Ante el suicidio demográfico

La política de control de la natalidad ha traído graves consecuencias demográficas que actualmente son una amenaza real para muchos países.


Papa paulo VI Encíclica 


La política de control de la natalidad ha traído graves consecuencias demográficas que actualmente son una amenaza real para muchos países.

Ya lo hemos dicho en alguna otra ocasión y con gusto lo volvemos a repetir: El beato Pablo VI fue un auténtico visionario que, desde hace medio siglo, logró predecir los problemas del mundo actual.

Efectivamente, por medio de la encíclica Humanae Vitae, el entonces Sumo Pontífice de la Iglesia Católica predijo las consecuencias desastrosas que se abatirían sobre la humanidad si insistía en la práctica abusiva del control natal.

En su momento, y a raíz de dicha encíclica, Pablo VI fue atacado con una furia nunca antes vista.

Y producto de tan crueles ataques fue que el común de la gente creyese que se trataba de un viejo chocho que exageraba. Se redujo el número de nacimientos y –consecuencia fatal– en estos momentos, la humanidad padece lo que se conoce ya como suicidio demográfico.

Y todo porque una sociedad alocada, en vez de escuchar la voz del papa, prefirió prestarle oídos a los mitos.
Claro está que, al hablar de mitos, habrá que reconocer que los hay de tres tipos: benéficos, neutros y dañinos.
Mito benéfico sería el de los Santos Reyes regalando juguetes. Sus consecuencias serían: Esperanza, ilusión y piedad infantil.

Mito neutro sería creer que la gripe es causada por las corrientes de aire. Consecuencia: Las madres insisten en arropar a los niños.

Y mito dañino es afirmar que existe una explosión demográfica que acabará con los recursos naturales del planeta.

El resultado fatal es una política antinatalista que trae gravísimas consecuencias de tipo social, económico, político y moral.

Pues bien, prestándole oídos a un mito dañino como es el de la explosión demográfica, la gran mayoría despreció las advertencias dadas por aquel gran Papa prefiriendo hacer lo que más le convenía.

Y fue así como, al volverse más cómoda la gente, se dieron una serie de fenómenos:

*A mayor prosperidad se tuvieron menos hijos.
*Se dio una mentalidad de desprecio contra las amas de casa exigiendo casi que la mujer trabajase, aunque no tuviera necesidad.
*El ecologismo radical llevado al extremo derivó en una política antinatalista.
*Anteriormente eran los padres quienes sostenían a sus padres al llegar la vejez. Al verse como ahora es el Estado quien lo hace, muchos matrimonios creyeron que los hijos salían sobrando.

Consecuencia fatal: Se invirtió la pirámide demográfica. En vez de ser más amplia la base de jóvenes que producen, ocurre al revés puesto que el sector productivo es una franja cada vez más estrecha que soporta sobre sus hombros una carga cada vez más pesada de ancianos que solamente consumen sin aportar nada.

Al haber menos gente productiva que pague impuestos, el Estado se encuentra con menos recursos para ¡ironías de la vida! Sostener a esos ancianos que, cuando eran jóvenes, decidieron tener pocos hijos porque confiaban en que el Estado habría de alimentarlos.

Si en un tiempo se creyó que los hijos eran una carga, ante la realidad actual, se ve cómo, de hecho, quienes son una carga son los ancianos.

En algunos países del Viejo Continente, como sería el caso de Holanda, se pretende resolver este problema de los ancianos improductivos recurriendo a le eutanasia.

El caso es que se están dando soluciones sangrientas a un problema causado por el egoísmo humano.

En efecto, si en un tiempo padres egoístas recurrieron al aborto para controlar la natalidad, ahora se ve como hijos egoístas recurren a la eutanasia para librarse de los viejos que les estorban.

Pablo VI vio muy claro hacia donde se encaminaba la humanidad; fue por ello que dio la voz de alarma hace medio siglo.

No obstante, aún hay tiempo y esta situación de suicidio demográfico bien podría revertirse.

Una solución que consistiría en dos cosas: En que la gente tome conciencia de la gravedad del problema y –fruto de esa toma de conciencia– se decida a casarse a menor edad y a tener hijos cuanto antes.

Y una vez que se decidan a tener hijos, esos jóvenes matrimonios rechacen –como si huyeran de la peste– la práctica suicida del control natal.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com