crédito


Tiempos aquellos de nuestra lejana y feliz infancia en que nuestra imaginación volaba al escuchar el cuento del legendario Aladino.

Aladino –todos lo recordamos– tenía una lámpara maravillosa que cuando la frotaba se le aparecía un mago dispuesto a concederle cuanto le pidiera.

Aladino frotaba, el mago aparecía, Aladino pedía y era así como le concedían bolsas llenas de monedas de oro, la salud de su padre enfermo, viajar por países exóticos, los favores de una bella mujer, etc., etc., etc.

Esta introducción viene a cuento por la sencilla razón de que quien posee una tarjeta de crédito piensa que en sus manos tiene todo el poder. Algo parecido a la mítica lámpara de Aladino.

Sin embargo, no hay que olvidar jamás que la tarjeta de crédito no es más que un sistema mediante el cual el banco nos presta dinero.

Ahora bien, el dinero plástico –nombre con el cual se conoce a este sistema de préstamo bancario– es uno de los grandes inventos de la época moderna y, como tal, tiene sus ventajas e inconvenientes.

Ventajas serían poder comprar, alquilar e –incluso– disponer de dinero en efectivo en horarios nocturnos, sin necesidad de correr el riesgo de llevar billetes en el bolsillo.

El hecho de ser tarjetahabiente hace posible que aprovechemos una oferta que se nos presenta y que no podríamos disfrutar si esperásemos a cobrar el sueldo que recibimos de la empresa en donde trabajamos.

Asimismo, los hoteles y los hospitales suelen conceder reservas y dar sus servicios prefiriendo siempre a quien presente su respectiva tarjeta ya que, de ese modo, se aseguran el pago por adelantado.

Es así como la tarjeta de crédito opera cual si fuese la auténtica lámpara de Aladino que todo nos concede porque nos abre todas las puertas.

Esas serían las ventajas.

Ahora bien, si vemos la otra cara de la moneda, nos encontraremos con que, si se hace un uso imprudente de la tarjeta, son muchos más los inconvenientes.

Quien, creyéndose poseedor de la lámpara de Aladino, caiga en la vorágine del consumismo y empiece a gastar a tontas y a locas se topará muy pronto con la cruda realidad.

Quien se endeude más allá de su real capacidad de crédito, verá como no solamente no puede pagar, sino incluso como los intereses crecerán como bola de nieve hasta aplastarlo sin piedad.

Y es que ese es uno de los grandes negocios de los banqueros: Fomentar que la gente gaste, se endeude y se vea obligada a pagar –aparte de la deuda– intereses y, en un caso extremo, intereses sobre los intereses.

En esta trapa en que –por falta de madurez sicológica– incurren quienes usan imprudentemente de la tarjeta mucho tienen que ver los empleados bancarios.

Quienes trabajan en los bancos y casi nos suplican que adquiramos una tarjeta, son los mismos que suelen mostrarse ambiguos cuando alguien les pregunta cuál es la fecha exacta a partir de la cual a empezarán a cobrarse los intereses.

Es muy importante recordar que quien hace uso de una tarjeta de crédito lo que está haciendo es solicitar un préstamo bancario que habrá de ser pagado por la buena o por la mala.

Por la buena, cubriéndolo a tiempo y sin demasiados intereses, si acaso hubo un despiste o se ignoró la fecha del vencimiento.

Por la mala, viendo como los intereses duplican e incluso triplican la deuda, llegándose al penoso extremo de que sean embargado el auto, el piso y otros objetos de valor.

Bien lo dice el refrán: “De enero a enero, el dinero es del banquero”.

Aquí la idea medular consiste en que debemos tomar conciencia de que lo importante es poner en práctica la sana virtud de la austeridad.

Y la austeridad consiste en rechazar la tentación de darse un nivel de vida que no nos corresponde.

Debemos comprender que, si sabemos utilizar de manera racional la tarjeta de crédito, esta puede ser un poderoso aliado que nos ayude a ordenar nuestra economía doméstica.

En cambio, si nos volvemos locos y empezamos a frotar la lámpara pidiéndole al mago Aladino un viaje al Caribe, un piso en Marbella o un automóvil de esos que solamente tienen los políticos, las estrellas de cine y –por supuesto– los banqueros, entonces pueden cambiar las cosas.

Y es que –una vez endeudados más allá de nuestra capacidad de crédito– veremos como el mago Aladino se transforma, le crecen los colmillos como si fuera un vampiro, saca un látigo y es entonces cuando empieza a perseguirnos.

Un verdugo implacable que, en cuanto nos tenga entre sus garras, nos hará pagar no solamente el préstamo que le pedimos al banco sino más, mucho más, de lo que realmente hemos gastado.

Y, una vez que hayamos quebrado, si acaso los bancos nos despojaron del piso que teníamos… ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo quedarán nuestras familias?

Ni duda cabe que un endeudamiento exagerado contribuye no sólo a la quiebra familiar sino también a la descomposición del tejido social.

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