El conservador canalla

Un presidente que da discursos en los que cada vez cae más bajo por sus insultos, malos chistes y lenguaje coloquial.


AMLO y sus conferencias mañaneras


Las conferencias de prensa del presidente López Obrador terminarán por meterlo en más problemas de los que normalmente tienen los gobiernos. Cree que los medios son los mismos que había a su paso por el gobierno de la Ciudad de México, cree incluso que es muy buena idea, como presidente, estar hablando todos los días. Y no es que esté en contra de que un mandatario se someta al escrutinio público de la prensa, al contrario, pero al hablar todos los días, y sobre todo de la manera que lo hace, somete al desgaste su propia palabra, al tiempo que hace evidente su completa ignorancia sobre temas que requieren algo de conocimiento técnico.

En estos días de fiestas decembrinas se comenta del famoso tío que en las fiestas familiares se cree el gracioso, hace chistes, se pone hasta atrás y hace el oso. En unos meses el presidente terminará lamentablemente en ese papel. Ya se ríe solito de los chascarrillos que hace, dice muchas simplezas, hace recomendaciones morales, amenaza, sermonea y distribuye culpas. Hombre proclive a la descalificación, no reprime en absoluto su necesidad de expresar el rencor que le provocan los demás y el desprecio que siente por los que tienen conocimiento de los temas públicos o simplemente discrepan de él. Así su boca, que tanto le ayudó en sus campañas, terminará por ser la pala con que él mismo cabe su tumba.

La inasistencia del presidente al funeral de un matrimonio de adversarios suyos es injustificable. A estas alturas él ya debe saber que la Presidencia es bastante más complicada de lo que pensó, y una de esas complicaciones es que el mandatario no debe esconderse de sus ciudadanos por miedo a que le chiflen, un presidente gobierna para todos, nos guste o no, le guste a él o no. La falta de nobleza política, la baja calidad humana que mostró con su ausencia es algo que no esperábamos: un hombre temeroso de no ser aplaudido, un calculador de los aplausos, un personaje público que se mueve por tuits. Por supuesto, que echarle la culpa de la tragedia, siquiera sembrar sospechas de que tiene algo que ver con la muerte de los panistas poblanos, es una enorme estupidez. Pero resulta sorprendente que el propio presidente le haga caso a las zafiedades e imbecilidades que se dan a diario en las redes (¿en qué momento dejaron de ser “benditas” las redes sociales?). No sólo eso, el presidente pone sus palabras en ese tema y la emprende de nuevo contra quienes no están con él, sean idiotas o inteligentes, él no distingue, es un hombre que no conoce los matices, no tiene filtros.

No haré comentario alguno sobre la calificación que endilgó de “neofascistas” a sus detractores. El discurso más cercano a ese adjetivo en los últimos veinte años es precisamente el de él y no creo que merezca que así se le califique. Pero sin duda el presidente más conservador que hemos tenido en las últimas décadas es López Obrador. Si alguien se aferra al pasado de manera vehemente es él; si hay un enemigo del progreso es él; si alguien habla de portarse bien y de emitir documentos moralistas, es él. A su lado cualquiera se siente progre. Y parece mentira, pero una de las principales actividades presidenciales es poner calificativos a cada rato. Antier les dijo mezquinos, ayer lo cambió por canallas. En eso se van sus palabras.

Bien dijo Cecilia Soto en un tuit (que seguro no leyó AMLO): “Todavía no tenemos presidente”. Y no, al parecer sigue el líder, el hombre que se levanta temprano para tener más tiempo de lanzar insultos y gestos amargos, un hombre incapaz de nobleza política, un hombre, ese sí, mezquino en el reconocimiento del adversario, un hombre temeroso de la falta de reconocimiento, alguien que no conoce las bondades de la unidad y las virtudes de la templanza. Todavía no tenemos presidente, lo que tenemos es un conservador canalla.

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