La popularidad

Ser popular está bien para obtener aplausos y reconocimientos, pero es claro que la popularidad no sirve para todo.



El papá está muy contento con el hijo. Cada vez que el niño llegaba de la escuela mostraba innegables signos de felicidad. El niño siempre regresaba contento, platicaba de aquel compañero, de aquel otro, de lo que les dijo a las maestras, lo que hicieron en el recreo, lo que le dijo fulano, lo que le agradeció zutano. El papá sonreía con la mamá por la satisfacción de que el muchacho estaba más que contento en la escuela. Esto significaba que era inteligente, que le gustaba el conocimiento, que eligieron bien la escuela y, también, que le gustaba hacer amigos. Sin embargo, cuando llegaban las calificaciones el rojo era el color dominante. Algo no está bien, pensaron los padres. Al día siguiente les llegó la confirmación de su presentimiento: tenían una cita en la dirección del plantel escolar.

Casi de noche el padre vio al hijo observando a través de la ventana y sonreía con evidente satisfacción. Pensó que era un buen momento para conversar con él.

-¿Por qué tan pensativo, hijo? ¿En qué piensas?

-En nada. Me estaba acordando de la escuela.

-¿De algo en particular?

-Es de queeeee en el recreo nos la pasamos muy bien unos amigos y yo, además jugamos beis. Todos me echaban porras cuando me toca batear: Eso me gusta mucho.

-¿Batear?

-No, que me echen porras.

-Qué bien, hijo, qué bueno que te gusta que la gente te reconozca.

-Sí, dicen que soy el más popular de la escuela.

-¿Y tú por qué crees? ¿Por tus calificaciones?

-Naaaaa. Es de queeee les gusta que organice los juegos, rifas, les cuento chistes. Todo el día estamos a risa y risa de los profesores y nos burlamos de todos y les ponemos apodos. Y también todos me invitan de su lunch. Luego ya ni quiero comer de tantas tortas, papitas, refrescos y tlayudas y tlacoyos que mi amigo Adán siempre lleva.

-Muy bien, pero eso no es todo en la escuela. También hay que estudiar, hijo.

-¿Para qué? A mí lo que me gusta es ser popular, no ser un matadito. Si quisiera ser matadito, pues estudiaría, pero no. Así que mejor popular.

-¿Pero qué materias te gustan?

-¿De qué?

-Cómo que de qué. Las materias, carajo: las matemáticas, las ciencias naturales, inglés, español.

-Ah, esas cosas. Sí, están bien. Pero a mí no me gustan. O sea, es bien injusto, siempre te dejan tarea y tienes que estudiar y si no, te castigan. O sea, no se vale, no lo dejan hacer a uno lo que uno quiera.

-No, niño, no. Tienes que estudiar. Ser popular está bien para que te aplaudan, pero no vas a poder sumar ni restar, ni entender nada de lo que pasa a tu alrededor. De qué vas a vivir.

-Ser popular te ayuda a que te presten dinero y que te inviten y eso. Además, no necesito mucho. Para qué me desgasto.

-Van a decir que eres popular, pero bien idiota, un bueno para nada que le va a dar ese ejemplo a sus hijos y lo que hagas va a fracasar y serás una decepción, nada más porque quieres que te reconozcan todo el tiempo, hijo. Así, cuando dejes de ser popular, nada más serás idiota.

-Pero es de queeee las cosas ya no son como antes y tú me comparas con otros, pero no somos iguales.

A saber, qué pasó con el niño y el papá. Que cada quien le encuentre su final, pero lo cierto es que la popularidad sirve para algo, pero es claro que no para todo.

 

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