De fuente ovejuna de Acatlán

¿Qué hacer cuando quien es la instancia de apelación es justamente quien es parcial, alevoso y cruel?


Fuente Ovejuna


En 1619, ¡hace casi cuatrocientos años, Lope de Vega publicó Fuente Ovejuna, célebre drama que relata el levantamiento de un pueblo oprimido en contra del comendador, Don Fernán Gómez, cuando éste, en el colmo de su tiranía, llega a violar a Laurencia, prometida de Frondoso. El pueblo no quiere desobedecer al rey (por eso claman: “¡Vivan Fernando e Isabel, y mueran los traidores!”), su intención no es desobedecer la ley (“presto España les dará la obediencia de sus leyes”), lo único que quiere es que haya justicia efectiva (“Justicia del cielo baje”). Pero, ¿qué hacer cuando quien tiene por oficio impartirla es precisamente quien la comete?, ¿qué hacer cuando quien es la instancia de apelación es justamente quien es parcial, alevoso y cruel?

El drama involucra lo polar. El amor virtuoso de Frondoso a Laurencia contrasta con la apetencia de don Fernán a ella. Al final, la indignación del pueblo, la imposibilidad de resolver por los mecanismos e instancias autorizadas, el diálogo vedado dejan abierta una única salida: matar al comendador. Cuando los jueces llegan al pueblo, se topan con un pueblo unido en la indignación aunque unido en el crimen. Nadie delata a nadie, todos asumen la responsabilidad del hecho. El juez les pregunta en varias ocasiones: “¿Quién mató al Comendador?” y cada uno de los interrogados respondía: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Ocho veces se pregunta, a niños y grandes, a mujeres y hombres, todos responden lo mismo. Cuando el juez, al final del drama da su informe a los reyes, cuenta incluso que al potro arrimó a niños, es decir, se valió de la tortura para obtener una sola cosa: ¿quién mató al comendador? La respuesta fue siempre la misma: Fuente Ovejuna. El rey termina admitiendo finalmente: “Pues no puede averiguarse / el sucesso por escrito, / aunque fue grave el delito, / por fuerça ha de perdonarse.”

¿Quién es Fuente Ovejuna? Todo el pueblo, a una. En Acatlán de Osorio, Puebla, hace unos días presenciamos un linchamiento horrendo: quemaron a dos campesinos inocentes. Al parecer había circulado antes, en el pueblo, el rumor de “robachicos” por la zona. Ellos vieron a dos desconocidos e hicieron un razonamiento estúpido, precipitado, injusto. Lo cruento del suceso merece un análisis un poco más detenido. Espero la obra de Lope nos guíe para observar las diferencias entre Fuente Ovejuna y Acatlán.

-En Fuente Ovejuna hay la certeza, padecida en carne propia, de la injusticia reiterada, prolongada y alevosa del comendador. En Acatlán hay una hipótesis, un rumor, una mera posibilidad, una cadena de Whatsapp que desencadena la histeria popular.

-La bellaquería de Don Fernán a Laurencia fue la gota que derramó un vaso; la indignación estaba ya al borde; la impotencia urgía a la última acción que quedaba. En Acatlán se optó por la muerte como la primera opción a la mano.

-A don Fernán le advierten sus soldados, sus criados, sus regidores, su pueblo… de una y otra forma que aquello debe detenerse, que el pueblo buscará la justicia. Le dice Flores al tirano: “Cuando se alteran / los pueblos agraviados, y resuelven, / nunca sin sangre o sin vengança / vuelven”. En Acatlán la policía municipal entregó a los campesinos a una turba enardecida; hasta Pilato tuvo la cordura de simular un juicio antes de entregar sangre inocente. En el primer caso el imputado es consciente de los agravios que comete; en el segundo se vive una pesadilla en absoluta ignorancia e indefensión.

-En Acatlán hay una ansiedad, cierto, fruto del clima de violencia generalizado que hay en nuestra patria, donde todos están prestos a la defensa de su propia vida y de los suyos. En Acatlán esta ansiedad se mezcla con la venganza. Venganza indirecta, venganza mal enfocada, venganza hacia un estado de las cosas que a todos nos indigna, se quiere alzar una voz “a quien corresponda”; sean esos campesinos o no los culpables, la lección está dada a los cuatro vientos: “a este pueblo no se les ocurra venir, malditos robachicos”. Participación ciudadana y la libertad de expresión ambos vertidos en una orgía de sangre. La democracia de Fuente Ovejuna, al menos a mí me parece más legítima: la sed es de justicia, no de sangre, aunque la sangre la haya apagado.

-En Acatlán se atenta contra la concepción weberiana del Estado como quien detenta el monopolio de la violencia. Pero más cosas preocupan en esa escena, entre ellas, una: que la muerte del inocente sea espectáculo, mórbida curiosidad que se desfogaba en el circo romano cuando las mártires cristianas eran llevadas desnudas a que las devoraran tigres. El césar era cruel… y más cruel me parece un pueblo que se goza en ello, ya hace dos mil años en un anfiteatro, ya hoy en las redes sociales reproduciendo los videos que circulan. En Fuente Ovejuna no hay gozo en el linchamiento.

-Acudieron jueces a Fuente Ovejuna después del incidente; hasta el rey llegó. En Acatlán no hay prisa, y, como en otros linchamientos que ha habido en los últimos años, tal vez no haya consecuencia alguna. Esto es un ingrediente peligrosísimo para que se vuelva a repetir.

-El rey finaliza la obra con una afirmación contundente: “Y la villa es bien se quede / en mí, pues de mí se vale, / hasta ver si acaso sale / Comendador que la herede”. El rey asume directamente el control de un pueblo… no lo deja sin autoridad, sin ley, sin rumbo. ¿Cuál es la actitud de los gobernadores de los estados donde ha habido linchamientos en los últimos años?

En fin, que la historia y la literatura nos dan cátedra, eso ni quién lo dude. Ojalá que tengamos la suficiente prudencia ciudadana para construir la patria que hoy más que nunca se necesita.

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