El arribo a la normalidad

Tras 100 días de la 4 Transformación solo queda asumir que debemos acostumbrarnos a muchos más días así.


Acostumbrarnos a AMLO


Una vez concluidos los festejos que celebraron los 100 días, podemos decir que nos acercaremos a lo que será nuestra normalidad política bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Por supuesto que tendremos sorpresas, anuncios espectaculares, malas decisiones, pésimas decisiones, insultos a granel, provocaciones, saludos, nombramientos, cancelaciones, inauguraciones, hartas conferencias de prensa y, Dios mediante, en un año les podremos conocer la voz a los miembros del gabinete y quizá sepamos qué hacen. Pero eso sí, del presidente vamos a saber hasta qué come: piña con miel, agüita de coco, gorditas de chicharrón o mole de olla.

Todo indica que habrá otras muchas cosas a las que acostumbrarse. Recordemos que a este gobierno le importa que seamos los ciudadanos los que nos amoldemos a los modos del flamante gobierno. Ellos marcan los nuevos tiempos y formas y nosotros obedecemos. Así toca en esta circunstancia democrática. Aquí algunas cosas que parecen serán norma en los más de dos mil días que faltan.

El gobierno será más lento que de costumbre. Aunque parezca imposible, lo van a lograr. La curva de aprendizaje de la 4T será más lenta y difícil que las otras. El cambio abrupto de decenas de miles de burócratas evidentemente se ha traducido ya en un sinfín de decisiones pospuestas y otras tomadas de manera no sólo desaseada, sino hasta ilegal.

Habrá mucho pleito legal con el gobierno. El mundo de los amparos parece haber llegado para quedarse. El desconocimiento de la ley entre los gobernantes de la 4T parece requisito para tener un puesto destacado en la administración pública. No importa si se trata de un exempleado del gobierno, de un constructor, de un funcionario en el ejercicio de su labor, un medio de comunicación, un dueño de gasolinera, una empresa internacional o un becario del Concacyt. Todos necesitan su amparo contra las decisiones de la autoridad que les afectaron. Será el sexenio de los abogados.

El insulto, el adjetivo peyorativo y la agresión verbal son parte ya del nuevo lenguaje oficial. Ya sea en las conferencias de prensa presidenciales, donde lo mismo se culpa a un periódico de informar cosas diferentes a las que le gustan al gobierno, que se pone en cuestionamiento la calidad ética de las calificadoras internacionales de deuda. También están las cuentas de Twitter, en las que las dependencias del gobierno acusan a quienes no apoyan a sus jefes o lanzan mensajes que tienen que borrar por su contenido agresivo, además de estúpido (el caso de la Secretaría del Bienestar el fin de semana es un buen ejemplo).

Por supuesto no todo es innovación paralizadora y agresión. También hay regresiones al pasado priista del que tantos miembros de la nueva esfera gubernamental salieron para regresar años después a tratar de reponer ese pasado añorado. Así, los eventos del presidente López Obrador en los que da mensajes, a los empresarios o el de los 100 días –por citar un par de ejemplos– son idénticos a los del pasado. Todo es previsible, los aplausos incontenibles al presidente, las palabras de gusto y aliento que brinda su atinado mensaje, las fotos de los jerarcas de gobierno y de empresa, el formato tieso que pretende imponer al poderoso y el inefable gusto de ser invitado. Todo esto sigue y seguirá ahí. Bienvenidos a la normalidad.

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