Pablo el caminante eterno, capítulo XLVI. Escribiendo a los corintios

“Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios.” San Pablo


San Pablo en Efeso 


Corinto como ya lo habíamos visto era una ciudad llena de contrastes, en ella brilló intensamente la personalidad de Pablo, que a diferencia de los otros filósofos que pasaban por la ciudad no predicaba de arriba hacia abajo, sino que se asemejaba a todos, para estar cerca de todos.

Pero ya han pasado cuatro años en que Pablo había trabajado intensamente para fundar ahí, en medio de tantas formas de pensar vivía la comunidad cristiana, y si durante su estancia se estableció un gran oren entre la comunidad para vivir la fe en medio de tantas adversidades y tentaciones, para entonces se dejaba sentir que la debilidad humana estaba saliendo a relucir.

Pablo había dejado establecido con claridad que la comunidad estaba libre de las ataduras de las pesadas leyes judías, que los rabinos con el paso del tiempo habían ido poniendo sobre las espaladas de los judíos, pero también previniendo a otros de dejarse llevar por el intelectualismo griego que hacía inaceptables muchas de las verdades de la fe, impulsando a muchos a decir que lo importante era conocer, y entre más se conociera se estaba más cercano a Cristo, independientemente de la conducta de cada uno.

Apolo llegó a Éfeso con noticias que entristecían y alarmaban a Pablo, demasiados problemas personales entre los miembros de la comunidad ocasionados por una falta de caridad, además de haber inclusive hechos escandalosos que eran inaceptables ente los cristianos.

Por si fuera poco, se habían además formado partidos, algunos decían que preferían seguir a Apolo por su forma brillante de presentar alegorías sobre las escrituras, contra la forma realista y un tanto austera de Pablo, y otros decían que ellos pertenecían a Pedro, sin que seguramente el apóstol tuviera nada que ver con estas divisiones, y todavía había otros grupo que se decía estar directa mente conectado a Cristo y habían llegado a negar el matrimonio y la resurrección corporal de los cuerpos.

Así vemos que crisis ha habido desde el inicio de la Iglesia, por lo que no es extraordinario que en estos tiempos también las tengamos; pero al final siempre se impone la verdad, y la unidad de la Iglesia que estará siempre en torno a Cristo y su vicario en la tierra que es el Papa.

Pablo ora intensamente para encontrar la manera de dirigirse a esta comunidad tan querida, y en sus primeros capítulos encuentra como raíces de estas divisiones la estima exagerada de lo puramente humano y personal, aunado a la falta de discernimiento de lo espiritual, y un vacío creado por un exceso de palabrería con muy podo fondo.

Otro punto importante era aclarar que el bautismo no es más importante por qué una persona u otra lo administre, sino por la acción de Dios a través de sus enviados que lo hace igual si es realizado por Pablo, por Apolo, o por cualquier otro ministro ya que su valor proviene de la muerte de Cristo en la Cruz.

Así lo escribe Pablo en su carta: “Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios.

“Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: «Yo soy de Pablo», y otro: «Yo soy de Apolo», o «Yo soy de Cefas», o «Yo soy de Cristo». ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?

“Doy gracias a Dios de no haber bautizado a ninguno de ustedes, a excepción de Crispo y Gayo,  pues así nadie podrá decir que fue bautizado en mi nombre.  Perdón, también bauticé a la familia de Estéfanas. Fuera de éstos no recuerdo haber bautizado a ningún otro”.

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