El pueblo que no quería crecer

Una pequeña reflexión a partir de la obra El Pueblo que no Quería Crecer que nos permite comparar al México de hoy con la antigua Grecia.


El pueblo que no quería crecer


Si no se presupone el mal, no hay justicia posible. La irresponsabilidad general vuelve posible la colaboración con el mal.
Polibio de Arcadi

Polibio de Arcadia es el pseudónimo con el que solía escribir Ikram Antaki, querida y extrañada amiga (q.e.p.d.), de cuya obra: El Pueblo que no Quería Crecer1, extraigo algunas ideas para poder ilustrar este artículo. En dicho libro, Polibio describe, en un imaginario viaje de Grecia a México (algo así como el túnel del tiempo), las vicisitudes que vivió en tierras mexicanas y las reflexiones que de ella extrae.

Si hoy viviera Ikram Antaki seguramente se sorprendería de lo acertado de sus reflexiones, de su lucidez y de su visión comprensiva de la realidad mexicana. Sobre todo, no deja de sorprendernos a nosotros. Describe con extraordinaria claridad la incapacidad de millones de mexicanos para integrarse al mundo; para abandonar los prejuicios de las supuestas conquistas sindicales; del reiterado discurso sobre la soberanía nacional que no es, al decir de Polibio, sino el reflejo de un complejo de inferioridad que impide cualquier cambio que venga de afuera o de adentro del país.

México es un país que no ha sabido o no ha querido madurar. La democracia, que finalmente llegó en el 2000 con la alternancia en el poder, no ha sido suficiente. De hecho, se quedó en la formalidad procedimental. La oposición, entonces liderada por el PRI, no pudo asimilar la derrota y se convirtió en una fuerza mezquina que impidió las reformas de fondo que necesitaba el país. Ellos esperaban un tiempo mejor para retomarlas desde el poder, pero cuando ese tiempo llegó, las condiciones habían cambiado radicalmente. Por poner un ejemplo, los líderes sindicales, otrora vinculados estrechamente al PRI, habían paulatinamente cambiado de amo. ¿Cómo ocurrió esto? Un nuevo partido populista les ofreció impunidad (chantaje), a cambio de su apoyo incondicional, y así ocurrió. Ya volvió por sus fueros Elba Esther Gordillo; a Romero Deschamps no se le puede tocar, a pesar de la corrupción por la que ha sido señalado; a Napoleón Gómez Urrutia lo hizo senador, e inclusive a una chantajista y secuestradora (Nestora Salgado), la hizo “legisladora” el nuevo Gran Tlatoani…

Seguimos viendo en la marquesina política las mismas caras y los mismos gestos del “viejo régimen” (como le llama Polibio). Treinta millones de mexicanos votaron por un cambio, por una utopía, por una idílica transformación de México, pero sólo se ha transformado el discurso, un discurso lento, que huele a rancio, por no decir podrido: de nuevo, los precios de garantía en el campo para lograr la ansiada, pero imposible, autosuficiencia alimentaria; otra vez, la Doctrina Estrada; nuevamente, las designaciones cómplices en la Fiscalía General, en la Suprema Corte, en el Banco de México; una vez más, la corrupción que suponen las grandes obras sin licitación; leyes a modo para que un hombre vulgar pueda dirigir una noble institución, etc.. Y de nuevo en el candelero, Porfiirio Muñoz Ledo, Manuel Bartlett (el que dio el triunfo al innombrable, C. Salinas de Gortari), Esteban Moctezuma, y sobre todo, chantajistas profesionales.

