¿En qué cambio estamos?

Andrés Manuel López Obrador está cambiando a México, ya sea para bien o para mal, pero eso no hay sorpresa, pues esto fue por que votaron más de la mitad de los mexicanos. 


El cambio de AMLO a México


¿Está cambiando todo? ¿Todo estaba bien y López Obrador está destrozando obras magníficas e intachables? El sentido de la votación del año pasado indica que no es así. Ciertamente nos puede sorprender el que esté cumpliendo sus promesas –algunas de ellas disparatadas, como la cancelación del Aeropuerto en Texcoco–, así como la falta de templanza que ha dado a su figura como presidente de la República. También llama la atención la marcada vocación por el insulto y la acusación que salen de la boca presidencial. Las célebres conferencias mañaneras pueden desvariar en espectáculos lamentables de un hombre con la lengua suelta, que no atina a dominar un tema. Lo mismo acusa a exfuncionarios –ya sean expresidentes o secretarios de Estado– que, a directores de organismos en funciones, devaluando así el peso de su propia palabra, que habla de una “mafia científica” o que se pregunta pensando en voz alta si se dice gasolinera o gasolinería. Las mañaneras llegan a ser una especie de espectáculo cómico-político.

Sin embargo, y más allá de la palabrería presidencia, es un hecho que también se han tomado numerosas acciones con el fin de desmantelar lo que desde sus campañas el hoy presidente consideraba régimen neoliberal. ¿Nos debe sorprender? Sí, porque no parece muy equilibrado destruir lo poco que funcionaba a medias. Pero esto es el cambio y, admitámoslo, millones de ciudadanos votaron por eso. Asistimos a la puesta en práctica del rencor y la amenaza como obra de gobierno. Quitar todo, tirar todo, sin importar lo que sea hay que rehacerlo para que, si regresan, no puedan hacer lo que hicieron (ya lo dijo en un discurso).

¿Los órganos autónomos funcionaban bien? Cuando se echaron a andar todo el mundo decía que eran inventos para repartirse cuotas de poder entre los partidos. Ahora que la emprenden contra ellos, con la intención de desaparecerlos, resultan ser garantes de todo: de la transparencia y la experiencia y el conocimiento. Todos serruchamos el piso y ahora que vemos lo que estaba arriba, si se cae, nos alarmamos. Y con razón, lo que queríamos era que las cosas funcionarán bien, no que desaparecieran.

Por supuesto que lo que asusta también son las propuestas de solución. Podemos suponer que el presidente López Obrador, desde hace tiempo, tiene un diagnóstico medianamente acertado de las cosas. También podemos suponer que, en el momento que quiera, se puede allegar un diagnóstico casi exacto de determinado problema o institución. El problema del presidente es que tiene soluciones “charras”, improvisadas, fruto de la indignación y no del reposo juicioso con que debe decidir un presidente que pretende hacer cambios profundos. Si encuentra fugas de agua en una casa, en lugar de llamar al plomero la dinamita para evitar cualquier problema posterior. Si los responsables de una entidad autónoma le obstaculizan sus proyectos y tienen conflicto de interés, como afirma, pues que los quite; pero de ahí a poner a su “guarura” como consejero en el organismo, hay una gran diferencia. El espectáculo de los cambios en los puestos de gobierno ha sido, francamente, una muestra amplia que lo mismo habla de arrogancia que de ineptitud y patanería.

Por lo pronto tenemos un cambio en las personas al frente de las tareas de gobierno y un cambio fuerte en la forma y el estilo del presidente. No es poca cosa. Lo que no sabemos es eso para qué alcanza.

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