La sociedad de la desconfianza

La confianza es algo muy difícil de ganar, más cuando hablamos del pueblo mexicano y su gobierno, será que… ¿los mexicanos desconfían de las causas de la muerte de la gobernadora de Puebla?


México no confía en su Gobierno


Una de las condiciones necesarias para el desarrollo de un Estado es la confianza. Los lazos que unen a los hombres en cualquier sociedad son intangibles, pero reales. La sociedad tiene en la solidaridad el elemento cohesionador, pues consiste en la generación de vínculos que generan responsabilidades recíprocas. Confiar en que cada uno de los miembros de un grupo social cumplirá con lo que le toca es parte del compromiso matrimonial, de la organización empresarial, de las agrupaciones sociales, de las entidades educativas, etc., hasta culminar con las diversas organizaciones políticas y el Estado.

Desgraciadamente, en México vivimos, desde hace tiempo, en un clima de desconfianza recíproca que ha dado pie al “sospechosismo” que se produce casi de manera espontánea cuando ocurren sucesos importantes, tanto en la familia como en el gobierno. Construir confianza es un proceso largo y que requiere evidencias reiteradas respecto de aquél o aquello en que se deposita la fe .de las personas o de los grupos. Destruir la confianza es tan fácil como romper una copa de fino cristal en un instante. Recomponer lo roto suele ser sumamente difícil y a veces ya no es posible.

Y aunque los mexicanos estamos acostumbrados a desconfiar en nuestras autoridades, pues una cosa es lo que dicen, y otra lo que hacen, como quiera que sea vamos sorteando las circunstancias en un sube y baja a través del tiempo. Eso ha dado pie a que los encuestólogos de la Opinión Pública hayan construido prósperas empresas que miden periódicamente el grado de confianza en quienes nos gobiernan, y que yo sepa, nunca alcanzan el cien por ciento.

Sin embargo, en general los mexicanos nunca perdemos la esperanza, con cada renovación de autoridades, de que “ahora sí” podremos confiar en las nuevas autoridades. Ése era el ciclo reiterativo de los sexenios priistas, con las promesas de campaña y el carisma de los candidatos, hasta se olvidaban los sexenios trágicos y renacía la esperanza. Lo mismo ocurrió con la alternancia, que al no lograr los deseos y no cumplir las ofertas ofrecidas, provocó el retorno del PRI, “a ver si ahora sí”, porque el candidato es guapo y ellos si saben cómo hacerlo. Pero no, el último presidente rompió récord en la desconfianza social y le despejó el camino al candidato de Morena.
Andrés Manuel López Obrador realizó tres campañas por la Presidencia de la República. En la primera fue competitivo al grado que puso en jaque al país con la toma de calles, como era su especialidad –pero que ahora molestan a los morenistas cuando no son ellos quienes las hacen–. En la segunda, quedó rezagado porque claramente fue señalado como “un peligro para México” y muchos lo creyeron, a partir de sus acciones del pasado. Pero, finalmente, la tercera fue la vencida.

Tres campañas seguidas, que fueran más allá de los periodos electorales, sino permanentes, le permitieron recorrer todo el país e inventar su propio partido, que ante el desconocimiento por parte de los jóvenes de quiénes eran los ex priistas corruptos que le acompañaban, mientras su discurso era un ataque continuo a los corruptos, permitió que muchos jóvenes votaran por él; a pesar de tales compañeros, muchos perredistas, de quienes fue presidente y luego abandonó, decidieron acompañarlo, saltando con ágil pragmatismo de un barco al otro, convirtiendo en camaradas a sus antiguos enemigos. Pero lo más asombroso del caso, fueron los panistas de la Patria ordenada y generosa, que depusieron la bandera azul y la cambiaron por la de Morena. Así fue reconstruyendo el viejo PRI para ser PRIMOR.

Pero el arlequín de Morena no quedaba completo sin el voto priista. Y con eso del sospechosismo y la caída espectacular de votos del PRI, como nunca en su historia, no pocos ven en ello una negociación para el perdón y olvido de los pecados de corrupción en la anterior administración.

Debemos reconocer la capacidad de Andrés Manuel López Obrador para deshacerse de la etiqueta de ser un peligro para México y para amalgamar a tan variopintos aliados que conformaron su partido, su campaña y ahora su administración. Todos confiaron en él y, a su vez, él les otorgó su confianza… hasta que después del triunfo empezaron los discursos contradictorios entre lo que el presidente electo decía, y sus futuros colaboradores le corregían. Historia que ha continuado en temas como el Nuevo Aeropuerto, la desaparición de la autonomía de las universidades y la reducción de su presupuesto, etc. Y así, pareciera que la inicial confianza entre ellos y de la sociedad, empieza a tambalearse.

La trágica muerte de la gobernadora de Puebla Martha Érika Alonso; y su esposo, el senador Rafael Moreno Valle, ha hecho aflorar con fuerza el síndrome mexicano de la desconfianza. Así ha sucedido en cada accidente donde mueren políticos importantes. La pregunta siempre es: ¿A quién beneficia su muerte? El mal trato que el presidente López Obrador dio a la gobernadora Alonso, el desconocimiento público de su calidad de gobernadora triunfante, su reiterado estribillo de fraude, cando no gana él o los suyos, ha provocado que el sospechosismo se vuelva hacia él y la ola de desconfianza se incremente.
Son malos signos para el inicio de un sexenio.

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