Así, “la perfección utópica está lejos de verificarse en la sociedad mexicana: aquí, unos utilizan a otros y todos se usan mutuamente por medio del engaño, la simulación, el poder y la fuerza, pero jamás en beneficio del conjunto social”2. Realmente, Polibio no se ha regresado a Grecia, sigue entre nosotros, lamentándose de las desgracias de las que es mudo testigo: todos se han usado mutuamente, por medio del engaño y la ambición, sólo para sumarse a un proyecto caótico, un mazacote político que en nada ha beneficiado al conjunto social, pero sí lo ha perjudicado y en muy poco tiempo. Su “Alteza Serenísima” (como se hacía llamar Miguel Hidalgo), supo sumar ambiciones de muy diferente rumbo y hechura política que, por su naturaleza, hubiera parecido imposible reunir en un solo coctel, con la promesa, a algunos, de la impunidad, a otros, con un espacio de poder en el gobierno.

“Este país es extraño: las mismas leyes de la naturaleza parecen estar revertidas. Yo conozco un mito griego –dice Polibio– donde el sol voltea su carrera y los puntos que se llaman cardinales cambian de posición. […] Volvamos a épocas anteriores al saber peligroso; busquemos en la tumba antigua. De ella salió el chantajista que cuestiona la permanencia de la vida y la unidad y la estructura misma del Estado. El chantajista se ha vuelto amo de la historia y amo del juego; sus reglas nacen de la revaloración de las leyes del intercambio entre México y el mundo, entre el pasado y el presente, entre la ruptura y la negociación”3.

Ese chantajista, AMLO, es el que se ha apoderado de lo muerto de la historia, para hacernos creer que, sin el culto a ese muerto embalsamado, todo se destruirá. La verdad es que López es un chantajista y un reaccionario, en el sentido que le da Ortega y Gasset: “El reaccionarismo radical no se caracteriza, en última instancia, por su desamor a la modernidad, sino por su manera de tratar el pasado. […] La muerte de lo muerto es la vida. […] Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo de vida. Lo arranca de la esfera de la vitalidad y, bien muerto, lo sienta en su trono para que rija las almas de los vivos”.4

Ese impulso radical que lleva a pensar a AMLO que se puede guiar por lo muerto de la historia, es lo que lo hace más peligroso. El mundo exterior le da miedo, porque su mundo interior es muy pequeño. Tal vez por ello se sienta cómodo tratando con el chantajista, porque él mismo lo es (remember los pozos petroleros en Tabasco y el fraude a la CFE en Tabasco, como chantajes consumados). Es chantaje usar el dinero de todos los mexicanos para pagarles a los delincuentes Por otro lado, López siente una terrible incomodidad en su contacto con el mundo exterior. Éste le da miedo, simplemente porque no lo puede controlar.

Pero más vulnerable que el pequeño mundo de AMLO en lo político y en lo económico, es su debilidad frente a la cultura universal, por lo cual también su miedo es universal. El mundo no se resume en sus héroes personales o tribales, a los que puede invocar, como Madero lo hacía con el “espíritu de Juárez”, para que acudan en su auxilio. AMLO no conoce la verdadera grandeza de México, porque su visión es la de la historia oficial. Eso explica también su muy pobre visión de un mundo que es mucho más de lo que pueda él imaginar, porque su propia formación no da para más. ¿Pero cómo explicárselo? ¿Cómo explicarle que la Secretaria de Cultura carece de la ídem o que Paco Ignacio Taibo II no puede dirigir el Fondo de Cultura Económica, por elementales razones?

“¿Cómo explicarles (a los mexicanos) –dice Ikram Antaki– que existe una alegría en lo universal, que el conocimiento perfecto es participación universal sin la cual sería inútil, y le sería al hombre imposible elevarse? La individualidad se resuelve en la universalidad para elevarse y alcanzar la libertad, y a la virtud adquirida de la voluntad”5.

1. Polibio de Arcadia (Ikram Antaki), El Pueblo que no Quería Crecer. Ed. Océano, México, 2002.

2. Idem, p. 100

3. Idem. P. 126

4. Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Espasa Calpe, Madrid, 1982, pp. 24-25

5. Polibio de Arcadia, Op. Cit., p. 44

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