El valor de la vida

Se trata ahora de repensar la vida.


Repensar la vida 


El acostumbramiento es la tumba de todo. ¿De todo? Y ¿qué es todo?

Todo incluye nuestros tesoros. Aquello por lo que hemos luchado, y una vez conseguido nos hace muy felices. Son personas, son grupos sociales como nuestra familia, son objetos en sí valiosos o porque nos recuerdan momentos de alegría. Es algo que funciona bien, como la salud, pero la base de estos hechos, sin la cual nada de esta enumeración existiría, es la vida.

Llevamos una larga temporada en la que se ha acuñado la palabra “repensar”, incluso hay bastantes libros cuyo título es repensar la familia, repensar el amor,… y esto tiene mucho sentido porque es detenernos en asuntos cotidianos pero importantísimos para revalorarlos, pues podríamos tirarlos por la borda.

Se trata ahora de repensar la vida. Sin vida quién podría disfrutar el paisaje de un acantilado, la variedad de coloraciones en un desierto durante el paso de las horas del día, los subyugantes movimientos de las olas del mar. Toda esta es una enumeración de realidades sin vida. Pero también se disfrutan los efectos de los diversos grados de vida, desde la apertura de una flor o el murmullo de las aves hasta las facetas del rostro de un bebé que llora y luego recupera la sonrisa.

Quien disfruta de los sucesos en el más alto grado es el ser humano, porque lo hace en el instante en que suceden, pero los eterniza cada vez que los recuerda. Estos sucesos experimentados sin excepción nos muestran la vida humana como la más rica. Por eso, la estamos repensando.

Las actividades realizadas por las personas tienen su claro-obscuro. Por ejemplo, la proliferación de las mascotas muestra la capacidad humana de disfrutar la calidez de los instintos afectivos de los animales, como la alegría exclusiva de la acogida del amo. Lo obscuro es la posibilidad de quedar atrapado en la exclusividad de esas relaciones y no dar lugar a las interpersonales.

Las interpersonales aunque más difíciles nos benefician en el más alto nivel. En ellas el intercambio afectivo reta a aprender distintos modos, lo mismo se puede decir del intercambio intelectual y del intercambio volitivo. Los dos últimos son la base de la función educativa informal, el día a día en estas relaciones nos deja un pozo de adelantos.

Es imprescindible repensar la vida, porque desgraciadamente la velocidad, la superficialidad, la tendencia a evadir problemas, nos ha llevado a afirmar lo inverosímil: descartar vidas humanas porque nos demandarán ayuda, nos impedirán hacer lo que no venga en gana, porque no las teníamos programadas y nos estorban…

Repensar mi vida, con sinceridad, puede ayudar a detectar aspectos gravemente descalificables. Por eso, repensar mi vida puede ayudarme a recuperar el bien estar interior, a reconocer los argumentos en que me justifico pero sé que son falacias.

Repensar mi vida ayudará a repensar la vida de los demás, especialmente de lo más cercanos, y son cercanos porque los elegí.

Repensar mi vida destierra el acostumbramiento, destierra el peligro de tirar mis tesoros y quedarme en la más absoluta soledad y pobreza.

 

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