El abuso

El día de ayer López Obrador nos recetó una de esas muestras propias de quien impone el gusto personal a los demás.



El poderoso suele abusar, más cuando no tiene límites y, más aún, cuando gana arrolladoramente. El triunfo le parece una suerte de licencia para todo. Es una lectura entendible, pues cuando se vota de esa manera por un cambio es porque se requiere con urgencia. Pero el ganador interpreta ese mandato muy a su gusto personal, acorde a las promesas de campaña –que normalmente son desechables, por inviables, al cruzarlas con la realidad– pero también acorde con sus fobias, gustos, recelos y complejos. El abuso no solamente consiste en, por ejemplo, robar. Se puede no robar dinero de las arcas públicas y ser un abusivo. Imponer a los demás una forma de pensar, ningunear a los otros, hacer lo que uno quiere son otras de las formas del abuso en las que inevitablemente los poderosos caen.

En estas páginas publiqué el lunes que había que estar atento a los gestos del presidente electo, su forma de comunicar, desde ahora, que es presidente electo. El día de ayer López Obrador nos recetó una de esas muestras propias de quien impone el gusto personal a los demás. Al presidente López Obrador le gusta el béisbol. Es conocida su pasión por ese deporte. El anuncio de AMLO sobre su política en el deporte dijo que tendría tres grandes vertientes, una de ellas: “el béisbol, escuelas y formación de prospectos para grandes ligas”.

Esto es, la afición del presidente, elevada a política pública del gobierno mexicano.
Lo mismo sucede con su prejuicio con el Estado Mayor Presidencial. A saber por qué López Obrador le tiene verdadera aversión a esa institución y ya anunció que la va a desaparecer. Se trata de personas altamente capacitadas para las labores de seguridad y logística del presidente de México, no de un equipo de seguridad para López Obrador. El Estado Mayor Presidencial está para cuidar la institución presidencial no a un individuo en particular. Pero al presidente electo no le gusta y de un plumazo eliminará toda esa estructura de capacidad profesional de altísimo nivel. A cambio, dice que lo va a cuidar un joven que es restaurantero y que no tiene experiencia en el asunto. La información menciona que formarán un grupo de 20 hombres y mujeres (licenciados, médicos, ingenieros) que estarán a cargo de la seguridad, pero no estarán armados y que lo protegerán “principalmente de los empujones en sus recorridos”. Si la seguridad del presidente la reducen a esos “empujones”, pues entonces es más fácil que contraten al equipo de futbol americano de los Pumas de la UNAM y que le abran paso, pero no hablen de que eso es la seguridad presidencial. Es un capricho peligroso.

Lo mismo pasa con Los Pinos. Si López Obrador quiere dormir en una cama de clavos en Palacio Nacional, muy su gusto y puede hacerlo; si se quiere quedar a vivir en su casa de la colonia Roma, también puede hacerlo, pero no tiene por qué disponer de una casa oficial para cerrarla y convertirla, por capricho personal, en un museo. Lo mismo estuvo mal cuando Fox hizo un par de “cabañitas acogedoras” y cerró la residencia presidencial. Los presidentes estadounidenses remodelan las habitaciones de la Casa Blanca, pero no disponen de ella para hacerla museo o campo de golf. Ahí viven porque ahí vive el presidente, ahí trabaja, ahí lo cuidan. Les guste o no.

Vivimos en un país en que las diferentes formas del abuso son toleradas como algo normal (meterse en la fila, estacionarse en el lugar para discapacitados, estacionarse en la banqueta…) y por eso vemos con normalidad que los presidentes puedan decidir a su antojo sobre bienes, instituciones y políticas públicas del país. El ejemplo del nuevo presidente debería empezar por ahí. La austeridad es una actitud que incluye la contención personal, no solamente una medida para quedar bien.

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