El presidente López Obrador

El cambio que instrumentará el presidente López Obrador será significativo.



El día que fue declarado Presidente electo Andrés Manuel López Obrador, fue uno de los más importantes de su vida y de su movimiento. Esa ceremonia fue la coronación de una larga campaña de dieciocho años, que obtuvo un triunfo aplastante en las urnas. Hay que recalcar que es el fruto del tesón, la necedad, el negarse a verse derrotado, el ir una y otra vez; también es el triunfo de su astucia y talento para manejar y diseñar estrategias. No compartir su ideas, planes y equipo, no tiene por qué impedir el reconocimiento de lo que logró este político que supo leer a tiempo y oponerse en ese sentido al manejo torpe, corrupto, soberbio con que se movieron en el poder los hasta hace unos días llamados partidos grandes.

Finalmente, Andrés Manuel es ya el Presidente electo de México. Sin duda, el cambio que instrumentará el presidente López Obrador será significativo. Será un gobernante de símbolos, de gestos. La fotografía del presidente caminado solo con su maleta en el aeropuerto no es cualquier cosa, es la imagen de un estilo de gobernar y de conducirse públicamente. En el mar de corrupción de nuestra clase política, es una actitud que se agradece y se celebra.

Uno de los retos que tenemos quienes gustamos de observar e interpretar la política, será el de entender al nuevo presidente. No podemos ver al nuevo gobierno con ojos viejos. Las comparaciones no serán muy certeras. Tratar de entender a López Obrador no será tarea sencilla. Le gustan los dobleces, las fintas, el doble lenguaje y también la simpleza acompañada de sencillez. Es cierto que tiene modos viejos, pero es un estilo novedoso.

Piensa en un modelo del pasado, pero no quiere el oropel de antes, los adornos y los ritos del poder. Comprender el funcionamiento institucional le cuesta trabajo, no le cuadran los procesos legales, cree que todo lo que no ha tocado él está podrido y no funciona; es enemigo de los matices, ve con recelo a quien no lo apoya, desconfía del logro ajeno, cree que todo es consecuencia de una triquiñuela y de un acuerdo delictivo. Pero también es un presidente con un lenguaje propio, un comunicador formidable, un líder social como hace décadas no había en este país; es un hombre que toma riesgos, que tiene empatía con la gente. Es un líder que sabe que debe tener a sus seguidores animados, con orgullo por su causa colectiva; sabe que tiene más efecto bajarse el sueldo que ahorrar mil millones con una política pública.

Tratar de ver en él algún reflejo de los presidentes apegados a otras formas es ocioso. Hay quienes creen que López Obrador va a cambiar tonos y gestos en el ejercicio de su presidencia. No lo creo, no veo que tenga mucha necesidad de hacerlo, pues la confrontación le ha funcionado, el señalar culpables es parte de su receta de éxito y seguramente lo hará como presidente, aunque muchos piensen que no debe de hacerlo. En ese sentido irá de la mano con el cambio que se le pidió en las urnas. Su presidencia, sin duda, será diferente a lo que hemos visto, algunas cosas para bien, otras para mal. Estar a tono con los cambios obliga a buscar una manera distinta de acercarse a los personajes, o, por lo menos, no esperar lo que se tenía como idea generalizada de lo que es un presidente. Los esfuerzos que hace de pronto para no socavar la institucionalidad o no agitar demasiado las aguas se le ven forzados, aunque también se le agradecen. Matizar, manejar la prudencia también es parte del ejercicio del poder. Para mí, su mejor frase desde el día de la elección, la que realmente lo pinta de cuerpo entero es la que dijo en el Zócalo: “amor con amor se paga”.

Ese es el presidente López Obrador.

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